martes, 15 de julio de 2014

La más lista del lugar

Ya conté qué había pasao. Y ahí estábamos, desaparecidos y bloqueados. Pero una incidencia tecnológica abrió una vía de comunicación entre nosotros y él no pudo resistir la tentación.

Estuvimos un rato hablando por whatsapp jodido invento del demonio y resulta que el pobre no entendía nada. Estaba con sus cosas, pensando en qué había pasado y parecía que por mucho que le explicara no entendía nada. Él, a su rollo. Me harté de dar vueltas a lo mismo y finiquité la conversación.

Pero ya sabemos que cuando tengo que decir algo y no lo digo se me queda ahí, bloqueándolo todo, y no me dejaba escribir, ni dormir, ni pensar, ni nada.

Pasé días escribiendo un correo, perfeccionándolo, diciendo exactamente lo que quería decir. Revisé la puntuación, el significado de cada palabra, de cada expresión. Lo leí y releí un millón de veces, intentando ponerme en su piel, en que quizás lo leería en el móvil, así que no debía ser demasiado extenso. Quizás lo leería mientras estaba acompañado o haciendo otra cosa, así que no debía ser críptico, ni complicado. No se lo esperaba, así que debía hacer las referencias exactas a lo que habíamos hablado.

Nada de romanticismos, ni metáforas, ni comparaciones. Sujeto, verbo y predicado. 

Las cosas como son.

Acabé el correo diciendo que tenía muchas preguntas pero no estaba segura de querer las respuestas.

Y como soy la persona más lista de la galaxia conocida envié el correo a la primera cuenta que me salió al escribir su nombre. Y no sé si la lee.

Tooootal. que no sé si no me responde porque no ha leído el correo, porque se ha tomado en serio que no quiero respuestas o porque no le da la gana.

¿Qué, soy lista o no?

lunes, 14 de julio de 2014

Cosas de familia

Mi bisabuelo se casó cuatro veces y tuvo unos ocho hijos con esas cuatro mujeres. 

Algunos de estos hijos emigraron a otras ciudades y el contacto entre sus descendientes ha sido desigual a lo largo de los años. Algunos de los primos fueron perdiendo el contacto con los años y los de las últimas generaciones ni siquiera sabíamos que los demás existían.

El empeño de la mayor de todos, una octogenaria prima de mi padre, ha hecho que este fin de semana nos reunamos en la ciudad de origen. La mujer no quería morirse sin ver a toda la prole de aquel hombre singular, y lo ha conseguido. Al parecer, siempre ha conseguido lo que se ha propuesto en la vida.

Así que este fin de semana he conocido a treinta y tantas personas de la familia de mi padre, sus primos hermanos y algunos de sus hijos. Ha sido muy divertido.

Nunca había tomado en serio cuando todo el mundo decía que soy igual que mi padre pero este fin de semana lo he entendido: no soy capaz de ver aún este parecido pero me he visto reflejada en algunas caras de la familia, en varias de sus primas, que me llevan sólo unos diez años de edad. Incluso algunas de las rezagadas me identificaron antes de saber de quién era hija, con un "¡es que eres igual que tu padre!" rotundo. Ha sido un poco creepy.

Me ha hecho pensar mucho en todo el rollo este de la familia, de la extensa. Y en el poder de la herencia genética, que quizás sí nos marca más de lo que pensamos.

He visto el gran parecido físico y, a veces, también de carácter, de mi padre y algunos de sus primos y primos y primas. ¿Es posible que personas que no se han relacionado habitualmente a lo largo de su vida, que no comparten todos los genes, que no sabían ni que existían, tengan un parecido tan abrumador? En algunos casos me ha dado hasta un poco de miedo.

Pero lo más curioso es que se ha creado un vínculo inmediato, como de una necesidad de recuperar el tiempo perdido, de expresar ese cariño raro que se debería compartir con quienes automáticamente con quién se comparten genes. Ha habido mucho cariño este fin de semana por ahí suelto y lo he notado todo.

Me he sentido querida por ser quién soy, sólo por eso, por ser hija de quién soy, por formar parte de una grupo. Y, por primera vez en mi vida, eso no me ha molestado. Ha sido muy raro todo pero también ha sido reconfortante. 

Ha sido un fin de semana estupendo.

martes, 8 de julio de 2014

El pájaro

Ayer, al salir del trabajo, me encontré un pájaro atontao en medio del paso de cebra. Tenía un poco de sangre en el pico, así que pensé que había recibido un golpe y estaba aturdido.

Intenté seguir mi camino, pero no pude. No sé por qué, no me gustan nada los pájaros, pero me dio por pensar que de un momento a otro un coche podía chafarlo y me dio no sé qué. Así que esperé a que el semáforo cambiara a verde para no poner en peligro mi vida e intenté cogerlo para dejarlo junto al árbol en el que supuse que vivía. Pensé que en un jardín, lejos del tráfico, tendría una posibilidad de recuperarse y seguir con sus cosas.

No me gustan los pájaros, ya lo he dicho, y me dan un poquito de asco, así que la estampa debió ser bonita: una rubia persiguiendo con dos deditos a un pájaro saltarín por el paso de cebra para salvarle la vida.

El semáforo volvió al rojo y el pájaro y yo seguíamos jugando a pillar, cada vez más lejos del peligro.

Cuando ya estaba a punto de abandonar al puto pájaro a su suerte se acercó un chaval de unos veinte años, me acercó su mochila para que la sujetara y cogió al pájaro.

- ¿Lo quieres?
- No, sólo quería que no le atropellaran.
- ¿Qué ibas a hacer con él?
- Iba a dejarlo en el jardín.
- Tiene sangre en el pico. Le han dado un golpe, si vuelve a caer lo matarán.
- Pero yo no lo quiero...
- No te preocupes, yo me lo llevo. 

Cruzamos la avenida, yo cargada con su mochila y él con el pájaro y, como si fuéramos amigos de toda la vida, nos dirigimos a la parada del autobús.

- ¿Qué vas a hacer con él?
- No sé, lo tendré hasta que esté bien y luego lo soltaré. ¿Estás segura de que no lo quieres?
- No, ni siquiera me gustan los pájaros...
- Jajajaja... ¿y por qué intentabas salvarlo?
- No sé, creo que no quería encontrarme mañana con su cadáver.
- ¿Sabes? A mí tampoco me gustan los pájaros pero tampoco me hubiera gustado encontrarme con su cadáver.

Al llegar mi autobús le alargué su mochila, miré al pájaro y le miré a él.

- Hasta otro día.
- No te preocupes, lo soltaré en el parque junto a mi casa cuando esté bien, te lo prometo.
- Vale, ¡gracias!

Mañana no encontraré el cadáver de un pájaro atropellado en el paso de cebra y me sentiré bien, a lo Gorilas en la niebla, rollo salvadora de especies en peligro de extinción. Y, cuando llegue el momento, reclamaré lo mío y lo del chaval al karma pajaril. 

Me lo merezco. Nos lo merecemos.

lunes, 7 de julio de 2014

La familia

Mi familia materna se reúne un par de veces al año para comer y socializar. Al parecer, es importante reunirse para no perder el contacto, aunque todo el mundo sepa que, en condiciones normales y de poder elegir, no nos tocaríamos ni con un palo. Largo.

A mí me parece una gelipollez, porque veo habitualmente a los que me gustan y no tengo ningún interés en ver a los que no me gustan pero, claro, a mi madre le hace ilusión y voy siempre con mi mejor sonrisa. Y con el pelo engominao, que sé que a mis primas les da mucho asco.

Mis primas son unas personas muy inteligentes, con muchos másteres, mucha cara de acelga hervida y que están siempre de baja por ansiedad con las que tuve un desencuentro hace miles de años de esos que ninguna quiere olvidar ni perdonar, así que es poco probable que volvamos a relacionarnos más allá de esos dos días del horror, pero como somos personas educadas nos pasamos el agua sin decirnos hijadelagranputa ni nada. Casi.

Mis primos llevan agujeros en los que no sabía que se podía hacer agujeros y creo que no han aprendido a hablar, así que muy bien.

A veces es un poco divertido. Un poco.

Uno de mis hermanos se sienta siempre a mi lado para darme golpecitos si pasa algo susceptible de ser comentado, para que me calle y no comente. Mis primas son especialmente irascibles y yo no soy especialmente sutil. Y no queremos otro cisma de Occidente, claro, que ya somos mayores y no es plan.

Los golpecitos igual son patadas cuando llamo al novio de turno con el nombre del anterior pero es que, sinceramente, a esta edad es fácil perder la cuenta con la zorraza de mi prima mayor, que cada dos comidas se presenta con uno diferente. A todos les llamo chato y acabo pronto. También llamo chato al fachilla de mi prima pequeña, porque siempre me responde con su nombre y una ceja levantada. 

Cuando era más joven siempre pensaba que algún día la cosa cambiaría, pero no, todos nos comportamos igual, ya he perdido la esperanza. Nos decimos las mismas cosas que sabemos que nos joden y los mayores recuerdan las mismas anécdotas que saben que no nos interesan. Todo sigue igual.

Alguna vez he pensado en romper el maleficio yo misma, a ver qué pasaba pero luego me digo que no, que nadie iba a entender la ironía, que pensarían que estoy cada vez más rara, y todo seguiría igual.

Es una mierda, lo de la familia que no te gusta. Menos mal que vuelven a faltar seis meses para volver a verlos.

miércoles, 2 de julio de 2014

V de virgo

Cuando era pequeña me enamorisqué de un chico. Víctor, se llamaba.

Su familia compró un chalet al final de la calle y los niños se integraron inmediatamente en la pandilla. Tenían bici, un día salieron y se unieron a todos los demás, calle arriba, calle abajo. Y ya está, así de fácil.

El primer verano ni me fijé en ellos, en Víctor y en su hermano pequeño, Enrique. Eran niños muy morenos, con el pelo muy largo, cejas grandes y ojos oscuros. Siempre eran los primeros en tirarse a la piscina, los primeros en tirar agua a las niñas y los primeros en acabar castigados sin bañarse, por puñeteros. El primer verano mi único objetivo era estar lejos de su alcance cuando estaban en la piscina.

El segundo verano fue diferente.

Las hormonas preadolescentes de aquel chico moreno se encontraron con las mías y un llavero de goma con una V selló nuestro amor. Es una V de virgo, me dijo. Como eres virgo... Lo compró en el kiosko de la urbanización y a mí me pareció lo más romántico que había pasado en el mundo después de lo del amor verdadero de Javi y Bea. Porque, sí, yo era virgo, pero sabía, sabía, que lo que quería era que le recordara, porque era una V de Víctor. 

Fue un amor casto, de los de cogerse de la mano Y YA, que era lo que tocaba, pero a mí me parecía que todo era más bonito aquel verano que cualquier otro. El final del verano fue una tragedia, claro, pero supongo que nuevas y emocionantes aventuras captaron mi atención al volver a la normalidad y se me olvidó prontísimo. Sin embargo, seguí llevando el llavero en forma de V.

El verano siguiente nada fue igual.

Ya no éramos niños, éramos adolescentes. Él tenía pelusilla morena bajo la nariz, llevaba la cabeza rapada y parecía siempre enfadado. Yo llevaba siempre el pelo recogido en una larga coleta rubia y ya llevaba sujetador. No recuerdo qué pasó cuando nos vimos, pero sí recuerdo la sutil indiferencia que hubo entre nosotros todo el verano, aunque yo seguía llevando el llavero en forma de V.

Unos meses después la V estaba tan maltrecha que decidí cambiarla por otra cosa y la olvidé.

No había vuelto a pensar en aquel llavero ni en aquel chico hasta hoy.

Mi madre ha encontrado aquella V en una caja que aún quedaba en el fondo del armario y me ha preguntado que qué hacía con ella. Sí, amigos, aún quedan cajas con cosas mías en casa de mis padres.

Tíralo, le he dicho. Ya no soy virgo, he pensado.