martes, 5 de mayo de 2015

Lo de la bondad y eso

Tengo ahí una duda entre lo de la Ley de la Compensación Universal y lo del karma. 

Por un lado, soy consciente de que la justicia, entendida como "que cada uno reciba lo de le corresponde", no existe, que alguien puede ser más malo que la tiña y conseguir todo lo que se proponga, lo merezca o no, y que alguien bueno como el pan puede hundirse en la miseria. No, espera, seguramente se hundirá.

Por otro, creo que me reconforta pensar que de alguna manera, en algún sitio, por lo que sea, la maldad tiene billete de ida y vuelta. De una manera aleatoria, y magufa, creo que necesito pensar que sí, que la mierda siempre, vuelve porque la alternativa es FATAL. Luego lo de la bondad... pues es casi seguro que vuelve o, por lo menos, no te jode la vida pero no está muy claro y, desde luego, puede que no sea inmediato ni ponderado. 

Así que aquí estoy, haciendo mis cosas de persona buena porque sí, porque me sale natural, sin esperar nada a cambio, porque no hay nada seguro menos la muerte, aguantando en mis entrañas lo de la maldad extrema por miedo a que se me vuelvan en contra y, mira, que no, mientras veo hostias que van y vienen sin consecuencias. 

Y me entran unas ganas de mandarlo todo a cagar hacha en mano que pa qué.

Ustedes, lo del karma, ¿qué?

Perezoso

Lo peor que le puede pasar a un blog es que te deje de escribir. De repente notas que tú quieres pero él no, y poco a poco va ganando.

Es como cuando tienes unos días de vacaciones y dices mira, hoy no voy ni a ducharme, y cuando quieres darte cuenta tienes unas rastas graciosas y a una roncha de colacao del viernes pasado en la camiseta le ha salido barba. Y ya te da pereza.

Porque lo peor es eso, la pereza. Que llega un momento en el que al blog le da pereza asomarse a los sitios, que ya, pa qué, si tienes Tuiter, y caralibro, e Instagram. ¡Coñe, si hasta tienes Linkedin! El blog tiene la sensación de que ya lo ha contado todo, que igual ya no queda nadie a quien contarle cosas, o que igual ya no tiene nada que contar, que vete a saber si vale la pena liarse a decir cosas en todos los sitios, que no es que tenga tanta vida interior... Ná, que es todo pereza.

Que a ver si va a ser nomás cuestión de ponerse otra vez, de recoger las rutinas de allá dónde se escondieron, meterse un ratito bajo el grifo de agua fría, espabilarse y ponerse de nuevo en marcha.

Yo le digo que sí, que va a ser eso, que se plimple unas cocascolas o algo y que vuelva. Le digo que se desperece a gusto, que se rasque donde quiere, todo el rato que le haga falta, pero que vuelva.


lunes, 27 de abril de 2015

Cosas que he hecho en abril

  • Abandonar el tratamiento de acupuntura porque no puedo pagarlo.
  • Buscar a personas que me hacen falta.
  • Callar y hablar cuando no debo.
  • Cambiar de opinión. Muchas veces.
  • Cambiar las plantas de maceta.
  • Comprar dos pares de zapatos. De verano. Sí, ya.
  • Decepcionar a un montón de gente.
  • Dejar de ser rubia.
  • Desinstalar Facebook del móvil.
  • Dormir. Dormir mucho y a deshoras.
  • El ridículo.
  • Emborracharme con martini como si no hubiera un mañana.
  • Evitar a varias personas que me ponen triste.
  • Follar Hacer mogollón de cositas.
  • Ir a cursos de cosas.
  • Jugar.
  • Jugar al fútbol en la playa.
  • Jugar al fútbol en parques.
  • Llorar por cosas del trabajo.
  • Madrugar.
  • Pintarme las uñas superbien. Muchas veces. De muchos colores.
  • Quedar con tres muchachos random y confirmar que las citas no son para mí.
  • Quemarme al sol.
  • Salir de tapas.
  • Salir de fiesta.
  • Tomarme un respiro.
  • Ver crímenes imperfectos.
  • Volver.
  • Zozobrar todo el rato.

miércoles, 8 de abril de 2015

Y ya es que no

Nunca quise tener un hijo. Hasta que quise.

Y entonces ya era demasiado tarde. Y estaba demasiado sola. Y no tenía claro qué quería ser de mayor. Y a veces dudaba. O siempre dudaba.

Y pasaba el tiempo. 

Cada vez era más tarde, y estaba más sola, y quería más cambios, y tenía más dudas.

A veces, para contrarrestar, me decía que no pasaba nada, que millones de mujeres en peor situación que yo habían tenido hijos a lo largo de la historia, que podría salir adelante. Me preguntaba por qué tenía tanto miedo y tantas preguntas, si era algo tan natural. Yo misma me rebatía: me decía que era egoísta querer tener un hijo yo sola, sólo porque yo quería, sin pensar en las carencias que podría sufrir por no tener un padre reconocido, o en el paquetito que dejaba a mi familia si a mí me pasaba algo. A veces me veía a mí misma criando un bebé sonrosadito, ayudando a un adolescente en los deberes, alegrándome mucho por recibir besos de algo un poco mío. Otras veces no, no me veía capaz de renunciar a nada, a todo. Como si tuviera algo a lo que renunciar.

Y pasaba el tiempo.

Un día decidí que sí, que me lanzaba. Y me puse un plazo para no hundirme en la miseria, como había visto a esas mujeres y parejas que no conseguían quedarse preñadas.

El plazo pasó. Y me puse otro plazo. 

A veces quería y a veces no.

Y pasaba el tiempo.

Y jugué a la ruleta rusa.

Y pasaba el tiempo.

Y ya he decidido que no. 


Y me da una poca de pena.

viernes, 3 de abril de 2015

Las ronchas

Cuando estoy de vacaciones me desaparecen las ronchas que pican. Normalmente tengo cuatro, dos delante y dos detrás, a cuatro dedos del ombligo y en espejo allá por donde la espalda está a punto de perder su casto nombre. Cuatro ronchas como cuatro monedas de un euro. Como cuatro euros.

De normal ando rascándome como si no hubiera un mañana, a pesar de las cremas, los antihistamínicos, el aceite ayurvédico prensado al son de un hada llamando al sol y su puta madre. 

La primera vez que fui al dermatólogo le dije que es como si en otra vida me hubieran ensartado en dos lanzas y me hubiera quedado con las patitas colgando. Me miró con cara de susto, me recetó una cremita para la picazón y me dijo que eran de estrés. Yo me reí en su cara, porque estaba convencida de lo del ensartamiento simétrico, pero me ponía la cremita porsiaca.

Un día, una de mis amigas magufaires me preguntó por qué me rascaba tanto y le expliqué lo del ensartamiento. Me llevó a una herboristería de Ruzafa y una señora con pinta de haber ensartado a muchos y no haberse lavado el pelo desde entonces me vendió un aceite amarillo de flores milenarias recogidas al atardecer de un día par de primavera que iba a curar todos mis males. Yo me reí en su cara, lo del ensartamiento no me parecía tan cercano allí, pero empecé a ponerme el aceite en días alternos.

Las ronchas no se van. Nunca. No dejan de picarme. No dejan de molestar, como los vecinos.

Hasta que estoy de vacaciones.

Llevo una semana de vacaciones y acabo de encontrar la crema y el aceite en un bolso del trabajo. Eso significa que no los he necesitado en una semana. Me miro y no tengo ronchas. No me pica nada.

A ver si va a ser que tengo mucho estrés. O igual me da alergia ir a trabajar, vete a saber.