martes, 12 de julio de 2016

Desaprobación

Hace pocos años me rendí a la evidencia: el bañador no evitaba que se notara que estoy gorda así que oye, que me pongo bikini.

Desaprobación, eso es lo que vi en la cara de mis padres cuando salí del baño con mi bikini. Igual podía haber visto más cosas si hubiera esperado un poco, pero tuve suficiente.

A partir de entonces, pareos, vestiditos playeros, falditas... mi madre no sabía qué hacer para que me tapara las carnes. Supongo que de manera inconsciente, para no provocar malestares, ahí andaba yo con pareos, vestiditos playeros y falditas sobre el bikini mojado. Como si no se notara que estoy gorda.

Al principio sólo me ponía bikini si iba a la playa sola, sin que nadie me conociera. Luego empecé a plantármelo también en la piscina de la urbanización. Y, poco a poco, sin darme cuenta, dejé de pensar en el bañador, dejé de llevarlo por si acaso, de comprar, siquiera. Abrir la puerta al bikini fue como abrir la puerta al #melasudismo contenido: era como si, a medida que me iba a costumbrando a la poca tela del bikini el encorsetamiento del bañador se me hiciera bola.

Y el #melasudismo apareció en todo su esplendor en forma de excusa práctica. 

Un día, mientras estábamos en la piscina, mi sobrino me pidió ir un ratito a la playa, a escasos cinco minutos. En contra  de mis principios, mi vergüenza, mi pudor, en contra de mi todo, salimos de la piscina y, tal cual íbamos, con bikini, gafas de bucear y chanclas, nos fuimos a la playa.

Y no pasó nada, claro, Sólo era una mujer de mediana edad más en bikini con un niño de la mano, por el paseo de la playa. Como tantas otras. Y así ha sido desde entonces.

Este fin de semana hicimos ese mismo camino y pasamos por casa de unos amigos, para que los niños jugaran un rato. En el complejo de enfrente.

Durante los diez escasos minutos de conversación con la madre de una de ellos tuve que escuchar:
- ¿Has venido así?
- Tápate con la toalla, no vayas a enfriarte.
- ¿Vas a irte así?
- Tápate, que vas a enfriarte.
- ¿No has traído nada más?
- ¿No te pones la toalla?
- Calla, que te saco un pareo y luego me lo traes.

A su lado, las caras de desaprobación de mis padres me parecieron una tontería indigna de mencionarse.

lunes, 11 de julio de 2016

Llorando a mares

Un día ya no podía más y fui a una #lóquer.

Entré en una habitación con una mesa, dos sillas, una estantería con muchos cuadernos y un cuadro espantoso y empecé a hablar.

Hola, me llamo Gordipé y tengo nosecuantos años. Necesito que una persona desaparezca de mi vida pero se conoce que yo sola no puedo desaparecerlo y por eso necesito ayuda, o me moriré de pena.

Y le conté la historia que había vivido con Aquiles, llorando a mares. Por encima, claro, es difícil resumir la vida entera de una en un rato, sobre todo cuando una no deja de llorar y de hipar y de querer morirse. Es difícil, eh.

Pero la resumí. Y ella, como buena #lóquer, fue muy comprensiva. Me dejó hablar, me preguntó lo justo y apuntó muchas palabras con una letra grande y desgarbada, ilegible al revés, en el cuaderno amarillo que iba a ser para mí. Y yo no paraba de llorar. A mares.

No recuerdo bien lo que le conté aquel día pero sí recuerdo lo triste que estaba, lo triste que estuve hasta muchos días después.

Unos pocos días después me senté con Aquiles y le expliqué que tenía que desaparecer, que teníamos que desaparecer el uno de la vida del otro porque, si no, yo me moriría de pena.

Tienes que desaparecer, no vamos a vernos más. No quiero volver a hablar contigo. No quiero volver a verte. No quiero que estés en mi vida, de ninguna manera, le dije, llorando a mares.

Y, ¿qué pasa conmigo? ¿No importa lo que yo quiera?, me dijo, enfadado porque, por primera vez, su deseo no era lo más importante entre nosotros.

No, no importa, le dije, llorando a mares pero con voz firme. A mí ya no me importa.

Pero, ¿estás diciendo que esto va a ser para siempre?, repetía, desconcertado.

Sí, va a ser para siempre, decía yo, cada vez más segura.

Se resistió. Se resistió mucho. Planteó alternativas. Enumeró todas las razones que explicaban por qué estaba equivocada. Me atacó en la línea de flotación, con cariños, abrazos, besos, con recuerdos bonitos. Yo me defendí esgrimiendo el único argumento que necesitaba: no quiero seguir contigo porque me haces muy infeliz, le dije, llorando a mares.

No quiero desaparecer de tu vida, me dijo.

No importa lo que tú quieras.

Y le dije adiós.

Han pasado casi seis meses y ya he dejado de llorar.

lunes, 27 de junio de 2016

Basura

Qué desesperanza. Qué horror. Qué espanto.

Y eso que me he cansao, y escribo este post antes de saber cómo ha quedado definitivamente el recuento de votos, diputados y esas mierdas de las segundas elecciones generales en seis meses.

SEGUNDAS.

Mi cuñada interior ha sacado algunas conclusiones:

  • Con este sistema las campañas electorales no sirven para nada. Estamos en el mismo punto que hace seis meses. Y lo peor es que el sistema no va a cambiar porque resulta que salen siempre los moderados a quienes da miedo cambiar cosas del sistema por si no vuelven a salir.
  • A los españoles se la pela la cosa política casi tanto como a los políticos los españoles. Y todo españoles.
  • Debe haber mucha gente que vota a lo lóquer, por colores, por el más guapo o por todas a la vez.
  • El ser humano es muy de sus costumbres y de lo de toda la vida.
  • Cuando alguien sale en una lista para que le elijan para algo en unas elecciones se activa el gen soy imbécil pero de aquí no me echan ni con escoplo, el síndrome  y tú más, y la afección multiorgánica prometer hasta haber metido.
  • Tener que elegir entre opciones que, en otras circunstancias, son basura, nunca, NUNCA, puede dar como resultado nada bueno. Sólo más basura.
No aprendemos. 

Tenemos basura porque merecemos basura.


viernes, 24 de junio de 2016

Flotar en el mar

Abro los ojos y veo el cielo. 

Diría que no hay nubes, al menos no veo ninguna desde aquí.

Desde aquí es desde donde estoy ahora, quizás dentro de unos minutos esté más allá, y allá sí haya nubes. Aquí no hay. No, espera, a ver... falsa alarma... creo...

Cierro los ojos. No me interesa saberlo.

El caso es que aquí el agua está un poco fría, pero sólo un poco, lo suficiente como para notar el contraste cuando las olas se mezclan con el calor del sol.

Con los ojos cerrados me concentro en el sonido del mar. No hay otro sonido igual. O es porque permite que se escuche latir el corazón como en ningún otro sitio. A veces pienso que sólo en el mar puede una estar segura de que está viva de verdad. Luego pienso en lo del bistec y se me pasa. 

No tengo claro por qué he empezado a pensar en comida mientras floto como un peso muerto. ¿Tengo hambre? No puede ser, nunca tengo hambre en el mar. Bueno, nunca no es exacto. No como en el mar porque se moja todo y es un asco. ¿Por qué estoy pensando en comer? ¿He comido gambas o algo marino últimamente? Tendré antojo de sepia, vete a saber. O igual es porque podría ser yo la comida de... ¿seré yo el pez pequeño de algún pez más grande? 

Abro los ojos y veo el cielo.

Sigue siendo azul y aquí tampoco hay nubes.

Noto el agua fría en la nuca, jugando con el pelo. Sonrío.

Cojo aire y echo la cabeza hacia atrás, luchando por un momento contra el agua y la sal para sumergir la cabeza y escuchar el mar en todo su esplendor. 

Al volver a la superficie abro los ojos de nuevo y confirmo que aún no hay nubes. 

Y me escucho sonreír.

Flotar en el mar y escucharse es uno de los pequeños placeres de la vida.

miércoles, 22 de junio de 2016

Chispas

Hace un tiempito conocí a un señor en una red social de esas que podríamos denominar.

Estaba casado, claro. Andaba pesaroso, rencoroso con la vida y el amor. Bueno, en realidad andaba rencoroso con su santa. Estaba desesperaíco porque pensaba que había descubierto que ella tenía un lío on line.

Despechado, se lanzó a vengarse con la misma moneda: el engaño y la traición.

Mientras él andaba llorando por los rincones y follándose a tó lo que se menea, ella tonteaba y tonteaba con el otro. Hasta yo, que tengo la intuición de un zapato y las entendederas de un niño de tres años, me di cuenta de que si no se habían lanzao a la lujuria desenfrenada deberían hacerlo, porque saltaban chispas del tamaño de Alpedrete.

Nunca le di la razón, no se lo merecía, pero la tenía.

Un tiempo después, se separaron. Acabaron como el rosario de la aurora y yo dejé de verle. Nunca más he sabido de él.

Ni de ella. Su cuenta desapareció. Quedó como la zorra que echó a perder un matrimonio modélico por cepillarse a un tipo que conoció en la Red. Un tipo que, con el tiempo, desapareció también.

Hace poco descubrí por azar la nueva identidad del destrozahogares.  

Ahora hace saltar chispas del tamaño de Castilla La Mancha con otra, mientras su santa prepara un nido, feliz como una lombriz.

La vida, cómo es, de puta.