martes, 20 de noviembre de 2012

Irresponsabilidad


responsable.
(Del lat. responsum, supino de respondĕre, responder).
1. adj. Obligado a responder de algo o por alguien. U. t. c. s.
2. adj. Dicho de una persona: Que pone cuidado y atención en lo que hace o decide.

QUE PONE CUIDADO Y ATENCIÓN EN LO QUE HACE Y DECIDE

Hay dos tipos de personas: las responsables y las irresponsables. Sin más. Todo lo demás se reduce a eso. Todo lo demás es caca.

Podría acabar aquí, tan ricamente, pero voy a regodearme, oye.

Y es que hay mucho irresponsable suelto. Hay mucho cabrón entontecido que se cree lo más, por las razones que sean, y resulta ser un mierda integral porque no asume su condición de irresponsable. Porque, dando fe de una percepción de la realidad claramente deformada, es tan inepto que no acepta que se equivoca, o que no sabe, o que es lerdo, o que no le da la gana, simplemente, y pasea su irresponsabilidad all around the world como quien no quiere la cosa. Como si se plantara en la cabeza los cojones sangrantes de un ciervo recién asesinado, vaya. 

En general, los irresponsables son esos seres abyectos que hacen que parezca que hacen muchas cosas y ni siquiera se dan cuenta de que todo el mundo sabe que no hacen nada. Son esos que, cuando va saliendo la mierda que meten a poquitos debajo de la alfombra, echan la culpa a los demás, y jamás, jamás, asumen su falta de compromiso y responsabilidad.

En el trabajo, pasarán el día solucionando los problemas de sus negocietes, evitando hacer lo que tienen que hacer y por lo que les pagan. Y cuando llegue el momento de la entrega y no lo hayan terminado, echarán la culpa al jefe, que les paga poco, o a algún compañero, porque no les ha explicado algo que deberían saber desde hace meses, o incluso a su vecina, porque montó bulla anoche y no han podido descansar bien.

Ni siquiera aceptarán que su dejadez repercute en sus compañeros responsables, que tendrán que cargar con una sobrecarga de trabajo porque son incapaces de no asumirla. Su sentido de la responsabilidad se lo impide.

En su vida personal, los irresponsables abroncarán a sus novias por no haber aclarado la discrepancia con Telefónica que ellos mismos causaron cuando no leyeron el contrato pero querían ese móvil. Montarán el pollo a sus maridos por no recordar comprar papel higiénico que ellas han olvidado las últimas tres compras. Mentirán hasta el paroxismo sobre los problemas del servidor para que nadie se entere de que no han leído un mensaje de hace una semana porque sabían que era un marrón.

Los irresponsables ni siquiera se dan cuenta de que caminan sobre una cuerda floja todo el tiempo porque, curiosamente, casi nunca se caen al vacío. Hijos de puta malolientes...

Y es que parece que junto al defecto de la irresponsabilidad está la virtud de sobrevivir.

Los irresponsables están por todas partes. Mátelos y contribuya a mejorar el mundo. No sirven para nada.

martes, 13 de noviembre de 2012

Free as a bird, caris

La madurez femenina empieza cuando una va por el mundo sin ropa interior. Especialmente sin sujetador. Como lo leen, en pelota picada inside

Cuando una está gorda tiene que acostumbrarse, sí o sí, a las apreturas. A las ronchas de las gomas de las cosas. A la opresión, vaya. Si una está gorda y quiere llevar cosas bonitas tiene que aceptar años y años y años de cosas apretadas que dejan marcas en la piel, un día, y otro, y otro. Todos los días. Una se consuela, de vez en cuando, mirando esos sostenes tan bonitos, con esos bordados y esos encajes, se caga en la puta madre de la pobre china presa en un sótano de La Perla que cosió la goma y se lo pone, porque son bonitos. Son tan bonitos...

Y una cree que se siente bien, incomprensiblemente, apresada entre gomas y encajes bonitos que nadie va a ver en todo el día, porque se deja llevar por la perogrullada esa de que es suficiente con que una se sienta sexy, aunque nadie más lo sepa. Se deja llevar y, mientras, se cisca en el jodido momento en el que se le ocurrió gastar 90 euros en ese sujetador taaaaan bonito y taaaaaaaaaaaaan incómodo que desearía tirar por el váter justo después de usarlo y antes de tirar de la cadena.

Años y años y años de sufrimiento y dolor porque una es imbécil y cree que se ha creído eso de que es suficiente con que una se sienta sexy, aunque nadie más lo sepa. Y soporta su tortura porque, además, es consciente de que es la única solución a la mierda esa de la gravedad, que parece que se hace más grande y más fuerte con el paso de los años.

Años y años y años de aros, guata, ballenas, gomas de hormigón, encajes que pican... cosas bonitas pero miserables que hacen nuestra vida más triste y dolorosa.

Hasta que una, un día, tiene que salir al mundo con el tetamen free as a bird y tiene sensaciones nuevas y excitantes: no hay opresión, no hay cosas que aprietan, no hay dolor. Sólo el punto del jersey rozando suavemente los pezones.

Y entonces, cual Scarlett encaramada a la cima de una colina marrón, con una lágrima de felicidad asomando por el ojillo, una se hace un juramento:

"A Dios pongo por testigo, A DIOS PONGO POR TESTIGO, que nunca más voy a sufrir por un sujetador, que se acabaron los aros, las ballenas y las guatas, que voy a llevar las tetas tan sueltas que me van a llegar hasta las rodillas en dos años".

Y, oye, una es mucho más feliz así. Dónde va a parar.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El fujitsu

Hace unos días tuve una fiesta importante relacionada con el trabajo y fui a una sesión de chapa y pintura: peluquería, maquillaje, manipedi... En realidad, podía haber prescindido completamente pero era la excusa perfecta para escapar de la espiral de miseria, mierda y destrucción total que hay en el trabajo. Y me hacía falta. Y me encanta. Tooooootal, que me tiré toda la tarde sufriendo sin parar mientras otras mujeres me tocaban suavemente con manos sedosas e hidratadas.

Todo podía haber sido perfecto pero no sé si es que tengo un imán especial para que me toquen las personas más lerdas sobre la faz de la tierra o es que soy extremadamente inteligente. También es posible que sea, simplemente, una cuestión de hijaputez, pero sobre esto todavía no se ha pronunciado Benedicto así que lo dejamos en "en estudio". La cuestión es que me tocan todas. Si hay una borderline a menos de un kilómetro, me toca.

Cuando me la asignaron para lo del maquillaje me dio un poco de miedo. Del miedo de ese sordo que hace que se te encoja el bajo vientre como si te estuvieras aguantando la caca pero sin ganas. Y es que la muchacha en cuestión tenía unos 25 años, mechas de varios colores, laca para fijar el peplum de la estatua de la Libertad, uñas de Florence Griffith y suficiente maquillaje para Lady Gaga, Concha Márquez Piquer y Axel Rose juntos. Así que me esforcé mucho en que quedara clarísimo que era lo que quería. Exactamente. Sin fisuras: colores, intensidad, dirección de las intensidades, brillos... TODO.

No parecía muy contenta con tanta indicación así que se pasó todo el rato rezongando: pues este color te iría más con lo que vas a llevar, pues así las uñas no quedan bonitas, pues con tu pelo deberías no se qué... Hasta que se conoce que le puse de mal humor de verdad y empezó con la artillería pesada chonista: el argumento dialéctico irrefutable porque yo lo valgo. 

Así que, mientras tenía dos 95 B sobre la cara, tuvimos la siguiente conversación:

- Si tienes tan claro lo que quieres no sé por qué vienes a que te maquillen (sic).
- Porque me gusta y no sé hacerlo bien sola.
- Ya, pero es que se supone que si vienes a que profesionales estilistas te asesoren tienes que confiar en lo que te recomendamos, porque lo más importante es que la clienta se vea más guapa (sic).
- No he venido a que me asesoren, he venido a que me maquillen.
- Pues es muy fácil.
- Ya.
- Pues no entiendo por qué no te lo haces tú.
- No se me da bien.
- Pues es cuestión de práctica.
- ...
- Pues yo tengo clientas que si se ponen aprenden.
- ...
- Si tienes tan claro lo que quieres ¿por qué no te lo haces tú? Si es que es muy fácil.
- A mí no me lo parece y prefiero que me maquille alguien que sabe.
- Pues si que debes ser torpe si no puedes hacerlo, yo lo hago todo el tiempo.
- Ya... ¿tú  puedes hacer análisis estadísticos con proyecciones y estudios de mercado? ¿no? Es muy fácil yo lo hago todo el tiempo.

Y el fujitsu.

martes, 6 de noviembre de 2012

Nervios

Noto como si se acercara lenta pero inexorablemente el final de una etapa de mi vida. No pasa nada, sin dramatismos, pero tengo un tufo a cambio todo el día que ni con el ambientador de palitos se quita, oigan. Y estoy rara. E irascible. Soy un puto manojo de nervios.

Poco a poco, en unos meses se ha ido derrumbando una gran parte de lo que era mi rutina y me siento como huérfana, desubicada. De un plumazo, han desaparecido de mi vida obligaciones inalienables y he ido ocupando ese tiempo casi a la desesperada, como buscando a lo loco nuevas rutinas que hagan que me sienta segura, útil, acompañada, viva. Pero hecha un puto manojo de nervios.

Busco con desesperación a personas que me quieren y a las que quiero porque necesito eso, sentirme querida, para sentirme menos huérfana y desubicada. Y voy apartando a personas que no hacen que me sienta mejor, también con cierta desesperacion. Sin dramatismo aparente, pero con urgencias latentes. Y hecha un manojito de nervios de color de rosa.

Estoy hiperactiva. Necesito tanto no pensar en muchas cosas que ocupo las manos con cosas difíciles que reten mi mente para distraerla. Estudio. Estudio mucho. Demasiado, quizás. Monto muebles como una loca. Juego al Tetris con los armarios. Construyo comidas que viajan en tuppers a otras mesas. ¡Yo! ¡YO! ¡Y TIRO COSAS, MUCHAS COSAS!

Busco a lo loco otras cosas en las que pensar. Cosas lógicas, que empiezan y terminan con esa maravillosa lógica de las cosas que empiezan y terminan, que sirven para algo, porque a veces tengo la sensación de que  nada de lo que hago sirve para nada y estoy perdiendo el oremus en una vida sin propósito echada a perder. Con esa sensación desagradable de que me muevo mucho pero no voy a ningún sitio.

Paso las horas que paso en el trabajo con un único pensamiento en la cabeza: la hora de marcharme. Con angustia. Con urgencia. Con una sensación de miedo paralizante inexplicable que me hace torpe, insegura, vacía, marioneta muerta, nada creativa, nada inteligente, nada. Y salgo y reviscolo, como si el aire de la calle llenara todos esos vacíos y me convirtiera de nuevo en una persona. Una persona nerviosa, sí, pero una persona.

He pasado por algo así antes, no pasa nada. Todo se pasa, que dicen. Son épocas. Necesito descansar, dormir unas cuantas horas seguidas, quitarme losas de encima, pasar dos o tres noches de fiesta despendolada, con las bragas en la cabeza y la tarjeta de crédito pegada a la frente. Vale.

Pero, mientras pasa, mientras toda esta sensación de angustia, de vacío, de ausencias de quereres pasa, voy a tomarme todas las mañanas un zumo de naranja, vaya a ser que estoy baja de Vitamina B, y un yogur con cola de caballo y germen de trigo, que dicen que da mucha fuerza. Sobre todo al pelo y las uñas. En esta época del año.

Por cierto, no he comentado que mi terapeuta favorita se ha casado con un colombiano y ha cruzado el charco y ha pasado su consulta a una lers rubia naturista de los cojones. La madre que la parió de culo.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Orgullo tonto

En una familia de cocinillas mode pro on y profesionales de verdá de la buena, que mi mayor logro culinario sea no socarrar la leche todos los días en el microondas no está muy bien visto.
 
A mi madre, diosa de la cocina con gafas, siempre le ha encantado que mis hermanos cocinen como los mismos dioses desde que eran muy pequeños y sé que, desde el botón de su corazón, tiene una espinita clavada con mi falta de interés y mi inutilidad absoluta en asuntos culinarios.
 
No será para tanto, dirán. Bueno, sí lo es. Soy capaz de hacer incomible una ensalada. Asín es.
 
Además, no me gusta la cocina. Ni el continente ni el contenido. Nunca me ha gustado nada relacionado con la cocina, con cocinar y, mucho menos, con comer. Paradójico, quizás, pero cierto. Daría mi mano derecha si nunca más tuviera que comer, o si pudiera alimentarme como en las películas de ciencia ficción, con una cápsula o algo así, sin notar el sabor. Porque siempre he sabido que cualquier cosa que ingiriera era un paso más hacia el infierno de los kilos, la grasa, lo de ser gorda y todo eso, ya saben.

Ni siquiera me da envidia que otras personas sepan cocinar. Quiero decir... a ver si me explico bien... Por ejemplo, veo a otras personas que son muy creativas, o inteligentes, o intuitivas, o mañosas... y me da esa envidia de decir jo, cómo me gustaría ser así, cagonlamar, qué mal repartido está el mundo... Pero lo de ser hábil para cocina, pues no. Me la pela.
 
Así que nunca cocino. Si no tengo tuppers de mi madre o mis hermanos como cosas crudas o precocinadas. Nunca cocino. O, bueno ¿las torrijas son "cocinar"? Vale, pues nunca cocino excepto torrijas que me salen como si las hicieran los mismos dioses ayudados por los ángeles.
 
Hasta hoy.  

Como tantas otras decisiones en la vida, no tengo ni idea de por qué. Esta mañana me he encontrado con un anuncio de una página de recetas y, casualmente, tenía todos los ingredientes, era algo que me gustaba y era muy fácil. Me he llevado el ordenador a la cocina, he seguido todos los pasos y esto es lo que ha salido:

Es un bizcocho de zanahorias.

Estoy tan orgullosa de mí misma que tengo todo el día ganas de llorar...