viernes, 15 de mayo de 2015

Miedo

  • Un día que iba muy cocida un poco piripi llevaba unos peep toe con plataforma y diez centímetros de tacón, le pegué sin querer una patada a un vaso en una discoteca, se rompió, me corté el dedo gordo y me tuvieron que poner dos puntos. Pero no llevo chanclas por la calle porque me da miedo que me pasen cosas en los pies.
  • Un día se cayó una estantería encima de la mesa en la que estaba estudiando. Rompió mis gafas favoritas y me dislocó la muñeca. Volví a colgar la estantería y volví a llenarla de libros. Pero no he colgado el collage que me regaló una de mis amigas en el cabecero de la cama porque me da miedo que se caiga y me corte el cuello el papel cebolla.
  • Un día me colapsaron las venas de tal forma y lloré tanto porque me daban miedo las agujas que me dejaron un ratito sin ponerme el gotero. Pero ya estoy buscando el dibujo para el próximo tatuaje.
  • Un día decidí que ya estaba bien, que tenía que romper con una relación tóxica, malsana, acabada, de más de media vida, que me está quitando la ídem y me está convirtiendo en una vieja malcarada. Pero me da miedo que no haya nadie más en el mundo que me quiera.

jueves, 14 de mayo de 2015

Hombres en chándal

¿Oyes eso, ese sonido sordo, de baja frecuencia, que parece que no va a acabarse nunca? Es el ruido de millones de lavadoras centrifugando chándales para no hacer nada en todo el fin de semana. Chándales para no hacer nada.



El hombre en chándal es ese que no ha subido a una bici desde los catorce años y lo más que ha corrido es de la puerta del patio a la puerta del ascensor para subir con el vecino, pero el sábado por la tarde se levanta de la siesta, se rasca vigorosamente los huevos, se pone su chándal bueno y las deportivas de vestir y se va al centro comercial a rondar con su mujer, también en chándal, y sus niños, uno en carrito, TAMBIÉN EN CHÁNDAL. Pero antes se toma algo para celebrarlo.


El hombre en chándal arrastra los pies y se recuesta sobre el manillar del carrito del niño o, en su defecto, el del carro de la compra, para recordar a todo el mundo que está cansado por que es un atleta entregado. Fíjate, lleva chándal. Es tan atleta y tiene tan entrenados los huevos que ni siquiera ha podido pararse a ponerse calzoncillos. Eso y que mola notarla suelta y pendulona.

No se puede razonar con un hombre de centro comercial en chándal sobre eso mismo, sobre por qué se pone un chándal para aburrirse dando vueltas en un centro comercial. Tiene miles de razones: en verano, hace fresquito; en invierno, se está resguardado; si tiene niños, salen de casa; si no los tiene, aprovecha la tarde para hacer las compras; si van mal de pasta, es gratis; si no tienen problemas de liquidez, tienen todo lo que necesitan: suministros, comida y entretenimiento... 

Y puede explicarte minuciosa y profusamente por qué se pone el chándal para salir al cine. O para ir a tomar unas birras. O para no hacer nada. Le da igual la paradoja. El hombre en chándal es un cuñao de libro y tiene todas las respuestas. Y nunca admitirá que también tiene preguntas.



El hombre en chándal es una especie que hay que erradicar, que así no hay manera de seguir evolucionando.

O... bueno, luego está David.




jueves, 7 de mayo de 2015

Hombres normales

Lo del dadbod no lo habéis inventado ahora Y LO SABÉIS.
Algún imbécil ha puesto nombre a lo que viene siendo un hombre sin una tableta de Valor en el abdomen: dadbodfofisano. Se conoce que ahora hay que poner nombre gelipollas a todo para ahorrarse la explicación y, chica, mira, vamos a decir esa soplapollez y a ver si cuela. Y cuela. Igual un rato, pero cuela.

El caso es que alguien ha dicho que está de moda el hombre dadbod y eso que ganan los esclavos de las mancuernas, porque así pueden dejarlas si quieren, que van a estar a la moda de todas formas. O todo lo a la moda que está un hombre normal razonablemente atractivo, COMO SIEMPRE.
Jason, uno de mis hombres normales favoritos.
Empiezo a pensar que esto de los dadbod es un rebote. Que ya está bien de que las únicas que tengan derecho a sentirse bien siendo como son y felices con sus cuerpos sean las mujeres, que nosotros también queremos liberarnos de las servidumbres de la moda, que queremos dejar de machacarnos en el gimnasio para tener cuerpos perfectos.

Ewan, molando en la playa con sus pelos y sus tatuajes.
El caso es que da igual. La cuestión es que debería empezar a parecer evidente que lo de los estándares de belleza está muy bien y esas cosas, que ya los griegos y los romanos tenían cánones que les funcionaban bastante bien, que es inevitablablabla... pero, chica, que donde esté una persona que te gusta, independientemente de si tiene pelos en el pecho y barriga cervecera, que se quite el chocolatHUY, PERDÓN.

Entrenador, molas mil.


martes, 5 de mayo de 2015

Lo de la bondad y eso

Tengo ahí una duda entre lo de la Ley de la Compensación Universal y lo del karma. 

Por un lado, soy consciente de que la justicia, entendida como "que cada uno reciba lo de le corresponde", no existe, que alguien puede ser más malo que la tiña y conseguir todo lo que se proponga, lo merezca o no, y que alguien bueno como el pan puede hundirse en la miseria. No, espera, seguramente se hundirá.

Por otro, creo que me reconforta pensar que de alguna manera, en algún sitio, por lo que sea, la maldad tiene billete de ida y vuelta. De una manera aleatoria, y magufa, creo que necesito pensar que sí, que la mierda siempre, vuelve porque la alternativa es FATAL. Luego lo de la bondad... pues es casi seguro que vuelve o, por lo menos, no te jode la vida pero no está muy claro y, desde luego, puede que no sea inmediato ni ponderado. 

Así que aquí estoy, haciendo mis cosas de persona buena porque sí, porque me sale natural, sin esperar nada a cambio, porque no hay nada seguro menos la muerte, aguantando en mis entrañas lo de la maldad extrema por miedo a que se me vuelvan en contra y, mira, que no, mientras veo hostias que van y vienen sin consecuencias. 

Y me entran unas ganas de mandarlo todo a cagar hacha en mano que pa qué.

Ustedes, lo del karma, ¿qué?

Perezoso

Lo peor que le puede pasar a un blog es que te deje de escribir. De repente notas que tú quieres pero él no, y poco a poco va ganando.

Es como cuando tienes unos días de vacaciones y dices mira, hoy no voy ni a ducharme, y cuando quieres darte cuenta tienes unas rastas graciosas y a una roncha de colacao del viernes pasado en la camiseta le ha salido barba. Y ya te da pereza.

Porque lo peor es eso, la pereza. Que llega un momento en el que al blog le da pereza asomarse a los sitios, que ya, pa qué, si tienes Tuiter, y caralibro, e Instagram. ¡Coñe, si hasta tienes Linkedin! El blog tiene la sensación de que ya lo ha contado todo, que igual ya no queda nadie a quien contarle cosas, o que igual ya no tiene nada que contar, que vete a saber si vale la pena liarse a decir cosas en todos los sitios, que no es que tenga tanta vida interior... Ná, que es todo pereza.

Que a ver si va a ser nomás cuestión de ponerse otra vez, de recoger las rutinas de allá dónde se escondieron, meterse un ratito bajo el grifo de agua fría, espabilarse y ponerse de nuevo en marcha.

Yo le digo que sí, que va a ser eso, que se plimple unas cocascolas o algo y que vuelva. Le digo que se desperece a gusto, que se rasque donde quiere, todo el rato que le haga falta, pero que vuelva.