jueves, 13 de septiembre de 2012

Poquito a poco

No puedo escribir. Me estoy muriendo de pena. Poquito a poco. Poquito a poco.

Y ya.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Desprecio profundo

Si hay algo que desprecio profundamente, algo que podría convertirme en una eugenista de libro, es la falta de espíritu crítico de algunas personas y, especialmente, el desinterés por tenerlo. 

Más allá de la educación, de la capacidad intelectual o las circunstancias personales, la vida nos pone en multitud de situaciones que nos obligan o nos permiten tener otras opiniones, otros puntos de vista, informaciones contradictorias, datos, pruebas... Vivir nos abre todos los días un universo de impactos que, si tenemos la mente abierta y la curiosidad despierta, deberían estimular nuestra capacidad de pensar, de relacionarlos, de mirar con escepticismo y extraer nuestras propias conclusiones. 

Y, sin embargo, hay tanta gente que no lo hace... Y, lo que es peor, hay tanta gente que no tiene el más mínimo interés por hacerlo y rechaza cualquier posibilidad de pensar por sí misma... Y eso lo desprecio. Profundamente.

Una persona que no se cuestiona las cosas, cerrada a aceptar otras visiones, orgullosa de su ignorancia y su estulticia, ofuscada en sus creencias y ciega a las contrarias, que sigue ciegamente a la manda sin preguntar, que repite lo aprendido sin seguir aprendiendo, no merece más que un desprecio profundo, insultante, envolvente, total.

Una persona así merece pocas cosas.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

En purititas bragas

Lo malo de escribir desde una torre fortificada, con foso de cocodrilos y puente levadizo, ataviada con cota de malla y yelmo de oro es que una se cree inexpugnable, a salvo de incursiones indeseadas.

Desde su torre, una cree que domina el valle de las palabras: la composición, el tempo, los silencios. Una, protegida por su fortín, se cree Baronesa de la Frase, Duquesa del Puntoycoma y Señora del Contenido y observa, altiva y orgullosa, el ir y venir de su legendario ejército de palomas mensajeras.

La costumbre y cierta habilidad hace que sea fácil escribir y que el tráfico de mensajes sea fluido y continuo. Las palomas van y vienen, van y vienen.

A veces, hay mensajes especialmente delicados a los que una dedica mucho tiempo y cariño. Antes de enviarlos, una los lee y los relee, muchas veces. Los deja en stand by y vuelve a releerlos, para asegurarse de que dicen, exactamente, lo que una quiere decir, ni más, ni menos. Porque una tiene miedo de decir lo que no debería, claro. Hay mensajes que tardan tanto tiempo en enviarse que, cuando al fin salen, las palomas mensajeras se han hecho viejitas y tienen que jubilarse a la vuelta. Con una buena pensión, en prueba de agradecimiento.

Envié a mi mejor paloma, vestida de gala, con un mensaje especial.

Protegida por la torre fortificada, el foso de cocodrilos, el puente levadizo, la cota de malla y el yelmo de oro (ah, y por 7.500 km), envié un "te quiero" explícito a Aquiles, con la esperanza de que la distancia le hiciera ser benévolo. Confiaba en que no utilizaría su artillería pesada desde el otro lado del mundo. Me confié demasiado.

¿Fortín? ¿A SALVO? Y una mierda. La torre es bajita y tiene escaleras. Los cocodrilos son de plastilina. Los niños utilizan el puente levadizo de trampolín. Planché la cota de malla y se me ha quedado blandita y el yelmo... con el calor que hace, porelamordedios, ¿cómo voy a ponerme el yelmo, con el calor que hace?

Desde el otro lado del mundo llegó mi mejor paloma, vestida de gala, con una respuesta especial, que ha arrasado mi fortaleza y me ha dejado en purititas bragas, herida de muerte. El mensaje de vuelta dice "yo también te quiero".



(Publicado el 1 de septiembre de 2009)

NOTA DE LA AUTORA: tengo especial cariño a este post, por culpa de @Petulandia, que me mima allá donde está. Cuánto hemos cambiado y qué iguales que somos. Y qué igual y que distinto es todo. Sigo herida de muerte.

martes, 4 de septiembre de 2012

La locura del raro

No tenemos que ir muy atrás en el tiempo para recordar que una máquina de escribir eléctrica era el artilugio más sofisticado que teníamos para dejar nuestros pensamientos negro sobre blanco. Entonces, escribir era un ejercicio íntimo y exponer el resultado, una muestra de confianza: compartíamos nuestros pensamientos con unos pocos elegidos, esperando descubrir en sus caras el veredicto antes de que pudieran decirlo con palabras.

Las cosas han cambiado. Es fascinante. 

Ahora tenemos la oportunidad de descubrir los pensamientos más íntimos de un universo de personas que, de otra manera, nos estaría vetado. Y de mostrar los nuestros. Nos acerca a otros pensamientos que, por compartidos, hacen que nos sintamos menos solos, menos raros. Me imagino a veces a Ana Frank ahí, en su agujero, escribiendo su diario, asustada en su soledad, sin saber que, probablemente, miles de personas tenían los mismos pensamientos y sentimientos que ella. ¿Hubiera escrito las mismas cosas de saberlo? Probablemente no. A pesar del drama que vivió, quiero pensar que si hubiera podido compartir con alguien todo aquello hubiera sufrido un poquito menos sólo por saber que no estaba sola. Compartir a menudo alivia el alma y mitiga el dolor. Miren Facebook, si no, todo lleno de personas sonrientes y felices todo el rato.

Estoy convencida de que esa soledad que sentían algunas personas, a veces en situaciones vitales extremas, podía derivar, fácilmente, en dudas primero y locura después, esa locura que sale cuando piensas que eres único en el mundo, que sólo tú sientes y piensas según qué cosas, que igual no deberías sentir o pensar. La locura del raro.

Ahora esa locura no tiene sentido. Tenemos acceso a todos esos pensamientos irreverentes, obscenos, incorrectos, desviados, enfermos, groseros, soeces... exactamente como los nuestros, incluso más. No estamos solos. ¡NO ESTAMOS SOLOS! Siempre hay alguien más asqueroso capaz de hacer que nos sintamos más normales, más del montón, sólo es cuestión de curiosear en la Red.

Por eso no entiendo a los retrasados esas personas que se empeñan en describirse en sus bios y perfiles como raros, locos, raritos, desviados y esas cosas, que miran a los que somos normales por encima del hombro. No entiendo a esos que se autodenominan raros a modo de llamada de atención, como si fuera sinónimo de talento. Y no. Nada más lejos de la realidad.

Caris, haced caso de una señora de mediana edad que ya tiene cosas vividas: no sois raros. Más bien parecéis un poco gelipollas. Desde el cariño, claro.




Nota de la autora: ningún raro ha salido herido en la redacción de este post. Y, si se da el caso, ya saben.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Contra la pared

Hace unos días, Aquiles apareció en mi casa con una caja. Una caja grande, muy grande, de cartón, cerrada y precintada. No quería dejarla en el coche, por la cosa de que vivo en una especie de Las Barranquillas y no se fía. Así que vino a casa con ella y la aparcó en una pared.

Al día siguiente, fue lo primero que vi al levantarme: esa caja de cartón desentonando en mi comedor. Creo que me quedé mirándola un momentito, porque cantaba mucho. La cambié de pared una vez. Ahí me molestaba. Volví a cambiarla de sitio. Y seguía sin gustarme. Pero ahí se quedó. En seguida se la lleva, pensé. Y dejé de mirarla para no ponerme de mal humor.

Mientras desayunábamos yo la miraba de reojo. Y, de repente, me dijo: No voy a llevarme la caja, tengo que hacer varias cosas y no quiero dejarla en el coche, ya vendré a recogerla. No te importa ¿no? Le miré, miré la caja, le miré a él, sonreí, con una sonrisa de esas que se te ilumina la cara de mentira, le di un beso con sabor a melón y dije, como despreocupada ¡Claro que no! Tu caja puede quedarse todo el tiempo que quieras.

Así que él se fue y su caja se quedó. Apoyada en la pared. Ahí.

1. Prohibido andar. 2. Ponte erecto. 3. Trata la caja como si fuera dios. 4. Coge paraguas, que igual llueve. 5. Hay cosas rotas dentro, ten cuidao no te vayas a cortar cuando la abras, cotilla.
Ayer me desperté de la siesta y fue lo primero que vi. Supongo que la película que había puesta mientras dormía se me incrustó sutilmente en el córtex porque empecé a pensar en si cabrían los restos descuartizados de un cadáver y cómo los ubicaría. Me descubrí pensando en que debía ser un cadáver no demasiado grande, al que hubieran aplastado la cabeza, porque haría bulto. Y que tendría que desangrarlo antes, porque es de cartón, a ver si iba a gotear. Uf, qué trabajón... Ser asesino es un trabajón que flipas, hay que tener un montón de cosas en la cabeza para que no te pillen porque, claro, no tengo bañera, ¿cómo c*ñ* iba a desangr... En estas estaba cuando una llamada de teléfono desvió mis pensamientos a otras cosas menos mundanas.

Más tarde, mientras la cambiaba de nuevo de sitio, pensé en que tenía la medida perfecta para guardar juegos de sábanas, manteles y esas cosas para hacer una mudanza. O para guardar libros y apuntes. O para guardar los cuadros y fotos. O para guardar... ¡no, espera! ¡YA LO TENGO! Es la caja perfecta para guardar las lámparas, que luego no sé nunca dónde meterlas en las mudanzas. Estuve dando vueltas un rato por la habitación, identificando mentalmente las cosas que podría meter en esa caja que ahora me parecía tan útil. Que no se me olvide decirle que no la tire, una nunca sabe cuando va a tener que mudarse. Pero dejé de pensar en ella cuando me golpeé con la puerta del armario y tuve que repintarme una uña del pie y luego otra cosa atrajo mi atención.

Y aquí sigue. Apoyada contra una pared. 

1. No pises las líneas del suelo. 2. La flecha hacia arriba significa up. 3. Mira que cajita tan chula tengo. 4. Se llevan los paraguas grandes, cari. 5. Si se te rompe una copa más tendremos que beber el vino en orinal.

Es curioso la de cosas que se me ha ocurrido meter en esa caja, la de personas que he matado y metido dentro, cómo ha estimulado mi imaginación esa simple caja de cartón, cerrada y precintada. Si pudiera usarla...

Y eso que sé exactamente lo que hay dentro. No quiero ni pensar en lo que se me podría ocurrir si no lo supiera.