domingo, 18 de julio de 2010

La mujer de hielo

Hay personas que tienen la suerte de tener inteligencia emocional.

La inteligencia emocional nos permite tomar conciencia de nuestras emociones, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones y frustraciones que soportamos en el trabajo, acentuar nuestra capacidad de trabajar en equipo y adoptar una actitud empática y social, que nos brindará mayores posibilidades de desarrollo personal (esto es de aquí).

Yo no tengo de eso. Nada. Rien. Niente. Anything. Nichts.

Pienso muchas veces en cuánto deben facilitar el día a día todas estas cosas pero no me salen. Especialmente cuando tiene que ver con sentimientos. Y, sobre todo, cuando los sentimientos de los demás van instalándose en mi espacio y chocan con los míos. Al principio me dejo, soy fácil. Tiendo a pensar que es una cuestión coyuntural, que no va a ser así para siempre, que ya reculará. Hasta que me doy cuenta de que no, de que no reculará porque estar en mi espacio es muy cómodo: la otra persona va obteniendo lo que quiere y yo me dejo. Claro, es que soy buena. Comprensiva. Generosa. Qué guay soy ¿no?

No.

Un día me doy cuenta de que el espacio que me queda para mí es demasiado pequeño y me estoy ahogando. Entonces, en lugar de decirlo, de pedir tranquilamente lo que me corresponde, me convierto en una bestia desquiciada y no me importa arrollar lo que tengo delante para defenderme. Sin avisar. Sin piedad. Sin remisión. Sin concesiones. Sin negociación. Sin importarme las consecuencias. Una vez pongo en marcha la apisonadora, sigo hasta el final.

Y eso es lo que estoy haciendo ahora. Soy de hielo. He arrollado, inmisericorde, a una persona que tengo (tenía) muy cerca, en el trabajo y en la vida. De repente, un día me di cuenta de que había ido ganándome terreno, cada día un poquito. Yo iba cediendo espacio así, como quien no quiere la cosa, porque pensaba que ella lo necesitaba, y ella se lo iba cogiendo. Intenté recuperar un poco pero... nanay, ya era suyo. Y me sentí engañada, utilizada, vencida en mi propio espacio. Y me revolví.

Si hubiera tenido una poquita de inteligencia emocional habría hablado con ella, y habría tenido en cuenta (más) sus sentimientos y motivaciones. Debería haber tenido un poco más (más) de empatía. Quizás hubiéramos podido solucionar algo sin necesidad de helarnos hasta el tuétano.

Pero temí que me ganara de nuevo, porque normalmente puede conmigo, me desarma con su sonrisa y su voz. Le quería y no soportaba verla llorar. Y llora mucho. Así que me parapeté tras una armadura de esas de hielo que venden en el cortinglés a prueba de lágrimas, grité para mí Milites, ad aequum y arrasé con todo, para recuperar lo mío. No me han importado sus lágrimas, sus miradas de desconcierto, su decepción ni su dolor. Me he convertido en la mujer de hielo. "Nunca hubiera imaginado que pudieras ser así", me dijo sorprendida. Yo me callé, claro, yo sí lo sabía.

Puse la apisonadora en marcha sin ser realmente consciente de lo que iba a venir después y cuando ya había empezado no supe cómo parar así que seguí adelante, segura de que las consecuencias iban a ser terribles. Porque todos nuestros actos tienen consecuencias. Y con un comportamiento así, sobre todo si se produce en un entorno laboral, suelen ser muy chungas. Normalmente las mujeres de hielo son castigadas a morir en la hoguera. Se lo merecen: desequilibran al personal, crean mal rollo, dificultan la comunicación, aumenta la desconfianza...

Y, sin embargo... ´por el momento he recuperado mi espacio, me siento más fuerte y menos dispuesta a ceder de nuevo y, sobre todo, estoy tranquila. De vez en cuando me asalta una duda fugaz y pienso que, antes o después, todo se volverá contra mí, así es el karma. Pero, curiosamente, tener una espada de Damocles pendiendo sobre mi garganta no está amargando mi existencia, ni mucho menos. Casi que Damocles y su espada me dan igual.

¿Qué estoy aprendiendo de esta experiencia? Que ser una mujer de hielo duele menos.

Chungo ¿no?

sábado, 17 de julio de 2010

El mejor post de inauguración de la historia

Hace unos meses me dio por pensar qué haría si algún día me daba por chapar el Diario y empezar un nuevo blog. Pensaba en lo que haría y en lo que no haría. Fantaseaba con la idea de escribir el mejor post de inauguración que nadie hubiera escrito nunca en un blog. El mejor.

Y va y se da la circunstancia: empiezo un nuevo blog. Y ya tengo claro que este no va a ser el mejor post de inauguración bloguera de la historia. Ni mucho menos.

Para empezar, ni siquiera he encontrado un nombre medio decente. Acepto sugerencias, por supuesto. Pueden seguir haciendo sus aportaciones en cualquier momento en la pestaña ¿Qué nombre le pondrías a este blog?.

Vaya mierda de inauguración. Ni siquiera he celebrado una fiesta con las personas que leen habitualmente lo que escribo, ni unas risas, ni unos bailes. Nada.

Me hubiera gustado montar un pifostio de estos a lo grande, como los subvencionados por el gobierno valenciano, con globos, animadoras, ginestonics, birritas, equilibristas, papas, camareros y gogos a cascoporro. Me hubiera gustado algo así, algo desmedido, divertido y colorista:



Pero, por el momento, sólo puedo invitarles a seguir viniendo cuando quieran. Están ustedes en su casa. Pónganse cómodos.

sábado, 3 de abril de 2010

Confianza

Confianza. Esto va de confianza.

Lo que llamamos pomposamente vivir* no sería nada sin confianza. Nuestras piernas nos sostendrán cuando nos levantemos de la cama, seremos capaces de planchar la camisa sin quemarla, vamos a entender los garabatitos que nos han dejado en un post it...

La mayoría de las cosas las hacemos de manera inconsciente, instintiva, nuestro cuerpo sabe qué hacer y lo hace, gracias a los chorrocientos mil millones de conexiones que van solas en nuestro celebro, que dice "eh, después de lavarte las manos, las secas con esa tela que hay colgada ahí" Nuestro subconsciente tiene tanta confianza en sí mismo que ni se preocupa en avisarnos de que vamos a hacer estas cosas, las hace solo.

Cuando subcons tiene que tomar una decisión que no tiene programada, por decirlo de alguna manera, llama al celebro y le pregunta "Oye, ¿qué hago?" y la masa gris y grasienta que tenemos en el top se despierta y piensa. Y, a la vez, pone en marcha la glándula de la confianza en uno mismo. Esta glándula es bastante importante: nos impulsa a leer un texto más complejo y nos hace saber que vamos a entenderlo; nos lleva a tirarnos a la piscina porque recuerda que sabemos nadar; nos hace correr cuando vemos llegar el autobús porque sabe que lo cogeremos... esas cosas. Tomamos esas decisiones porque confiamos. No sé si en nosotros, en el universo, en la física o en la ley divina, pero confiamos.

Lo chungo viene cuando hay otra persona involucrada porque ¿hasta qué punto podemos confiar en otra persona? ¿Cómo medir la confianza que podemos depositar en el otro?

A veces, si lo pensamos seriamente (aquí el celebro está rugiendo de placer) somos capaces de establecer un baremo que nos ayuda a decir fulanito no va a dejarme tirado o ni de coña le cuento esto a sotanito. Este baremo está fundamentado en nuestra experiencia con otras situaciones similares, con esas personas mismas, con nosotros... Otras veces, si se trata de una decisión seria, es más difícil establecer ese rasero, influyen otras cosas: ¿qué repercusiones va a tener para mí confiar o no en esta persona? Y ahí está el gran problema.

Porque en este punto hay que tener en cuenta la programación de fábrica de la enzima de la confianza en el prójimo. Hay de quién es desconfiado por naturaleza y hay de quién le prestaría su LP de edición numerada del Disco Blanco a cualquiera sin dudarlo. Ser desconfiado por naturaleza puede evitar muchos problemas pero es muy cansado y da pocas satisfacciones. Y ser excesivamente transparente y confiado atrae a los malotes como la miel a las moscas. Descorazonador, francamente.

Lo ideal es encontrar el punto G del equilibrio. La relación perfecta entre la actividad de la glándula de la confianza en uno mismo y la la enzima de la confianza en el prójimo porque, a veces, una producción excesiva de enzimas puede repercutir negativamente en la glándula, y viceversa. Qué difícil.

Y es que la enzima de la confianza en el prójimo tiene memoria. Es rencorosa, vaya. Putadón.

Sí. Cuando la enzima se decepciona porque ha depositado su confianza en alguien y es traicionada se cuelga el cartel "Víctima de putada". Como es muy incómodo llevar este cartel todo el rato y es muy difícil encontrar zapatos que le vayan bien el resto de enzimas se vuelven desconfiadas, no vaya a ser. Y, a medida que va creciendo el número de carteles de "Víctima de putada", las enzimas se van protegiendo cada vez más y se vuelven más estrictas y malpensantes.

Así es como una persona otrora confiada se convierte en un aeropuerto estadounidense.

Además, cuando traicionan la confianza de una, se te queda una cara de gelipollas...




*Esto es, levantarse por la mañana, ir al baño, trabajar, comer, hablar, dormir, cagar, enfadarse, reír, rascarse, andar, follar, vestirse... vamos, lo que viene siendo no estar muero.

lunes, 15 de febrero de 2010

El hombre ferpecto

Quiero un hombre inteligente. Que sepa calcular de cabeza cuánto voy a ahorrarme si me cambio de compañía de teléfonos. Que deduzca solito que si salgo de Madrid a las ocho es posible que me venga bien que vaya a recogerme porque llegaré pasadas las doce a mi destino.

Quiero un hombre que sea culto. Quiero poder hablar de metafísica o de filosofía, que no le importe explicarme porqué el córtex se me incendia o cómo funciona eso de la relatividad. O que no vacile cuando hablo de John Irving o Churchil. Que sepa quién es Mancuso o cómo funciona la publicidad de Google. Que pueda pasar horas hablando de amplis de válvulas o de cómo se quitan los huesos de las aceitunas.

Quiero un hombre con sentido del humor. Que llore de risa con Sheldon o con Gurb. Que sepa que significa Hillary y que me diga por las noches que le duelen las verticales. Quiero que sepa que tengo cosquillas en las rodillas y que se ría conmigo antes de acercarse a comprobarlo.

Quiero un hombre que me desee. Que no pueda esperar a que llegue a casa para desnudarme y me desabroche el pantalón en el ascensor. Que respire entrecortado cuando le abrazo por detrás. Que se excite sólo porque sabe que estoy desnuda esperándole. Quiero un hombre de manos grandes y labios carnosos. Que me muerda a veces y contenga mi pecho con pasión.

Quiero un hombre habilidoso, que sepa cambiar un huevo y freir un enchufe, que explore la selva para traerme un mango, con la única ayuda de un chicle y un bastoncillo. Que sepa qué c*ñ* es un escoplo y la cinta de carrocero.

Quiero al hombre ferpecto. Debe ser porque no existe.

jueves, 11 de febrero de 2010

Superpoderes


Superpoderes, quiero tener superpoderes.

Quiero ser analítica, como Batman. Inteligente, como Einstein. Rápida, como Spiderman. Descarada, como Bart. Valiente, como Roberto Alcazar. Fuerte, como La masa. Invisible, como Violet. Ingeniosa, como Annibal. Fría, como Iceman. Cegata, como Rompetechos. Paciente, como Joker. Caliente, como la Antorcha Humana. Sensible, como el Profesor Xavier. Regia, como Thor el Poderoso. Atractiva, como Magneto. Ágil, como Catwoman. Intuitiva, como Jane Grey. Simpática, como Wolverine. Talentosa, como McGyver. Inmutable, como Mortadelo. Mortal, como Sylar. Querida, como Chanquete.

Quiero tener superpoderes.