martes, 30 de abril de 2013

Música

Sil me pidió el otro día que escribiera sobre música. Y no se me ocurre qué. Es decir, no se me ocurre nada que no quede pastelón o una simple lista de canciones más favoritas o que significan algo para mí o algo así porque sería un post INTERMINABLE.

Y es que soy de esas niñas que todas las canciones le recuerdan algo. De esas a las que les sería más fácil cantar sus recuerdos que contarlos. Porque desde que tengo uso de razón...



... canto*. Y escucho música.

Siempre.

Recuerdo perfectamente el primer disco que me regaló mi padre, el azul 67-70 de los Beatles. Me recuerdo sentada en la cama escuchando una y otra vez aquel idioma raro que no entendía, buscando el significado de cada palabra de las letras porque quería saber qué decían. 

Y que el día que mis padres aceptaron que cambiara de colegio sonaba Marta tiene un marcapasos en el coche.

Y mi primer beso gorrinote con This is a man's world en un magnetofón, mientras intentaba concentrarme en todo lo que estaba pasando..

¡Oh! Y el primer disco que compré con el dinero que gané un verano recogiendo algarrobas: el Kick, de INXS. Aquel verano suspendí química, me enamorisqué del profesor particular y sufría amargamente mientras estudiaba castigada en casa escuchando I need you tonight en bucle.

Y las interminables horas de ensayo escuchando a Dire Straits o a Clapton que una tiene que soportar cuando festea con músicos., que aún se me contrae la ingle.

Y el viaje de fin de curso de COU, con el The sedds of love grabado en cinta, con un auricular en mi oreja y otro en el de mi churri las 24 horas de autobús... ah, Venecia... qué bonita es Venecia y qué coñazo me parece ahora ese disco y cuánto cariño le tengo...

Y la primera noche de sexo loco pecaminoso, sobre una moqueta, con pelusas volando por todas partes, y a Joe Cocker sonando refrito en el tocadiscos.

Y la noche de mi graduación, escuchando a Los Sencillos.

Y unas fiestas de verano en un festival de ska en un pueblo del que sólo recuerdo el váter de la fonda.

Y un día que canté Mercedes Benz y alguien me dijo que me quería. Y yo tuve que decirle que yo no y fue muy triste todo.

Y mi primera nómina de verdad (y esto le va a encantar a Newland) ¡ese momento! Ese momento de subidón, cuando llegué al banco con el cheque de la primera nómina, ingresé casi todo menos dos mil pesetas y fui al cortinglés a compar el disco de Agila para mi hermano pequeño, que ya era superfan, el pobre.

Y La Javanaise...

A ver si va a ser verdad que no se puede vivir sin música...



* Esta no soy yo. Es una versión en diferido más morenita.

miércoles, 24 de abril de 2013

Californication, la crítica definitiva

Dress code de Hankmoody: calzoncillos, gafas de sol y Porsche descapotable.

Californication es una serie americana protagonizada por un Hankmoody en la que salen otras personas. Desnudas si son mujeres; masturbados, si son hombres.

Hankmoody es el típico escritor nuevayorkés que vive en Los Ángeles que sufre el típico bloqueo después de haber sido un típico súperventas de que te cagas al que todas las mujeres le comen el morro y los bajos vientres típicamente nomás se le acercan. Lo típico, vamos.

En Californication hay más personajes, casi todos con síntomas de desviaciones mentales que, curiosamente, no se mencionan. Podemos agruparlos en dos tipos:
- Los que no follan con Hankmoody.
- Los que follan con Hankmoody.

Podría parecer que la serie va de sexo, pero no, es algo más profundo. Es una inteligente y cínica reflexión sobre la crisis de mediana edad de un hombre infeliz porque no consigue el amor. Ahora, eso sí, en su camino hacia la felicidad se folla hasta a la de la taquilla, no vaya a perderse algo epludo. Que igual si no desenfundara cada vez que se le ponen unas bragas a tiro lo del amor no se le resistía pero no pidamos peras al olmo: si uno tiene le polla alegre, pues la tiene, qué le vamos a hacer.

Y luego, ya, si además de tener el miembro alegre y juguetón está follable en grado mayday, mayday, se me han caído las underwear de repente y no puedo dejar de tocarme... que el caso es que igual es porque no la he visto entera (la serie) pero a veces me he preguntado por qué: por qué se ha consolidado en el subconsciente colectivo femenino que Hankmoody está tan follable; por qué nos gusta más que la Nocilla, por qué... A ver, seamos francas, no es pa tanto, no es el hombre más guapo, ni más atractivo, ni más de nada del mundo ¿no? Es el típico Peter Pan: infiel, inmaduro, egoísta, torturado, borracho, politoxicómano ocasional... una joya.

Pues no sé, la verdad. Personalmente, soy facilona y tiene todo lo importante: Hankmoody lleva barba de varios días, camisetas de algodón, no se arrepiente de hacer cosas y anda descalzo, a mí me vale.

En fin, humedades personales al margen, vamos a lo que nos ocupa:

¿Recomendaría ver Californication si no la han visto? Pueeeeees, hombre, eso es como todo,  Californication tiene sus pros y sus contras, a saber:

Pros
- David Duchovnik (Hankmoody) ha mejorado un poquito respecto a Expediente X en la cosa actoral. No exageremos pero, vaya, sí, ya no parece que le hayan metido un palo por el culo todo el episodio.
- Dura media horita. Casi nunca me duermo hasta la mitad.
- Salen muchas tetas.
- Hay mucho exterior soleado.
- La banda sonora está muy bien.

Contras
- Yo ya tengo un Hankmoody. Con una temporada he tenido suficiente.

martes, 23 de abril de 2013

I book on Mondays


A mí Bichejo me dice que salte y yo pregunto ¿pa qué?, pero salto. Así que ella es la culpable de este post. Ah, se siente, Bich, HABER elegido muerte.

Cuando era pequeña me encantaba ponerme enferma. Que no es que estuviera enferma de normal, eran esas cosas que pasan a los niños cuando conviven con otros niños. Me encantaba ponerme enferma porque mi padre me traía todos los días un libro. Y en Reyes tenía una columna igual de alta que yo todos los años. Hasta que fui demasiado alta, claro. Entonces empezaron a lo ancho.

Mi madre dice que ya leía cuentos sin dibujos sola con cuatro años pero, vamos, que creo que es pasión de madre, no me lo creo mucho.

Iban pasando los años y la cosa se complicaba: estaba obsesionada. Leía mientras desayunaba, en el coche, mientras los demás veían El coche fantástico, en el váter, en el parque.. era un poco el Bubba de la lectura. Leía siempre. El barco de Vapor (lean Los Batautos hacen batautadasAzules contra grises y Fray Perico y su borrico), los tebeos de Esther, Puck, Candy... Y la biblioteca del pueblo estaba en el camino de casa e iba todas las tardes. 

Quería leerlo todo.

Creo que fue en 2º de BUP cuando, no sé por qué, decidí que si iba a leerlo todo, debería empezar por el principio. Empecé por lo facilito, la filosofía y las tragedias griegas y romanas. Y la Biblia. Y algunos textos judíos, no sé muy bien por qué.

Seguí con las jarchas, las cantigas y los poemas franceses del medioevo, los míos cides y todas esas cosas, aunque no me gustaban gran cosa. Me gustaban más los ensayos sobre lo que pasaba mientras estos escribían en papel mugriento. Creo que fue El otoño de la Edad Media, de Joseph Huizinga, el que hizo que, en determinado momento, siguiera enganchada a esos textos que aún no entendía del todo. Pero como a veces me aburría empecé a leer a Agatha Christie. Compulsivamente, porque mi madre tiene TODOS sus libros. ¿Incoherente? Claro pero, qué quieren, era joven e inexperta, ya no tenía criterio. 

Siempre iba por delante de los libros que teníamos que leer para clase así que los profesores de literatura me machacaban con recomendaciones alternativas al temario. Leí los clásicos españoles con fruición: Baltasar Gracián, Quevedo, Cervantes, Góngora, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Garcilaso, Torquemada, incluso. Qué bonito todo... y cuánto había que leer y de cuántos sitios, tenía que darme prisa. Joder, que hacía un porrón de años que la gente andaba escribiendo, tenía que darme mucha prisa.

Y esa gente era de sitios diferentes y se notaba, que no en todas partes pasaban cosas parecidas. Y escribían en muchos idiomas. Joder con los nacionalismos, a ver si voy a tener que posicionarme... Pues nada, no vaya a quedarme yo con las ganas de entender algo, a leer sobre nacionalismos, pertenencias, banderas, segregaciones y esas polladas, qué se le va a hacer...

Más o menos por esas fechas, mientras decidía si leía en español o castellano llegó Cien años de soledad. Y morí de amor. Me lié con los fantásicos latinoamericanos pero decidí que no me gustaban cuando, después de leer millones de palabras de esas leí a la de los espíritus. FATAL. Resulta que sólo me gustaba Cortázar y Gabo, pero leí hasta convertirme en india andina de adopción. Y entonces descubrí el siglo XIX. Ay. Charles Dickens. Stendhal. Balzac. Poe. Mark Twain. Rimbaud, Eluard y todos esos locos. Flaubert. Las Bronte. Mary Shelley. Stevenson. Lovecraft. Lewis Carroll. Julio Verne. Tocqueville. Y OSCAR WILDE. No sé si lo leí todo, pero casi. Y me gustaba tanto lo que pasaba y quería saber siempre más así que no me quedó otra que engancharme a los ensayos históricos. El siglo XIX me fascinaba. Todo él. Pero Oscar especialmente, dónde va a parar.

Por su culpa empecé a leer biografías. Cabrón. Tenía tantas ganas de saberlo todo sobre él que leí todos los libros que encontré. Y tuve la mala suerte de leer De profundis en un momento muy complicado. Me marcó de tal manera que pasé un par de años leyendo sólo cosas  horribles y descarnadas. Con muchos asesinatos. Lloraba mucho. Pero leía. Leía la vida de otros con ansia, aún quería saberlo todo.

Hasta que llegué a la vida de Billy Wilder. Hala, venga, ya está, ahora quiero leerlo todo sobre el cine. JODER. Y, mierdaputa, los americanos del siglo XX: Tenessee Williams, Bukowsky, Hemingway, Faulkner, Paul Auster, Higsmith, Tom Wolfe, John Updike, y John Irving. ¿Qué coño había hecho yo para merecer esto, señor? ¿Tienen que gustarme todos? 

En fin, ya digo, sin criterio. Porque leía también docenas de libros sobre leyendas artúricas, los osos cavernarios, los médicos, chamanes y otras miserias, catedrales del mar y similares, todos los terrores de Steven King, las risas de Eduardo Mendoza, los chinos y japoneses amables, los kenfollets, petersberlings, matildesasesnsis, almudenasgrandes, y todas esas cosas que se venden un huevo y se olvidan después. Y a Vázquz Montalban. Y a Victoria Camps. Y a Sanpedro. Y a Punset.

Pasé años leyendo. Lo leía todo. No tengo recuerdos no vinculados al libro que estaba leyendo o que iba a leer.

Y ya no leo.

Feliz día del libro.

lunes, 22 de abril de 2013

Miedo

Hace unos días me di cuenta de una cosa que no sé si voy a saber explicar. Una cosa que me da mucho miedo. Una cosa que me aterroriza .

Creo que he llegado al punto en el que me da exactamente igual estar tan gorda.

viernes, 19 de abril de 2013

Instrucciones para escribir


Para escribir, lo primero que necesitamos es un alfabeto, o sea, una codificación de una serie de caracteres del que se componen las palabras que a su vez componen lo que se puede denominar lenguaje o idioma.

Tenemos varios tipos de alfabetos; entre los más usados podemos enumerar:
  • Latino: el usado en este artículo, que va de la A a la Z.
  • El resto: compuestos de símbolos raros.
Una vez elegido el código –o alfabeto- el siguiente paso es formar palabras válidas y/o comprensibles, que, aunque no siendo necesaria su inclusión en ningún diccionario (recopilación de palabras oficial de cada país), sí que es aconsejable que tengan un uso en la vida real.

Ejemplo de escritura con palabras no válidas y/o comprensibles:

“Jfofeunegnjh meeiehhey hyeunbmac heiynm’g gomteue”.

El mismo ejemplo con palabras válidas y/o comprensibles (manteniendo el significado):

“Yo de verdad no veía para nada necesario que cerraras de golpe la tapa del piano mientras hacía mi numerito de tocar Para Elisa con el pene, pero tú misma”.

Teniendo ya, pues, elegida la codificación, y un lenguaje que recoja las combinaciones de letras más acordes a lo que queremos expresar, echaremos mano de la gramática –esa hija de perra-.

La gramática son las leyes de la escritura, si bien es cierto que las leyes están para saltárselas, y aquí el fin justifica los medios, y podemos entrar en el debate entre la forma y el fondo, no podemos caer en construcciones que atenten contra estas leyes sin un fin claro.

Ejemplo de gramática mal:

“El sol derretía la nieve en el valle, como si fuera llegado la primavera en verdad”.

A lo mejor la idea es buena, pero dale una vuelta.

Lo siguiente que necesitamos para empezar a escribir –todavía no hemos empezado- es elegir el medio.

Hoy en día el medio más común es un ordenador y un procesador de textos. Los hay de todos tamaños, formas y colores (los procesadores digo), si bien jamás caigas en el error de intentar aprender para qué sirve cada botón.

Otra forma más romántica o hipster es el uso de libreta o moleskine y bolígrafo. La ventaja que tiene este medio es poder llevarlo encima y la poca batería que consume. El principal inconveniente es que las chicas populares del instituto te la pueden robar y reírse de ti delante de todo el mundo y, sobre todo, del chico que te gusta, que además es el capitán del equipo de football.

Si ya has llegado hasta este punto, enhorabuena: ya estás en disposición de escribir; pero cuidado, no te confíes, llegamos a la parte más difícil del asunto, el QUÉ y el CÓMO.

Es decir, qué cuento y cómo lo cuento.

El ‘qué’ se va complicando a medida que pasa el tiempo. En pleno siglo XXI no deben quedar muchos temas sobre los que no se ha escrito –o ninguno, me atrevo a decir- así que si vas a elegir un tema muy recurrente como el amor o cómo ganar dinero fácil vendiendo libros sobre cómo ganar dinero, debes aportar un valor añadido o un punto de vista nuevo sobre el asunto si quieres que tu texto sea leído por alguien.

Yo ayer mismo por ejemplo tuve la idea de escribir Moby Dick pero miré en Google y resulta que ya estaba escrito desde hace mucho y además de una forma idéntica, palabra a palabra, de cómo yo había pensado escribirlo.

Sin embargo, si el ‘cómo’ merece la pena, el ‘qué’ es lo de menos. Y es esto lo que distingue a los grandes escritores de Dan Brown o de Ruiz Zafón.

Esa es la esencia de la literatura, la capacidad de trasmitir, de emocionar, de asustar, de hacer reír, llorar, comprar pescado un lunes, etc.

Y eso, al igual que la magia, consiste en trucos, que no son difíciles una vez que los conoces.

Yo mismo os los explicaría, pero es que me cierran el Carrefour.


Este post es del señor @Alfred_ego que, además, tiene un blog, Ego eats Ego.