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jueves, 5 de diciembre de 2013

¡Tetas, tetas everywhere!

Sinior I es un señor amigo estupendo y me ha hecho el regalazo que toda tuitera quiere tener: UN GIFT CON EL AVATAR NAVIDEÑO. A mi casa ya han venido los Reyes Magos. a ver si se frinkaban a esta, pero este es otro tema...

A lo que iba:

¡EL CÁGUENSE EN DOS TIEMPOS!


A mi un hombre que escribe como él, que tiene el tumblururur que tiene, que hace las fotos y las fotos que hace, que es tan generoso y tan de todo, es que me puede y le tengo que querer. Hasta el infinito y beyond.

Demos por inaugurada la temporada de tetas navideñas.

¡Gracias, HAMOR!

Por si no ha quedado claro, el Tumblr de Sinior I.  

miércoles, 10 de julio de 2013

Los días

- Abuelo, ¿por qué las semanas tienen siete días?
- Eehhh... La pregunta le cogió por sorpresa.

Aunque ya estaba acostumbrado a sus “por qué” (estaba en esa edad y era capaz de aburrir a cualquiera) resultaba algo chocante para su edad preguntarse eso.

- Eehhh...pues verás, Irene -hizo tiempo para pensar la respuesta-. Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, hubo un hombre que tenía siete hijos, todos buenísimos.
- Haaala, abuelo, ¿sieeete?
- Sí,Irene, siete. -dijo sonriendo-. Era un hombre trabajador y se esforzaba mucho para que a su familia nunca le faltase de nada. Trabajaba de cualquier cosa que pudiera proporcionarle algo de dinero...
- ¿Tú trabajabas mucho, verdad abuelo?
- Sí, mi niña, pero no como él. Te decía que trabajaba en cualquier sitio y, aunque no podía pasar todo el tiempo que quería con su familia, cuando llegaba a casa intentaba compensárselo de cualquier manera...
- Sí, abuelo, pero los días.
- Ya va, ya va, no seas impaciente. Sus siete hijos crecieron y uno a uno se fueron marchando de casa, dejando solos al hombre y a su mujer, que fueron envejeciendo poco a poco, juntos y felices aún. Cuando eran muy mayores ya, el pobre hombre se puso muy enfermo, mucho, tanto que su mujer pensaba que se iba a quedar sin él...
- ¿Cómo abuela, que se fue?

Le cogió desprevenido. Aún lloraba a solas en su habitación acordándose de su mujer, a la que tanto echaba de menos todavía, seis meses después.

- Sí, como abuela -intentó no llorar.
- Ah... Sigue, abuelo.
- Te decía que el hombre se puso muy enfermo, estuvo mucho tiempo en cama y los médicos no eran capaces de averiguar qué le sucedía. Cada día que pasaba estaba más tiempo dormido y ya casi no era capaz de hablar con nadie. Uno de esos días tuvo un sueño, en el que se vio a sí mismo caminando por un sendero que parecía perderse en la oscuridad. Un poco más adelante le esperaba una mujer que le acompañó hacia la oscuridad. “Espero que te despidieras de tu familia. No volverás a verlos más”, le dijo ella. “Pero eso no es posible, todavía no”, se quejó él. “Es lo que toca. No puede ser de otra forma”. ”No, no, tiene que haber algo que pueda hacer, no me puede pasar eso” dijo el hombre, llorando. “No lo hay”. “Te lo ruego, déjame todavía un poco más con ellos”. “Está bien”, aceptó la mujer, pensando. “Te dejaré un tiempo con ellos, pero, a cambio, serás incapaz de recordar tu vida anterior”. Él dejó de andar. “¿Cómo” preguntó. ”Olvidarás que tienes hijos, sólo recordarás a tu mujer, pero nada de lo que hayas vivido antes”. ”No, no...déjame al menos que recuerde sus nombres...”. La mujer vaciló. “Está bien, pero sólo uno cada día. Al ponerse el sol, mirarás al cielo y, durante unos instantes, recordarás el nombre de uno de tus hijos. Sólo uno cada vez. Y al día siguiente ya lo habrás olvidado. Así durante algún tiempo. Transcurrido ese tiempo volveré a buscarte”.

El hombre iba a hablar cuando se dio cuenta que estaba despierto. Los médicos le preguntaban algo, pero, en su aturdimiento, no era capaz de hablar. Intentaba recordar dónde estaba, pero no lo conseguía. Tampoco reconocía varias caras detrás de los médicos, expectantes, al lado de su mujer. Acertó a oír “pérdida gradual de memoria”, pero no sabía a qué se referían. Sólo sentía una necesidad acuciante de levantarse y ver la puesta de sol, a punto de llegar éste al horizonte. Sacudiéndose como pudo los brazos de los que le sujetaban, llegó a la ventana y miró afuera. Y, por un momento, una sonrisa asomó a su cara, cuando, un instante nada más, recordó una cara y un nombre. Y esa es la razón por la que... 

En ese momento descubrió que estaba solo. Su nieta se había marchado y su voz llegaba clara desde el salón, jugando con su hermana mayor y riendo como una loca. Y no pudo evitar echar una mirada fugaz a la ventana entreabierta y darse cuenta de que estaba atardeciendo. Y, también él con una sonrisa, recordó una cara. Y un nombre.




Isi H.

jueves, 14 de marzo de 2013

Juntos



Era joven y no tenía prejuicios. Sobre nada. 

Le quería y no le importaba demostrarlo, no le importaban sus amigas y no le importaba “el qué dirán”, ni estaba pendiente de si les observaban. 

Rompió con todo y no miró atrás. No esperaba que nadie le intentara convencer de que no lo hiciese y siguió su camino. Junto a él. 

Han pasado muchos años y todavía siguen unidos. A pesar de las dificultades, o quizá gracias a ellas, siguen queriéndose como el primer día. Sin nadie que les diga cómo hacerlo. 

Y todavía un escalofrío recorre su cuello cuando, a solas, piensa en su vida pasada, en sus abrazos, en su voz. En su vida futura. 

Juntos.


Isi H.