martes, 11 de febrero de 2014

Soy rata

Hace unos días leí este post y me descolocó. Siempre me pasa cuando veo por escrito algo que me ronda la cabeza pero no he sabido reflejar. O no he tenido el valor suficiente. Porque, no nos engañemos, ser una rata no mola nada.

Y es que yo soy rata. A veces también soy un científico loco que lanza bolitas al azar, sólo para ver qué pasa pero, sobre todo, soy rata. Una de esas que corren todo el rato por el laberinto como pollo sin cabeza, apretando palanquitas, con la esperanza de que caiga alguna bolita que me guste. Porque, eso sí, una es una rata pero algo sibarita.

Como científico loco tampoco tengo desperdicio. Soy terrible, no tengo piedad. Lanzo bolitas al tuntún, examinando todo con cuidadoso desdén, como si no fuera conmigo, como si no fuera responsabilidad mía que haya otras ratas mendigando bolitas. Las observo con atención y me digo a mí misma que es por su bien, por nuestro bien, que de todo se aprende, hasta de matar a una pobre rata de hambre, sólo para ver qué pasa.

Pero soy más rata. Soy ratísima.

Y me cago en tó lo que se menea cuando soy rata.

lunes, 10 de febrero de 2014

Dime que no es nada

Si hubiera seguido llorando por ti habría tenido que dejar de quererte.

jueves, 6 de febrero de 2014

El túnel

Así, haciendo un cálculo rápido, dos tercios de mis amigos están en paro. La mitad aproximadamente, desde hace más de tres. A tres ya les han quitado la casa y han tenido que volver con sus padres. Casi todos están tirando de ahorros y de préstamos familiares. Una decena ha tenido que emigrar. 

De los que están en paro, casi todos sobreviven como pueden, haciendo trabajillos bajo mano, cobrando tarifas irrisorias en B, que está tan de moda. Muy mal en conjunto, muy insolidario con la sociedad, muy de reventar el mercado, muy de "qué mal estás remando y así no saldremos nunca del túnel" pero para casi todos es la única manera de sobrevivir.

Muchos han estado o están en tratamiento por depresión y ansiedad y uno está ingresado porque ha tenido un incidente con una cantidad excesiva de sustancias malotas de las que podríamos denominar.

Media docena de ellos se ha separado o divorciado, aunque tres aún viven con sus ex parejas porque no pueden permitirse otra cosa. Dos me han contado que ya han tenido que tirar de ayudas del colegio para usar libros viejos para los niños o de los bancos de alimentos. La ropa usada va y viene.

Son personas que han ocupado puestos de responsabilidad durante muchos años en todo tipo de empresas, con coche, teléfono y dietas. Personas muy cualificadas que han pasado más de veinte años formándose y aprendiendo para hacer bien su trabajo. Y algunos vaya si lo hacían bien. 

Está siendo un momento muy traumático para todos, que seguro dejará una huella en sus vidas difícil de borrar. Muchos han tenido que reinventarse, buscar nuevas alternativas, cambiar de profesión, reaprenderse. En sí, esto no es un drama pero en las condiciones en las que se encuentran muchos de ellos no es un buen momento porque es una huída hacia adelante. Y las huídas siempre se tiene que dejar atrás cosas valiosísimas que quizás no puedan recuperarse nunca. Autoestima, confianza, dedicación, lealtad, compromiso, esfuerzo, esperanza... Han perdido, sobre todo, la esperanza.

¿Qué va a pasar con todo ese conocimiento, con ese talento que se está perdiendo? Rozando ya los 45, ¿en qué condiciones van a reincorporarse al mercado laboral? ¿Lo harán en condiciones normales? ¿Cuándo? ¿Van a poder sobreponerse a lo que están experimentando ahora?

Yo tampoco veo la luz al final del túnel, por mucho que digan.


martes, 4 de febrero de 2014

Querida Bich

Querida Bich:

Yo quería escribirte un post muy chulo de felicitación de cumpleaños pero ayer no me dio tiempo y hoy tampoco. Podía haberlo escrito antes, sí, pero no. Espero que me comprendas.

Me sentía medio regulero y me he acordado mucho de ti todo el día, por ejemplo, cuando Aquiles se ha pillado los dedos esta mañana en la ducha, otra vez. Y también cuando ha subido al autobús la señora con el pelo horrible a lo hormigas en el árbol. Y de lo mucho que hubieras disfrutado el solazo de hoy. Y cuando he llegado a casa de papás y mi madre ha hecho cocletas me he acordado de las cloquetas de mortadela. Y... y todo el rato.

El caso es que llevo todo el día deseando intensamente que tengas un feliz cumpleaños. Porque sí, porque te lo mereces, porque me caes bien, porque eres una persona excepcional y porque te quiero. Ya sabes, lo de la caEJEM.




DIEZ DÍAS.

lunes, 3 de febrero de 2014

Un día cualquiera

Hace unos días, un día cualquiera, me levanté, me di una ducha, me vestí, me sequé el pelo, me di una capita de chapa y pintura, me perfumé, hice esas cosas que una hace antes de salir de casa y me fui a trabajar.

Había mensajes de Whatsapp. Lo sé porque tuiteé en el autobús, pero no tuve ganas de abrirlo. Pasé unas horas en el trabajo, cogí hora para la peluquería, hablé con mi madre sobre la cortina del baño y fui a tomar unas cervezas con una amiga. Un día cualquiera.

Cuando volví a casa por la noche esos mensajes seguían ahí, en verde, ya saben.

Cené, trasteé un poco en casa, leí otro poco en la cama y cuando iba a revisar las alarmas-despertador del móvil esos mensajes seguían ahí. En verde, ya saben.

Cierto es que pasó fugazmente por mi mente leerlo. Pero no lo hice. Si hubiera sido algo importante hubiera recibido una llamada. Y no.

Al día siguiente me levanté, me di una ducha, me vestí, me sequé el pelo, me di una capita de chapa y pintura, me perfumé, hice esas cosas que una hace antes de salir de casa y me fui a trabajar.

Un instante antes de abrir el programa me di cuenta, con algo de pena, de que igual ya no estaba enamorada.

Cuando volví a casa por la noche los mensajes de esas conversaciones seguían ahí. En verde.

Ya saben.