miércoles, 14 de septiembre de 2016

Madurar

Tengo que tomar una decisión importante y estoy hecha un lío. Tengo ganas, pero estoy hecha un lío.

Y es que cuando tengo que tomar una decisión tiendo a comparar con experiencias similares, y a sentirme presionada por el resultado de esas decisiones: si antes fue mal, ¿qué impide que vuelva a ir mal otra vez? Y así todo el rato.

Y me paralizo y me cuesta la vida y sufro y todo.

Podría pensar en lo que ha ido bien, claro, pero me parece que no está en mi naturaleza. O no estaba. Porque últimamente he aprendido que la naturaleza no es inmutable, evoluciona, y he empezado a pensar en ¿y por qué no va a ir a mejor?


Sí. 

Espera, que también me está dando por pensar ¿y si, a pesar de que todo puede empeorar, resulta que no, y mejora?

Nonono, ESPERA: y si resulta que todo empeora, ¿QUÉ, EH QUÉ?

Y es que estoy harta de sentirme paralizada y arrastrada por las decisiones de los demás.

Y en eso estoy.

Que creo que he tomado ya una decisión importante y va y no me importa gran cosa cagarla a lo grande.

Que igual madurar era esto...

martes, 13 de septiembre de 2016

La puerta cósmica

¿Sabes cuando se va la luz en tu casa, y primero te esperas a ver si ha sido un microcorte y vuelve pronto, pero no? 

¿Sabes eso de que pasa un rato, y más rato, y la luz no vuelve, y entonces te resignas y vas a buscar una vela de esas de olor que tienes de decoración, y la enciendes y la dejas encima de la mesa, porque esto tiene pinta de durar?

¿Sabes esto que te mueves a oscuras por la casa, iluminada un poquito por la vela en medio del comedor, esto que vas como el holandés errante, como un poco bloqueada, porque sin luz no puedes hacer nada pero es demasiado pronto para acostarte?

¿Sabes cuando vas de vez en cuando a abrir la puerta para asegurarte que no es solo en tu casa, e intentas encender la luz del rellano, pero también está a oscuras, y tú ahí, sin luz, ni nada? 

¿Sabes ese alivio fugaz, cuando piensas que menos mal, que no eres tú sola la que estás a oscuras, como si eso solucionara algo, y cierras la puerta y vuelves a la oscuridad de tu hogar, a deambular por la casa sin saber qué hacer?

¿Y sabes eso que cuando, una de esas veces que abres la puerta para comprobar (de nuevo) lo del rellano, te ciega la luz de la escalera, y te alejas un poco y miras, extasiada, como si la puerta de tu casa estuviera cósmicamente preparada para iluminar de nuevo tu hogar?

Pues tengo la sensación de que he estado mucho tiempo a oscuras, conformándome con la iluminación de una vela decorativa y que, de repente, se ha abierto una puerta cósmica que me ha traído toda la luz del sol infinito. O algo así.

Y me he dejado la puerta abierta, por si acaso.

lunes, 5 de septiembre de 2016

París

Llegué a París una tarde de agosto.

Llegué sola. No quise desaprovechar un viaje que había planeado contigo sólo porque tú ya no querías estar.

Había llovido por la mañana y todo tenía aún un aspecto gris y brillante, aunque había vuelto el sol.

Me hizo gracia darme cuenta de que estaba escuchando música italiana mientras caminaba hacia la habitación en le quartier latin. Mina, italiano, París... Qué sofisticada y cosmopolita me sentí...

Supongo que sonreía mientras tarareaba parole, parole, parole y esquivaba los pocos charcos que aún quedaban entre los adoquines. Canturreaba muy concentrada, como si no hubiera nada más importante que evitar que los zuecos blancos se mancharan con el agua sucia del suelo de París.

Canturreaba y sonreía, supongo, porque veía otras caras con sonrisas, y es que se pega mucho, lo de sonreír.

Miré mis zapatos, para comprobar que aún no se habían manchado, y me acordé de ti. Te recordé riñéndome por ponerme unos zuecos justo un día de lluvia, por sentirte atrapado por unos simples zapatos. "No entiendo por qué alguien se compraría unos zapatos así. No entiendo que te compres unos zapatos que no puedes llevar cuando llueve", me habías dicho, enfurruñado. Ñiñiñiñiñi, me sonó a mí. Como si en Valencia lloviera tanto. Como si viniera tanto a Paris...

Sonó un trueno y miré al cielo. Un acto reflejo y tonto, más dirigido a contener las lágrimas que a comprobar si llovía.

Porque acordarme de ti aún me hacía llorar.

Mantuve la cabeza así, disimulando, como mirando al cielo preocupada por la lluvia, hasta que pensé que se me había pasado. Y empezó a llover de nuevo.

Mientras abría el paraguas empezó a sonar Citta Vuota en mis auriculares, volví a preocuparme por los zapatos, me sentí sofisticada y cosmopolita otra vez y me olvidé de ti.

- Qué rabia, pensé fugazmente. Siempre que vengo a París, llueve.

Me quité los zuecos, me arremangué los pantalones y crucé la calle descalza bajo la lluvia.

Tantos años después, aún puedo notar los adoquines parisinos mojados bajo mis pies.

 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Llámame loca

Querido hombre:

Hola, follaoret:

Te has ido tan de repente que no me ha dado tiempo de responder a una pregunta que te hacías al principio, cuando aún estábamos sentados y vestidos en una terraza cualquiera. Voy a aventurarme a responderte ahora.

Llámame loca, pero tengo la sensación de que no tienes suerte con las mujeres con las que quedas en Tinder para follar por esa manía tuya de pensar que los condones no molan. Llámame loca, pero igual las mujeres con las que quedas saben que no hay garantía de salubridad aunque seas un tipo arreglado, limpio, guapo, simpático y educado. Llámame loca, pero puede, sólo puede, que tu insatisfacción con las mujeres con las que quedas se deba a que ellas valoran más su integridad que tu espectacular miembro viril. Llámame loca, pero igual no todas las mujeres se mueren por ser perforadas sin protección. Llámame loca, pero si tu anticondonismo es tan fuerte, y te encuentras a menudo con reticencias, a lo mejor deberías tener un plan B y aprender a disfrutar con otras cosas, por si se repite esto de encontrarte con una estrecha loca de las gomas, que es que a veces las mujeres tenemos unas cosas...

Llámame loca porque mis ganas de follar no han podido con mis ganas de que no me pegue algo cualquier descerebrado que va espolvoreándose por ahí a lo loco.

Llámame loca otra vez, y vete cuanto antes.

lunes, 22 de agosto de 2016

Tres semanas

Tres semanas. 

Tres semanas de vacaciones de casi todo: del trabajo, de los amigos, de las compras, de las redes sociales (casi), de las noticias, del despertador, del blog... 

Tres semanas de llevar bikini el 80% del tiempo, de estar a remojo, de jugar con niños, de llevar el pelo mojado recogido en una coleta, de oler a aceite reparador de los estragos del sol, de pasear perros ajenos como si fueran propios, de jugar al parchís, de dejarme llevar por el sueño en cualquier momento, de trasnochar porque sí.

Tres semanas de playa, de piscina, de pokémones, de horchata con fartons, de sandía, de colacaos fríos, de paellas maternas, de ventilador, de agua fría y sopa de sobre. 

Tres semanas de cargar felizmente con una muda, un abanico, el bikini, las gafas de bucear y las gafas de sol, sin saber dónde voy a acabar el día.

Tres semanas de pensar en el ahora nomás, de pensar fugazmente en que no tengo que pensar en nada, ni hacer nada que no quiera hacer. 

Tres semanas felices.

Dame tres semanas de vacaciones cada 21 días y moveré el mundo.

Hola.