martes, 16 de octubre de 2012

Vuelta al cole

Cuando terminé la carrera estaba tan asqueada que juré que no volvería a pasar hambre y que nunca, NUNCA, volvería a estudiar de manera formal. No me interpreten mal, si hay algo en la vida que me gusta casi tanto como Jason Lee, el chocolate con almendras y folJASON LEE, es aprender cosas nuevas, SABER COSAS, TODAS LAS COSAS, pero no quería, de ninguna manera, empezar a estudiar de nuevo, stricto senso

Supongo que tiene que ver con que decidí abandonar los estudios a mitad y, aunque lo retomé tras unos meses, siempre he tenido una intensa sensación de fracaso y decepción. No quería seguir estudiando eso, me había equivocado, no me gustaba, no era lo que esperaba. Pero tomé la decisión de terminar, básicamente porque no sabía qué otra cosa quería hacer y mi progenitor me apretaba una barbaridá.

He llevado como una losa esta decisión todos estos años y, aunque he hecho infinidad de cursos, seminarios y chorradas de esas, nunca he tenido el convencimiento, compromiso, disciplina, constancia o ganas suficientes como para decir: "mira, que sí, que quiero volver a estudiar nosequé", básicamente, también, porque seguía sin saber qué otra cosa quería/podría hacer.

Sin embargo, como una prueba más de mi inconsciencia y estulticia, en un momento vital complicado, lacrimoso, incierto y todas esas polladas, soy tan lista que voy y me matriculo en un cursomastersuperior universitario. Chúpate esa. 

Y, antes de empezar, siento ya la simiente del fracaso y la decepción. ¿Seré capaz? ¿Sigo teniendo capacidad para estudiar? ¿Voy a aprovecharlo? ¿Me servirá para tomar decisiones? ¿Qué pasa si no me gusta? ¿Voy a ser disciplinada? ¿Estoy dispuesta a renunciar a otras cosas para dedicarme a estudiar? ¿Estoy comprometida, motivada, tengo ganas

Así que, aquí estoy, a puntito de empezar, sumida, como siempre en un mar de dudas. Me siento como el primer día de instituto, convencida de que no iba a aprobar ni la primera evaluación porque soy rubia.

Qué desazón, amigos, que desazón.

sábado, 13 de octubre de 2012

Dre lra procrastrinracrión

Entre mis muchas virtudes hay una que me gusta especialmente: soy capaz de procrastinar hasta límites insospechados sin remordimiento alguno de conciencia.

El respeto que tengo a esta mi virtud, poco entendida por algunos, es tal, que aquí estoy, el fin de semana del 12 de octubre, el de la j*d*d* Hispanidad, rindiendo homenaje a la patria haciendo el cambio de armario de primavera, aprovechando que ya es otoño. Es una forma tan buena como otra cualquiera de hacer solo un cambio de armario al año, cuando ya es imposible distinguir entre los restos de ropa del invierno anterior, la del aún verano y el frío que está por venir.

Luego saco el edredón, que pasa un mes enrollado a los pies de la cama porque hace un calor del cagarsen pero es que si no lo sacaría en navidad, por lo menos, y hay días que hace fresquito en diciembre.

Es un poco como con los hombres, cuando la pereza y la desidia hacen que aún no se haya dejado a alguien con botas pero ya se tiene a otro con chanclas, todo aderezado con la ilusión y buen rollo de haber conocido a otro alguien prometedor que puede (puede) convertirse en alguien importante con zapatos en el futuro. Y, si no, pues como esas camisetas que van rodando todo el año por el armario sin que te la pongas: llega un día que se te hinchan las narices, las metes todas en una bolsa y las dejas en el contenedor de la ropa.

Otro día hablaremos de cuando se mete todo en una bolsa y se pasa lo que ya no quieres a una amiga.


jueves, 11 de octubre de 2012

El otro blog

Yo antes tenía un blog. Era bastante chulo. Cuando alguien me preguntaba de qué iba, yo contestaba, ufana: "de yo, mi blog va de yo". Y me quedaba más a gusto que un arbusto.

No era especialmente bonito, no soy muy hábil con la cosa de los hachetemeeles, pero no necesitaba más. Era el blog de la Gordi.

No sé muy bien por qué, ese blog tenía un porrón de visitas. En serio, un porrón, probablemente no me creerían si dijera cuántas. No me interpreten mal, las visitas no es lo más importante pero sí es cierto que son una fuente infinita de nuevas personas que, a veces, son un gran descubrimiento porque tienen blogs cojonudos. Y luego, si una tiene suerte, conoce a gente también cojonuda. También tenía muchos seguidores, no un porrón, pero muchos más que ahora. Con esto de los seguidores pasa lo mismo: es una forma estupenda de descubrir novedades. Y de tener nuevas e interesantes opiniones. Toootal: más visitas, más gente guay. Estadística pura.

Y un día me entró la cagalera de la muerte, inexplicablemente, y lo cerré. Todo eso acabó. Fue como una mudanza, pero peor, porque dejé muchas cosas por el camino. Dejé mucho de Gordi por el camino.

Hace un tiempo alguien me dijo que se notaba que ya no escribía con las tripas. Supongo que fue una manera elegante y cariñosa de decir que ya no le parecía interesante como antes (si lo fue en algún momento, claro). Y tenía razón, ya no escribo con las tripas. Mi celebro no me deja. Y la prudencia, a veces, tampoco. Ahora me siento vulnerable y desnuda en el mundo carnal. Y no siempre me apetece sentirme vulnerable. Desnuda sí, pero eso es otro post.

He explicado algunas veces por qué borré todo a la desesperada cuando me enteré de que me habían encontrado. También he explicado por qué decidí no desaparecer y empezar de cero, con otro nick, en otro entorno. Todas esas veces me he guardado para mí la razón definitiva, porque no sé verbalizarla. Curiosamente, me faltan las palabras, aunque la tengo muy clara en la cabeza. Y en el ladrillo.

En su día tuvo que ver con la vergüenza que sentía por haber creado a Gordi, por haber llamado Gordi a un alter ego virtual que no salía nunca a la superficie en el mundo carnal. Un alter ego que nació prostrado, maldito, convencido de que nunca tendría tiempo ni oportunidad para desvelarse, porque iba a morir conmigo de un momento a otro.

El tiempo pasó, no me morí (aún, que vamos a morir todos, no padezcan) y cogí cariño a Gordi. 

Y aquí sigue.

El caso es que hace unos días este blog de nueva url pero viejo de espíritu ha cumplido un año. Y me parecía una eternidad... Me ha costado adaptarme. Me he ido un ratito. He vuelto. No sé qué pasará mañana. Pero quiero agradecerle el tiempo que me ha dedicado, que me haya permitido seguir siendo Gordi, que me haya traído nuevas personas, nuevos blogs, nuevas experiencias, y que me deje seguir escribiendo.

Y, a ustedes, gracias por jugar con nosotras. Muchas gracias.

 

The Beatles, Dear Prudence.

martes, 9 de octubre de 2012

El día de aquí


Esta es la bandera.

A esto se le llama Senyera Valenciana.

Este es el himno.


 


Estos son los mazapanes que hoy regalan los hombres a las mujeres.


Este es Chanquete, que se murió y nos dejó huérfanos de líderes espirituales.


Esta es Rosita Amores, LA VEDETTE, valensiana de pura cepa y referencia erótica para varias generaciones. 


Esto es lo que hacemos con el dinero, porque somos desprendidos y generosos. Y nos gusta el fuego más que a un tonto un pito.


Seguro que sale alguien a decir que la Comunitat Valenciana es mucho más. Y tendrá razón. Pero pueden quedarse con esto, que es lo que mejor nos define. Porque lo propio es definirnos como colectivo ¿no? ¿no se trata de eso lo de celebrar los días de..., de definirnos como colectivo?

Vengan a vernos y les demostraremos que hay mucho más. Casi todo lleva arroz, pero hay mucho más.

Valensians, alacantins, castellonencs, feliç dia de la Comunitat. Per molts anys.


lunes, 8 de octubre de 2012

Toda la vida

Los desaires de la vida me han enseñado dos verdades absolutas:
- Nada dura para siempre.
- No existen las verdades absolutas.

Como buena drama queen que soy, tiendo mucho al nunca, siempre, jamás y todas esas palabras que decimos mucho para magnificar los sentimientos y creérnoslos más. A veces porque, en el fondo, nos queda un atisbo de duda, ínfimo, pero presente. Otras, porque la duda es más grande, pero pensamos que no debería ni ser, y que quizás si nos manifestamos mucho y muy fuerte en su contra, desaparecerá. Otras lo decimos porque sí, por costumbre.

Y es frustrante, la verdad. Porque me equivoco siempre.

Una piensa que tiene un amigo, de esos de los de toda la vida, a los que querrá siempre, con quién jamás tendrá un problema. Sí, uno de esos.

Una ha compartido con ese amigo muchas cosas en el pasado: horas de estudio, decepciones laborales, juergas infinitas, nacimientos, muertes, divorcios, confidencias, enfermedades, celebraciones, mudanzas, alegrías... todo, un amigo de esos con los que se comparte todo menos la cama. Una piensa que, después de todo lo que han vivido juntos, de las idas y venidas de la vida, su amistad ha demostrado que está por encima de tonterías, que siempre van a quererse y que siempre van a perdonárselo todo, si se diera la extraña circunstancia de que, a estas alturas, alguno de los dos hiciera algo que perturbara tanto al otro que tuviera cabida el perdón. Cosa que nunca pasará, claro.

Y va y no. Una se equivoca completamente. 

Resulta que un día se da cuenta de que cada vez hay más cosas que hace ese amigo que le molestan. Consciente de que son tonterías y que él también pasa por circunstancias difíciles, que quizás le nublan el pensamiento, deja pasar el tiempo, a ver. 

Pero el tiempo pasa y el malhumor no. Ahí se queda, alimentadito, engordando poco a poco, como el culo de una.

Y entonces una se descubre un día sintiendo por ese amigo de toda la vida lo mismo que por otras personas que le caen mal, con las que evita estar, porque le alteran los biorritmos y una ya no está pa estas cosas.

Y lo triste no es que pase eso, qué va, lo triste es que una se da cuenta de que, a pesar de la pena que le da perder a esa persona, puede vivir sin ella, quiere vivir sin ella, porque ya no le gusta en lo que se ha convertido.

Porque es que resulta que nada es para siempre, ni siquiera lo de toda la vida.



Eres en mi vida ansiedad, angustia y desesperación. 

Los Panchos, Toda una vida.