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martes, 12 de marzo de 2013

De lo nuevo que en realidad es viejo

Hola, soy Sil. Gordi y yo nos hemos intercambiado los blogses por este día porque la amistad y la confianza tienen esas cosas. Pero eh, un momento, ¡no se vayan! Denme una oportunidad, che. Que ya sé que ella cuenta las cosas mucho más mejor, pero igual ¡hasta les gusto! ¡Un poquitito! ¿No? En fin, voy a intentarlo… 



Hace poco vi una película llamada “El atlas de las nubes”. No voy a entrar en detalles, sólo diré que tiene seis historias, cada una de ellas ambientada en una época distinta: 1849, 1936, 1973, 2012, 2144 y 2321. Os la recomiendo, es una película de ciencia-ficción interesante.

Es curiosa la ciencia-ficción. Las películas de hace cuarenta años vaticinaban que a estas alturas de la historia todos conduciríamos coches voladores vistiendo trajes plateados. Ignoro qué deparará realmente el futuro: tal vez las actuales ciudades estén semienterradas de aquí a dos siglos y en su lugar haya otras con edificios sustentados por paredes táctiles. El caso es que la película me hizo pensar sobre la posible evolución del mundo, rollos apocalípticos aparte, y al volver a la realidad me alegré de algunas cosas.

Por ejemplo, del efecto pendular de las modas: el otro día, un colega subió a su Facebook una foto de su nuevo teléfono. Cuando todos esperábamos esto:
Lo que vimos realmente fue esto:

  

Dejando a un margen lo poco práctico que es un teléfono de este tipo frente a la multifuncionalidad del otro cacharrito, me resultó esperanzador que alguien mirara al pasado una vez y rescatara una cosa que siempre tuvo su encanto, al menos para mí. El sistema de la ruedecilla me entusiasmaba, me pasé media infancia simulando llamar a gente sólo por darle a la ruedecilla. No sé si un psicólogo tendría una explicación a eso, pero así era. En cualquier caso, me pareció maravilloso que entrados en 2013 un colega instalara en su casa un teléfono de cuando todavía no había nacido.

Siempre soñé tener uno como éste…


Cuando empezó a editarse música en formato digital, desaparecieron los LP de las tiendas, ¿os acordáis? Pero luego volvieron. Porque en el fondo, la escucha de un buen disco implica varias cosas: 
  1. El ritual de sacar el disco, pasarle la esponjilla, soplar con mimo las motas de polvo, colocarlo en el giraplatos, limpiar la aguja y posarla a cámara lenta sobre la superficie del disco; 
  2. Escucharlo de principio a fin, sin saltar el orden de las canciones y sin repetir en plan bucle la que más nos gusta, y 
  3. La crepitación que produce el roce de la aguja sobre el vinilo, de fondo durante la música, y absoluta protagonista entre canción y canción. Ningún sistema digital con dolby surround estará nunca jamás a la altura de eso. 

Qué decir de las gafas de sol modelo Wayfarer o Aviator (tan de moda en los cincuenta y en pleno auge otra vez), las sneakers (calzado deportivo ochentero por excelencia), los seiscientos/minis/escarabajos restaurados que se dejan ver por ahí de vez en cuando, los hogares que combinan las últimas tecnologías con el encanto de los muebles antiguos con una manita de pintura o el éxito de las ferias o mercadillos de libros cosidos con hilo y de tapa dura forrada en tela. 

¿Realmente habrá un momento en que todo eso dejará de existir? ¿Alguien de las futuras generaciones hará ganchillo? ¿Seguirán yendo al mercado a comprar los productos frescos o será todo 100% precocinado? De aquí a cien años, ¿alguien sentirá el placer de escribir a mano con una buena estilográfica?

Mientras me entran tentaciones de volver a escribir esto con la Olivetti de mi madre, deseo que nada se pierda para siempre. Incluso aquello que, aparentemente, ya no sirva. Nunca se sabe…