martes, 2 de junio de 2015

Rubia otra vez

En ocho meses me he cortado y teñido el pelo en seis peluquerías diferentes. Es una bendisión que me crezca como a la cabezorra esa de cuando éramos pequeñas.

Invariablemente, cuando me siento delante del espejo con la bata esa horrorosa que te ponen, la conversación empieza así:

"Mira, el pelo se me abre aquí, así que lo llevo de este lado. Me da igual el corte y el color, siempre que esté bien cortado y no se me vaya a poner panojo en una semana. Haz lo que quieras."

Aquí es donde entran en juego la pericia y las tablas de la peluquera/o en cuestión.

Hay de quien hace muchas preguntas primero, mira, asiente, opina y, tras el consenso, se pone manos a la obra y corta, tiñe y da esplendor. También hay de quien se limita a repetir lo que hay: corte más corto y mechas igual de rubias. Hay de todo: más valientes y más conservadores.

En ocho meses pasé de llevar rubio ceniza con mechas blancas a rubio, pelirrojo, avellana, marrón y otra vez rubio. He llevado las patillas muy largas, medias y muy cortas. Flequillo recto, desfilado, de costadillo, corto y más largo. He llevado el pelo como personas desconocidas han tenido a bien.

A veces he intentado ponerme un poco en su lugar. Supongo que debe dar un poco de yuyu que llegue una desconocida y que te diga "mira, haz lo que quieras" con algo tan personal como la imagen. Debe ser como si vas a un restaurante y le dices al camarero tráeme lo que quieras

Son ellos los que corren el riesgo. A mí me da vidilla. Si me paro un poco a pensar igual se podría sacar algo más profundo de eso pero no quiero pensar.

Igual por eso vuelvo a ser rubia. 

lunes, 1 de junio de 2015

La paciencia tiene un fin

La percepción que uno tiene de sí mismo es muy traicionera y puede ser la causa de creencias o comportamientos difíciles de argumentar de cara al exterior, o sea, en nuestra relación con los demás. 

Por ejemplo, yo no manejo lo de la autoestima y la autoafirmación, y tiendo a pensar en primera instancia que, pase lo que pase:
A. La equivocada soy yo.
B. La culpa es mía.
C. Soy una exagerada, no es pa tanto.
D. En realidad, esto que me molesta tanto a mí sola debe ser una gelipollez, PERO.
E. Hay que ver, que soy demasiado exigente con los demás.
F. Todas las anteriores a la vez.

Todas me valen para todo.

Un suponer:

Imagina que haces algo que me molesta mucho. No es nada grave, ni trascendente ni nada, pero a mí me molesta mucho. Probablemente a ti no te costaría NADA dejar de hacerlo. Simplemente, ni te lo planteas. Seguramente, nunca hayas reparado en eso que haces, si te pidiera que lo dejaras sería la primera vez que le dedicaras un segundo de tu tiempo y, quizás por la misma sorpresa de pensar en eso, dejarías de hacerlo. Tú olvidarías el tema inmediatamente y yo sería más feliz. 

No, espera. ¿Sería más feliz? Pues no lo sé, nunca lo sabré. Porque no te diré nada. 

Tú harás lo que te parezca oportuno y yo me iré encabronando si es eso que me molesta. Y no te diré nada. Nunca. 

¿Quién soy yo para decirte si algo me molesta? ¿No somos mayorcitos ya para ir llamándonos la atención? Si fuera al revés, yo respondería “si no te gusta, no te arrimes y punto” y como no quiero escuchar algo así, no digo nada. 

Así que el resumen es que, reprimida por el miedo a que me manden a cagar con cajas destempladas, cuando me molesta algo no lo digo a la persona. Muy pocas veces lo hago, vaya. Me callo, me callo, me callo, me callo hasta que PATAPOOOOUMMMM, exploto y se acabó. No hay vuelta atrás, ya no quiero saber nada más de ti. No digo nada y cuando se me acaba la paciencia infinita para aguantar eso que me molesta y que igual es una gelipollez, o es exagerao o vete a saber, pues se me acaba y tú con ella. Y no pasa nada, eh, pero tú te vas por el desagüe con mi paciencia, que pensaba que era infinita pero parece que no. Se acaba. 

Y así es como me voy a convertir en una solterona solitaria y amargada. No paro de hablar y no digo nada.

sábado, 30 de mayo de 2015

Sin decir nada

Ando por la vida sin despedirme. 

Un día me doy cuenta de que ya no quiero verte más y sólo quiero desaparecer, sin decir adiós, sin decir nada.

No necesito contarte cómo me siento, ni cómo esperaba que te sintieras tú, por qué ya no me inspiras ni cómo recuperarnos. No quiero saber cómo estás, si sufres o eres feliz. No quiero tener excusas para pensar en ti. No quiero encontrarte y no deseo que me busques.

No voy explicarte por qué, ni qué has hecho, ni qué no he hecho yo. No quiero enseñarte las cicatrices. No quiero enseñarte nada. No quiero verte más.

No necesito que te disculpes, ni me expliques nada. No quiero saber nada.

No te necesito para seguir caminando.

No necesito despedirme.

martes, 26 de mayo de 2015

La debacle electoral

Las elecciones del 24 de mayo de 2015 pasarán a la historia como aquellas en las que el partido más votado fue derrocado y los votados menos se hicieron con las varas de mando. Por eso y porque Mariano Rajoy dio una rueda de prensa para decir que somos campeones bueno y qué.

Tengo que reconocer que me he dejado llevar por una euforia inexplicable. Y me he dado vergüenza. Porque de lo que más me alegraba era de que perdiera el PP, de la manera que fuera. Y ha sido una manera muy de tirarse por el acantilado. Que no lo harán claro, pero igual deberían.

Lo ideal sería que me hubiera sentido bien porque hubiera ganado las elecciones la opción con la que me siento más identificada, la que me gustaría que gobernara los próximos años y decidiera sobre las cosas que me afectan todos los días, con una buena gestión del transporte público, la dotación digna y razonable de recursos para la asistencia social, el cuidado y mantenimiento de las infraestructuras públicas, la recogida de basura y limpieza de las calles, que esto parece Walking Dead... coñe, lo que viene siendo una gestión dialogante, responsable y transparente de los servicios públicos, universales, gratuitos y de calidad.

Pero no. Resulta que no. Así que, aunque me alegra hasta un punto que soy incapaz de describir que los golfos apandadores se vayan, es una contentez agridulce.

Porque han sido tan perros, tan sinvergüenzas, tan egoístas, tan megalómanos, tan... tan... TAN, que han impedido ya que la cosa mejore, y los pobres perroflautas que van a ocupar su puesto no van a tener ni tiempo de enterarse dónde ha ido a parar la mierda, si algún día consiguen ponerse de acuerdo en quién tiene que empezar a limpiarla. Para cuando consigamos devolver todo lo que debemos los nuevos ya se habrán desgastado y volverán a salir ellos.

Se me ha acabado la esperanza casi antes de tener tiempo de disfrutarla.

Por otro lado, como daño colateral, he perdido la porra. Voy a estar pagando cervezas hasta noviembre. 

Cheneralitat Valenciana 
Partido Popular: 32% Pues no: 26,25%
PSOE: 21% Aquí, regulero 20,3%
Ciudadanos: 16% Pscheeee: 12,31% 
Podemos: 11% Mira, aquí, sí: 11,23% 
Compromís: 11% ¡¡¡TOOOOOMAAAA!!!: 18,19% 
Esquerra Unida PV: 5% Otro casi sí, PERO: 4,26% 
Otros:4% Pues eso, otros.

Valencia 
Partido Popular: 32% ¡¡¡OOOOOOOLEEEEE!!! 25,71% 
PSOE: 12% Caaaasi: 14,07% 
Ciudadanos: 15% O'Clock: 15,18% 
València en Comú/Podemos: 13% Nada, ni una: 9,81% 
Compromís: 16% ¡¡¡MUY BIEN, JOAN!!! 23,28% 
Esquerra Unida PV: 6% Nada, fatal: 4,26%
Otros: 6% Eso, que otros.


jueves, 21 de mayo de 2015

Hombres tranquilos

Hay hombres que se toman muy en serio lo de que los chicos no lloran y lo de que exteriorizar los sentimientos hace que parezcan menos viriles. Lo de la contención acaba yéndose de las manos y por no expresar más de lo que toca casi ni se mueven, aunque tengan un volcán inside. Como si la virilidad se les escapara con cada muestra de sentimiento o afección.

Hombre vulcánico haciéndose el tranquilo porsiaca.

Es como si no supieran que los sentimientos no se expresan, se perciben. Da igual si dicen o no cómo están, cómo se sienten, qué quieren... da igual que se mantengan impertérritos, a poco que alguien se interese por ellos es fácil pillarles. Ellos piensan que no, pero sí.

Hombre perdido que cree que no se le nota.

Algunos dicen que es por timidez. Otros que es por mimetismo. Otros incluso aceptarán que no es que sean malos, es que les han dibujado así. Pero muy pocos reconocen abiertamente que a menudo no se mueven es por miedo.

Creo que su tranquilidad aprehendida no es porque les de miedo invadir, sino por miedo a ser invadidos.
El hombre tranquilo se mueve poco y despacito, vaya a ser que se rompan cosas.

Porque cuando un hombre tranquilo se siente invadido, arde Troya.

Hombre tranquilo, antes.