miércoles, 23 de noviembre de 2016

La amiga Rita

Se muere Rita Barberá y lo primero que me viene a la cabeza es mi abuela.

Hubiera querido que la lleváramos al cementerio, incluso aunque no supiera dónde estaba enterrada. Cualquier cementerio le venía bien. Hubiera rezado, con lágrimas en los ojos, por el alma de aquella a la que consideraba una gran persona. Una amiga, casi.

En casa de mi abuela había más fotos de Rita que de sus nietos. Sólo tenía dos fotos de cada uno de nosotros, porque no quería que pensáramos que tenía un favorito (y lo tenía, y todos lo sabíamos, y nos parecía bien), pero tenía una docena de fotos de Rita, con Rita.

La entonces alcaldesa invencible iba cada año al centro de mayores de barrio en el que mi abuela hacía manualidades con otras personas mayores. Se sentaba con ellos, se reía con ellos, les contaba historias y alababa sus trabajos. Hasta parecía que les recordaba de un año para otro. Los abuelos estaban encantados. Rita era su amiga y se lo podían contar a todo aquel que quisiera escucharles.

Le decían guapa, le regalaban sus servilletas pintadas o sus cajitas decoradas, y ella se reía, encantada, a carcajadas, con esa risa que parecía de verdad y se contagiaba. Una casi se la creía. Una casi se imaginaba aquellas salitas de abuelo con fotos de la amiga Rita encima de telecinco.

En los últimos meses he visto a una Rita muy alejada de aquella que conocí en sus mejores momentos. Y he pensado en mi abuela todas las veces. En las fotos, en aquella risa, en Valencia, en cómo cautivaba a la gente que tenía que votar, en su despotismo, su mala educación, su soberbia, en los taitantos años que hemos sufrido todos a esa mujer imparable...

Abuela, si me oyes, Rita no era tu amiga. No te merecía. 

martes, 22 de noviembre de 2016

Vencedores y vencidos

No le des más vueltas, todos los problemas que tengas o tendrás con otras personas tienen el mismo origen: cada uno necesita unas cosas, a veces diferentes. Cada uno tiene unas necesidad que necesita tener cubiertas. Cada uno da importancia a algo que al otro le importa una mierda. 

Piensa en ello.

Y, cuando tengas la intención de llegar a una entente cordiale, recuérdalo, recuerda poner tanto interés en saber qué cosas son importantes para el otro como en las que son importantes para ti, en saber qué necesita el otro para tener sus necesidades cubiertas tanto como en estar tú satisfecho. Si no, olvídate de la entente,  estás abocado a una guerra en la que no habrá vencedores, sólo vencidos.

Piensa en ello.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Un sueño

Hoy he soñado contigo.

Yo estaba arriba de una escalera de piedra muy alta, de piedra blanca, como si fuera la escalera de la Facultad o algo así. Estaba con una amiga, charlando tranquilamente mientras quitábamos las pasas de las ensaladas del túper. Desde nuestros dos o tres pisos de altura, la calle era un paisaje en movimiento que apenas nos interesaba.

De repente notaba que alguien me miraba fijamente. Una figura en el edificio de enfrente se había quedado como petrificada, en el instante mismo de salir, y abría y cerraba la puerta mientras me miraba fijamente, como para llamar mi atención.

Eras tú. Llevabas camisa blanca y esas gafas raras que te has puesto y con las que no te he visto nunca, y tu mochila oscura de venir a pasar la noche a la espalda, sí, esa con la que te he visto muchas veces.

Una sonrisa infinita ha aparecido en tu cara al darte cuenta de que te miraba y, cuando has conseguido reaccionar, has hecho el gesto ese así con la mano para que me acercara.

Pero te acercabas tú. Y la luz era cada vez más brillante.

La magia de los sueños ha hecho que, de repente, camináramos uno hacia el otro junto al murete de la escalera.

Tú has sonreído aún más, has abierto los brazos, con ese gesto de ven a mis brazos, cari universal, yo te he dicho hola y he seguido mi camino.

No sé si ha pasado algo después, no lo recuerdo.

Al despertar me he dado cuenta de que hacía días que no pensaba en ti, que hacía aún más días que no hablaba de ti en voz alta y supongo que he fruncido el ceño, medio sorprendida, medio disgustada, porque nunca sueño contigo, y ahora, pues no es plan.

Pero hoy he soñado contigo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El terremoto

Hoy, mientras caminaba por un pasillo lleno de jóvenes, me han temblado las piernas y he notado cómo se me nublaba un poco la vista. Eh, que me caigo redonda, cagondiós, he pensado.

Mi vida ha pasado por mi mente como en un TL de Instagram. Brevemente, porque todo el mundo ha empezado a vocear y me han sacado del enmimismamiento.

- ¡Tía, tía! ¿Lo has notado? ¿Tía, has notado el terremoto, tía?
- ¡Jo, tía, sí!
- ¡Tía, cómo va a ser un terremoto en Valencia!
- ¡Tía, puede haber terremotos en todas partes, que todas partes son la Tierra, tía!

En un pis pas los jóvenes ya estaban dando saltitos y moviendo mucho las manitas en grupitos de siete u ocho personas en medio del pasillo que, como todo el mundo que sabe que cuando hay un terremoto hay que guarecerse bajo los dinteles de la puerta, es justo lo que no hay que hacer.

Debo haberme quedado ahí plantada con cara de susto porque se me ha acercado una de las jóvenas y me ha preguntado ¡Gordi, tía! ¿Estás bien, tía? ¿has notado el terremoto, tía, tía?

Supongo que he sonreído y asentido, igual a la vez, que soy mujer y capaz de hacer dos cosas a la trump, pero no recuerdo qué he hecho exactamente.

Y no me acuerdo porque tenía la mente concentrada en lo que me ha parecido más gracioso del asunto: mientras la juventú estaba emocionada por si era un terremoto, yo sólo sentía un alivio inconmensurable por haberme equivocado en mi primer pronóstico:

- ¡Joder! ¿Me va a dar un chungo de tensión y voy a diñarla justo AQUÍ Y AHORA?

Esto va a ser la tercera edad en todo su esplendor, ya lo digo.



NOTA: No ha sido un terremoto. Unas obras justo al lado. Me han estado temblando las piernas toda la tarde por una puta obra.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Sé fiel a ti misma

Estos días he aprendido una cosa que, estoy segura, me va a venir bien ya pa siempre: hay personas con las que sólo existe la posibilidad de adaptarse o huir. Da igual lo que digan o cómo lo digan, da igual lo abiertas o disponibles que se muestren, da igual todo. Adáptate o huye.

Y, mira, yo, como estoy en modo super zen que me la suda el coño y no voy a discutir con nadie, me he adaptado. No sé cómo, no sé de dónde ha salido esa plastilinidad rara que me ha poseído pero, sí, amiguis, me he adaptado como una garrapata a un cuello de perro callejero.

Cierto es que al principio me resistí un poco. Mi virguez natural se rebelaba ante el despropósito que tenía delante. Discutí. Pero muy poco, si tenemos en cuenta todo lo que tenía ganas de decir.

Es como si, al ver el muro indestructible que tenía ante mí, recordara de repente todas las veces que me había dado de hostias contra muros parecidos, el sufrimiento, el estrés, el dolor... Es como si recordar otros muro me hubiera quitado las ganas de destruirlo, treparlo o burlar a los vigías.

Simplemente, me he adaptado. Me ha costado menos cambiar que luchar contra otros. Nada de mierdas del tipo mantente fiel a ti misma, qué va. O, bueno, va, si ser fiel a mí misma significa tomar las decisiones que me desgasten menos en cualquier aspecto, vale, seré fiel a mí misma.

Y esta nueva fidelidad a mi mismidad me tiene loca porque no me reconozco, eh, me tiene loca.