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martes, 23 de mayo de 2017

El mes

Mi abuela era una señora a la antigua, de esas que iban a cobrar la paga en metálico, hacía montoncitos para los gastos e iba gestionando el resto.

Como muchas señoras de pueblo de su generación, no se creía mucho lo de invertir y lo de la bolsa. Era muy de tocar el dinero para asegurarse de que lo tenía y no estaba muy por la labor de meterlo bajo el colchón, que se hacían pelusas, así que compraba oro.

Yo creo que aquí tuvo que ver, aparte de lo de las pelusas, que una amiga suya de cuando era pequeña vendía joyas, pero a la antigua. Era una señora sonriente y divertida, que iba por las casas con su muestrario de joyas. El día que iba a cobrar el mes, abría el muestrario lustroso delante de las tres o cuatro vecinas de confianza y cobraba y vendía a plazos. Luego pasaba todos los meses a cobrar, se tomaba un café, charraban un rato, y hasta el mes siguiente.

Y así compró mi abuela las joyas de la boda de mi madre y mi tía, los aderezos de nacimiento de sus nietas, pulseras, collares, pendientes, gemelos... y todo iba muy bien. Estaban todas muy contentas y llenas de oro.

Un día, la vendedora de joyas apareció con su hija. Se iba a jubilar y dejaba a su hija en herencia su negocio. Y, a partir de entonces, esa otra señora sonriente y divertida pasó a cobrar el mes. Llegaba, abría el muestrario de joyas, cobraba y vendía, se tomaba un café, charraban un rato, y hasta el mes siguiente.

Pasado un tiempo, esta señora dijo que se retiraba, cobró lo que se le debía por el barrio y desapareció.

Y empezaron los rumores. Todo el mundo hablaba fatal de ella en el barrio, aunque nadie decía por qué. Ahora sé que era por vergüenza.

En esto estamos que la entonces novia de mi hermano empezó a trabajar en una tienda de esas de compra-venta de oro y, por estas cosas de la curiosidad humana, se llevó una cruz de oro blanco que mi abuela le regaló. Mi abuela ya se había muerto, le daba tristor llevarla y quería guardarla.

Presunto oro blanco. Era chapa de algo.

La familia se lo tomó muy a mal, claro, y empezaron a llevar las sortijas y pulseras a valorar.

Todo lo que la hija de la vendedora de joyas había vendido a mi abuela a precio de oro era falso.

Poco pudimos hacer, más que intentar poner una denuncia que, claro, nunca prosperó. Mi abuela había muerto, no había recibos, ni señora, ni nada.

Yo deseé la peor muerte entre terribles dolores a esta persona y a su estirpe, cada vez más sangrienta y de sufrir, a medida que iba enterándome de la estela de mierda que dejó en el barrio.

¿Cómo se puede ser tan ruin y tan hija de la gran puta?

Un día, mi tía dejó muy claro lo que todos pensábamos: ojalá tenga que gastárselo todo en médicos y medicinas, y se muera pobre y sola como una rata.

Y ahí se quedó la cosa.

Hasta hoy.

Hoy nos hemos enterado de que esta grandísima perra del mal ha tenido que gastárselo todo en médicos y medicinas y que, aún así, se ha muerto, y en una casa de alquiler porque la suya se la quitó el banco.

Y, mira, sin pensar siquiera en los millones de cosas que podrían explicar por qué se dedicó a timar a jubilados que aún confiaban en lo del oro, me he alegrado.

Porque la justicia universal, a veces, funciona.

lunes, 13 de marzo de 2017

Que igual...

Igual soy idiota pero me tranquiliza mucho cuando leo algo escrito por otra persona que me ayuda a explicar cómo me siento. Que es curioso que para opinar no me haga falta nadie más, y para explicar cómo me siento sí, pero es lo que hay.

Cuando otra persona escribe lo que yo tengo en la cabeza pero no sé explicar, o igual ni siquiera he identificado hasta que lo leo me siento menos sola, menos loca, menos diferente. Y es fenomenal.

Porque hay otras personas que se sienten así, exactamente como yo, y que han sido capaces de escribirlo tan bien, tan sencillamente, pero tan bien, que hace que me sienta aliviada. Reconfortada. Acompañada. No sé, pon todas las adas que quieras. 

Supongo que eso fue una de las claves del éxito de los blogs o, al menos, fue una de las cosas que hizo que yo me enganchara a los blogs: ahí afuera había personas que hacían que no me sintiera un bicho raro, que también se preguntaban cosas que yo nunca había escuchado en voz alta a mi alrededor, que describían cosas parecidas a las mías, que yo nunca había hablado con nadie. 

Ya no es lo mismo, lo sé. Los blogses personales parecen estar heridos de muerte, y los sentimientos de otras personas queda diluida homeopáticamente entre la maraña de contenidos insulsos y virales, pero la internec es muy grande y aún, de vez en cuando, aparecen cosas de esas escritas por otra persona que me ayudan a entender o a explicar. Y siguen haciendo que me sienta mejor. 

Ahora que lo pienso, no me he planteado si soy la única que se siente así de acompañada con esta tontería, sospecho que porque sé que no, que seguro que hay muchas personas a las que nos pasa. Qué fuerte, ¿no?

Me da igual. Me pone contenta. No estoy loca. No me pasa sólo a mí. No son imaginaciones mías. No soy la única.

No pasa nada, no soy yo y lo estoy haciendo bien.

viernes, 17 de febrero de 2017

En la primera cita

 ...
-  y que sólo un idiota puede no disfrutar de la naturaleza.
- ¿Me estás llamando idiota, en la primera cita?
- No... a ver, mujer, quiero decir... que no sabes lo que te pierdes si te niegas a estar en contacto con la naturaleza...
- ¿Me estás diciendo que no he ido al monte y por eso no sé lo que me pierdo en la primera cita?
- No, A VER, no me malinterpretes... Es que no me lo puedo creer. A todo el mundo le gusta la naturaleza. ¡Joder, la gente normal paga por hacer cosas en la naturaleza!
- ¿Me estás diciendo que no soy normal, en la primera cita?
- ¡Que no! Sólo digo que por no querer ir al monte te pierdes uno de los grandes placeres de la vida.
- ¿Me estas diciendo que no sé lo que me da placer, en la primera cita? Porque yo sé perfectamente las cosas que son para mí grandes placeres de la vida, y te aseguro que andar por el monte no es una de ellas.

No acabo de entender por qué no funcionan mis citas, la verdad.

martes, 31 de enero de 2017

Pavlov

Ayer se me cayó el cuadro de Wonder Woman. El cristal se rompió en mil pedazos y mientras los recogía pensé, mecánicamente, que te hubiera gustado saber que se había roto, porque odiabas ese cuadro.

Me acordé de ti sin querer. Fue un momento. Fue suficiente.  

Para cuando quise reaccionar ya te habías asomado a mi cabeza. Y te quedaste. OTRA VEZ.

Me di cuenta de que pensé en ti al hacer la cama, porque ya no estaban tus almohadas. Fue de lo primero que me quité de encima para dejar de abrazarte en sueños.

Sacudí la cabeza, literalmente, y me forcé a pensar en otra cosa.

Pero luego pensé en ti al abrir el armario y no ver tus chaquetas.

Hace unos meses me harté de verlas colgadas entre las mías. Fui escondiéndolas, dejándolas debajo de otras cosas, hasta que desparecieron entre vestidos y gabardinas. No tengo claro por qué las guardaba, pero ahí estaban. Hasta que dejaron de estar y se quedó el hueco. Durante un tiempo sólo vi el hueco. Hasta que desapareció. Como tú.

Pero ahora habías vuelto. A mi cabeza, al menos.

Sacudí otra vez un poco. 

¡QUITA BICHO, QUITA!

Sacudí un poco más.

Empecé a tener dolor de cabeza.

Y volví a pensar en ti.

Porque hacía tiempo que no me dolía nada por ti, qué cosas.

Y quise volver a olvidarte pero de repente todo se había llenado de ti, con lo que me ha costado desaparecerte.

Estabas por todas partes. OTRA VEZ.

O no estabas, no sé...

Abatida, me senté en la cama, como en las películas.

Mira, déjate llevar, me dije. Piensa en él todo lo que necesites, acábatelo, tó enterito, piensa en él, ponte triste, ponte contenta, ponte lo que quieras. Parece que ha venido para quedarse un rato, así que déjate llevY ME ENFADÉ.

Sentada en la cama, como en las películas, me enfadé conmigo. Porque estaba ahí, OTRA VEZ, en el mismo sitio donde había estado tantas veces. Y todo porque se me había roto un cuadro. 

Salí a comprar un nuevo marco, decidida a desaparecerte de nuevo.




jueves, 8 de diciembre de 2016

Culpar

Es muy fácil culpar a los padres de las taritas. Es muy fácil mirar hacia atrás, recordar lo peor de nuestra infancia y darnos cuenta de que todo, TODO, empezó allí. Y que, en ese allí, estaban los paaapas, responsables de nuestro bienestar, nuestra educación, jardineros de lo que íbamos a ser después. De lo que somos ahora.

Es muy fácil echar la culpa de nuestras mierdas de mayor a aquello que pasamos de pequeños.  

No soy psiquiatra ni psicóloga ni nada, no voy a ponerlo en duda, claro. Es más, a medida que profundizo en cosas de terapia y mierdas de esas se reafirma esta sensación tan fuerte de que sí, de que todo empezó allí.

Sin embargo, me resisto a culpar

Porque pienso que ellos (casi todos, vaya, que excepciones hay pa tó) lo hicieron lo mejor que pudieron y supieron. Que muchos no supieron adaptarse a la ruptura que supuso la adolescencia de nuestra generación, tan diferente, tan lejana, tan ajena a la suya.

Me pregunto a menudo que les pasó a ellos, cómo vivieron su infancia, para que hicieran que la mía, que las nuestras, fuera como fue. Que no fue terrible todo el tiempo, pero sí fue difícil. Una batalla constante. Una guerra sin cuartel. Un reto constante a la autoridad paterna, que se rebelaba a aceptar que una mocosa le llevara la contraria. Que todavía se rebela, y aún sigue sin entender por qué.

Me lo pregunto y me da miedo responderme, porque estoy aprendiendo que la arqueología emocional me supera. Si ya es difícil lidiar con mis miedos, mis traumas, mis tropezones, mis fracasos, me siento incapaz de enfrentarme a los de aquellos que estuvieron allí cuando se estaban gestando y no supieron cómo enseñarme(nos) a ser de otra manera.

Y también tengo la esperanza de que para nosotros, para nuestra generación, criar y educar a los niños es una experiencia muy diferente. Somos conscientes de que hay muchas opciones y que podemos elegir, que no tenemos que repetir con los niños, inexorablamente, el modelo educativo que siguieron con nosotros.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La amiga Rita

Se muere Rita Barberá y lo primero que me viene a la cabeza es mi abuela.

Hubiera querido que la lleváramos al cementerio, incluso aunque no supiera dónde estaba enterrada. Cualquier cementerio le venía bien. Hubiera rezado, con lágrimas en los ojos, por el alma de aquella a la que consideraba una gran persona. Una amiga, casi.

En casa de mi abuela había más fotos de Rita que de sus nietos. Sólo tenía dos fotos de cada uno de nosotros, porque no quería que pensáramos que tenía un favorito (y lo tenía, y todos lo sabíamos, y nos parecía bien), pero tenía una docena de fotos de Rita, con Rita.

La entonces alcaldesa invencible iba cada año al centro de mayores de barrio en el que mi abuela hacía manualidades con otras personas mayores. Se sentaba con ellos, se reía con ellos, les contaba historias y alababa sus trabajos. Hasta parecía que les recordaba de un año para otro. Los abuelos estaban encantados. Rita era su amiga y se lo podían contar a todo aquel que quisiera escucharles.

Le decían guapa, le regalaban sus servilletas pintadas o sus cajitas decoradas, y ella se reía, encantada, a carcajadas, con esa risa que parecía de verdad y se contagiaba. Una casi se la creía. Una casi se imaginaba aquellas salitas de abuelo con fotos de la amiga Rita encima de telecinco.

En los últimos meses he visto a una Rita muy alejada de aquella que conocí en sus mejores momentos. Y he pensado en mi abuela todas las veces. En las fotos, en aquella risa, en Valencia, en cómo cautivaba a la gente que tenía que votar, en su despotismo, su mala educación, su soberbia, en los taitantos años que hemos sufrido todos a esa mujer imparable...

Abuela, si me oyes, Rita no era tu amiga. No te merecía. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El terremoto

Hoy, mientras caminaba por un pasillo lleno de jóvenes, me han temblado las piernas y he notado cómo se me nublaba un poco la vista. Eh, que me caigo redonda, cagondiós, he pensado.

Mi vida ha pasado por mi mente como en un TL de Instagram. Brevemente, porque todo el mundo ha empezado a vocear y me han sacado del enmimismamiento.

- ¡Tía, tía! ¿Lo has notado? ¿Tía, has notado el terremoto, tía?
- ¡Jo, tía, sí!
- ¡Tía, cómo va a ser un terremoto en Valencia!
- ¡Tía, puede haber terremotos en todas partes, que todas partes son la Tierra, tía!

En un pis pas los jóvenes ya estaban dando saltitos y moviendo mucho las manitas en grupitos de siete u ocho personas en medio del pasillo que, como todo el mundo que sabe que cuando hay un terremoto hay que guarecerse bajo los dinteles de la puerta, es justo lo que no hay que hacer.

Debo haberme quedado ahí plantada con cara de susto porque se me ha acercado una de las jóvenas y me ha preguntado ¡Gordi, tía! ¿Estás bien, tía? ¿has notado el terremoto, tía, tía?

Supongo que he sonreído y asentido, igual a la vez, que soy mujer y capaz de hacer dos cosas a la trump, pero no recuerdo qué he hecho exactamente.

Y no me acuerdo porque tenía la mente concentrada en lo que me ha parecido más gracioso del asunto: mientras la juventú estaba emocionada por si era un terremoto, yo sólo sentía un alivio inconmensurable por haberme equivocado en mi primer pronóstico:

- ¡Joder! ¿Me va a dar un chungo de tensión y voy a diñarla justo AQUÍ Y AHORA?

Esto va a ser la tercera edad en todo su esplendor, ya lo digo.



NOTA: No ha sido un terremoto. Unas obras justo al lado. Me han estado temblando las piernas toda la tarde por una puta obra.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Sé fiel a ti misma

Estos días he aprendido una cosa que, estoy segura, me va a venir bien ya pa siempre: hay personas con las que sólo existe la posibilidad de adaptarse o huir. Da igual lo que digan o cómo lo digan, da igual lo abiertas o disponibles que se muestren, da igual todo. Adáptate o huye.

Y, mira, yo, como estoy en modo super zen que me la suda el coño y no voy a discutir con nadie, me he adaptado. No sé cómo, no sé de dónde ha salido esa plastilinidad rara que me ha poseído pero, sí, amiguis, me he adaptado como una garrapata a un cuello de perro callejero.

Cierto es que al principio me resistí un poco. Mi virguez natural se rebelaba ante el despropósito que tenía delante. Discutí. Pero muy poco, si tenemos en cuenta todo lo que tenía ganas de decir.

Es como si, al ver el muro indestructible que tenía ante mí, recordara de repente todas las veces que me había dado de hostias contra muros parecidos, el sufrimiento, el estrés, el dolor... Es como si recordar otros muro me hubiera quitado las ganas de destruirlo, treparlo o burlar a los vigías.

Simplemente, me he adaptado. Me ha costado menos cambiar que luchar contra otros. Nada de mierdas del tipo mantente fiel a ti misma, qué va. O, bueno, va, si ser fiel a mí misma significa tomar las decisiones que me desgasten menos en cualquier aspecto, vale, seré fiel a mí misma.

Y esta nueva fidelidad a mi mismidad me tiene loca porque no me reconozco, eh, me tiene loca.

martes, 18 de octubre de 2016

Justicia

Este texto circula por Tuiter. 

Al leerlo no he podido evitar pensar en algo a lo que doy vueltas a menudo: la ley de la justicia universal y lo del merecer

Más allá de que el texto sea, realmente, de algún eterno olvidado de OT1, que da igual, es fácil ponerse en esa piel. A mí, al menos, me resulta fácil. ¿Por qué él, y no yo? Si empezamos en igualdad de condiciones... ¿O por qué él, quince años después, está podrido de éxito, de dinero, experiencias... y yo no? Y, lo que es más importante, ¿quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?

Pues no sé, chico. La vida.

Al final, resulta que hay personas que gustan más y personas que gustan menos. Algunos tienen un talento excepcional y se encuentran por el camino con quién puede, sabe y quiere explotarlo, otros no se encuentran con nadie, o se encuentran con personas que no saben qué hacer con ese talento o, simplemente, creen que son super talentosos pero no, son reguleros y no llegan a ningún sitio. Da igual si creen que merecían más y que han sido tratados injustamente, da igual que se quejen amargamente, que dejen de ajuntar al mundo. La cantidad de cosas que merecemos de verdad es muy limitadita y el éxito no creo que sea una de ellas.

No es una cuestión de justicia. La justicia no es eso. La justicia es el principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece (RAE dixit). Y a uno no le corresponden las mismas oportunidades de ser una estrella que a los demás. A uno no le pertenecen, per se, las mismas oportunidades que a los demás, sobre todo cuando quien da esas oportunidades es una empresa privada que vela por sus propios intereses.

La justicia no tiene nada que ver con conseguir lo que uno quiere, llamemos a las cosas por su nombre. Que uno se esfuerce mucho y no consiga sus objetivos no es justo o injusto. Es frustrante, pero no injusto. Como tampoco lo es que otro que no pegue ni chapa o se esfuerce mucho menos dé en el calvo y tenga éxito en lo que se proponga. Eso es cuestión de suerte pero ¿justo? ¿Injusto? Ni de lejos.

Al final, si quieres algo, haces todo lo que crees que tienes que hacer y no lo consigues, haz otras cosas. Puede que tampoco lo consigas, nadie te garantiza nada, pero es que, cari, la cosa de la justicia es así, equívoca.

Que se confunde mucho lo de la justicia con las merinas y, mira, nos equivocamos, eh, nos equivocamos. 

lunes, 10 de octubre de 2016

Hay gente que no piensa

Me sigue sorprendiendo que las personas no piensen. Porque hay personas que no piensan. En serio.

Igual creen que sí, pero no. O piensan mal. Quiero decir... es como si no se hicieran las preguntas adecuadas, y se respondieran a sí mismas con lo primero que les pasa por la cabeza, sin cuestionárselo, dando por hecho que es lo que vale.

Hoy he hablado con una chica que ha estudiado un máster de gestión de personal y recursos humanos porque quiere dejar de ser la que hace las nóminas, que está cansada, dice, estancada, que piensa que no va a salir nunca de la pura y simple gestión de nóminas, altas y bajas de la Seguridad Social y esas cosas. Y ha hecho el máster porque es ambiciosa y quiere mejorar su carrera laboral. Hasta ahí, vale.

Lo que pasa es que lo único que se le ha ocurrido para mejorar ha sido poner en lo más alto de su currículum que tiene un máster en gestión de personal y recursos humanos. Porque ha pensado que es lo mejor.

No conoce ni una empresa de recursos humanos. Creo que ni siquiera sabe qué hacen, porque no se lo han explicado (sic) en su máster. Nunca se le ha ocurrido meterse en Internet para ver qué hacen las personas que buscan trabajo en eso que ella quiere hacer. Nunca ha enviado su curriculum a ninguna oferta que no sea de asesora laboral. Se inscribe en todas las ofertas de asesora laboral que encuentra en Infojobs y similares y está muy frustrada porque sólo recibe ofertas de asesora laboral. Y lo peor es que empieza a pensar (pensar) que el máster no le ha servido para nada más que para gastarse el dinero. Okei.

La verdad es que no parece que hayas pensado mucho en qué hacer después de tu máster, ¿no? ¿Por qué lo has hecho?, le he preguntado.

Para mejorar.

Una y otra vez, y de ahí no salía.

Tengo paciencia infinita pero también tenía mucho trabajo y me estaba cargando.

Mucho.

Sé que ella se ha dado cuenta pero, como no piensa, le ha dado igual, quizás porque se puede que se estuviera percatando de que igual ella no, pero yo sí podía hacerle las preguntas que necesitaba responderse.

Sí, pero, ¿qué? ¿El curriculum? ¿Crees que poniendo en lo alto que tienes un máster van a seguirte hordas de reclutadores que verán en ti una gestora de recursos humanos excepcional y te lloverán las ofertas?

No se me ocurre que más hacer.

Empezaba a enfadarme y cada vez era más dura con ella. Pero no se ha dado por aludida, o le ha dado igual. O yo que sé, pero no me dejaba en paz.

Pero, vamos a ver, ¿por qué has estudiado ese máster? 

Porque yo quiero mejorar en mi trabajo.

Sí, pero, ¿en qué? ¿Para qué? ¿Qué vas a hacer para conseguirlo?

No lo sé, no lo he pensado.

O sea, ¿no se te ha ocurrido que igual si piensas un poco en lo que tienes que hacer para mejorar, en lugar de pensar simplemente en eso que quieres conseguir, aunque no tengas ni puta idea de lo que significa, puede que se te ocurran otra cosas, aparte de quejarte y darme la brasa?

Hasta ahora que hablo contigo, no.

Se ha acabado la charla, ponte a pensar.

Me he dado un asco que lo flipas.

miércoles, 27 de julio de 2016

Con lo guapa que eres...

He leído la carta a la chica del bañador verde, claro. 

Si pudiera volver al pasado probablemente me diría algunas de esas cosas a la orejita, sí. Seguramente susurraría por las noches al oído de mi yo niña, adolescente, joven, a mi yo de ayer, coñe, todo eso de que la belleza está en el interior, que quien me quisiera de verdad no iba a preocuparse ni un poquito del envoltorio, que merecía todo el amor del mundo por ser cómo era, en toda mi mismidad, la de fuera y la de dentro.

Le diría a mi yo pequeño muchas cosas.

Pero. ya que estaba allí, también diría algunas otras cosas. 

Dejaría de preguntar entre lágrimas a mis mayores por qué estaba siempre a dieta para preguntar porqué es tan horrible estar gorda, por qué tengo que vivir castigada, a base de judías verdes, cómo es posible que sea por mi bien tener que vivir siempre en la privación. Por mi bien. 

Preguntaría por qué tengo que estirarme el jersey por detrás, por qué es tan horrible que lleve pantalón corto en verano, por qué no puedo llevar bikini, si es lo que me apetece, o por qué está feo que lleve tirantes. 

Preguntaría por qué son modelos a seguir otras personas que han conseguido adelgazar con mucho esfuerzo, por qué dicen que fulanita está guapísima desde que ha adelgazado si no es cierto, por qué es tan importante que esté más gorda que sotanita.

Y pediría que dejaran de presionarme, que prefiero la crueldad inconsciente de los niños, porque con eso sé lidiar perfectamente, que la presión bienintencionada e inmisericorde de los adultos, porque con eso no sé qué hacer y va a perseguirme toda la vida.

Pero sobre todo, SOBRE TODO, pediría que acabaran de una vez la frase que más he escuchado en mi puta vida, porque me muero de la curiosidad:

Con lo guapa que soy, si no estuviera tan gorda,... ¡¡¡¿¿¿QUÉ, JODER, QUÉ COÑO HUBIERA PASADO???!!!

lunes, 25 de julio de 2016

Hay hombres que

Hay hombres normales y luego están los que creen que su mierda no huele y por eso son mejores que los demás, que todos los demás.

Van por la vida con un mohín de desprecio continuo, saltándose a la torera las normas que exigen a los demás, imponiendo su santa voluntad porque creen que pueden. Bueno, no, porque pueden, porque se les deja.

Son hombres que, encumbrados por fama, dinero, poder o lo que sea que les encumbre, pierden el oremus y exudan un halo de superioridad malsana, maltratando a quien se cruce en su camino because they worth it. Se acostumbran a las alturas y necesitan tener a otras personas bajo sus pies, y que ellas sepan que lo están, a sus pies.

Estos hombres están tan acostumbrados a ser mimados hasta el esperpento en sus respectivos entornos, que necesitan respeto y admiración para sobrevivir, porque saben que sin ellos sólo son simples mortales, como todos los demás. Y ellos no son ni simples ni mortales, son mucho más.

Son hombres de un hambre de adulación insaciable, inconmensurable, con un ego universal que se lo merece todo, todito, todo, y que son capaces de cualquier cosa para seguir alimentando a la bestia. 

Son hombres que saben que tienen que llamar la atención de los demás a toda costa para mantener el estatus que necesitan, que nunca tienen bastante y siempre piden más y mejor, y que acaban siendo ridículos, auténticas mamarrachas que van por la vida exigiendo ser tratados como los dioses que creen que son.

Son hombres tan pagados de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta de que acaban siendo una caricatura barata de lo que les gustaría ser.

martes, 19 de julio de 2016

Sobre el romanticismo

romanticismo
De romántico e -ismo. Escr. con may. inicial en aceps. 1 y 3. 
1. m. Movimiento cultural que se desarrolla en Europa desde fines del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX y que, en oposición al Neoclasicismo, exalta la libertad creativa, la fantasía y los sentimientos. 
2. m. Modo de expresión artística y literaria que responde a los planteamientos del Romanticismo. 
3. m. Época en que prevaleció el Romanticismo. 
4. m. Sentimentalidad excesiva. 
5. m. Cualidad de romántico. Atraía a las mujeres por su valentía y por su romanticismo.

Quedémonos con la acepción 4 de la RAE. Sentimentalidad excesiva.

Dice la RAE, también, que la sentimentalidad es la cualidad de sentimental, que alberga, suscita o es propenso a sentimientos tiernos (afectuosos, cariñosos, amables).

Mira, si a esto vamos, o todo o nada. 

Llámame pragmática, si quieres. Descastá, fría, lo que tú quieras, pero a mí el romanticismo al uso... como que no.

Yo quiero romanticismo en todas mis relaciones, en todas, no sólo en las de pareja o con derecho a roce. Quiero sentimientos afectuosos, cariñosos, en todas mis relaciones porque, si no, no quiero esa relación.

Podría ser menos ortodoxa, claro, hablando del romanticismo como ese almibaramiento de las relaciones de pareja, que parece significar que uno hace cosas un poco cursis para demostrar el amor a la otra persona. Igual es que me he vuelto demasiado escéptica, demasiado dura, demasiado exigente o demasiado imbécil, pero no. Si me refiriera a ese romanticismo diría que está sobrevalorado porque, llámame loca, pero para mí no es imprescindible. A mí me demuestras que me quieres o no de normal, no con almibaramientos que van a hacer que me pregunte qué habrás hecho, o qué he hecho, para merecer eso.

Podría decir que el romanticismo es necesario en una relación, que hacer cosas bonitas sin razón aparente para recordar al otro que se le quiere es la chispa de la vida. Pero, mira, no, a mí me tratas bien de normal y hacemos cosas bonitas juntos porque sí, porque si te quiero y sé que me quieres no necesito recordar, porque no se me olvida.

A mí, lo que llamamos romanticismo me parece una forma cursi de excusar las excusas. 

martes, 12 de julio de 2016

Desaprobación

Hace pocos años me rendí a la evidencia: el bañador no evitaba que se notara que estoy gorda así que oye, que me pongo bikini.

Desaprobación, eso es lo que vi en la cara de mis padres cuando salí del baño con mi bikini. Igual podía haber visto más cosas si hubiera esperado un poco, pero tuve suficiente.

A partir de entonces, pareos, vestiditos playeros, falditas... mi madre no sabía qué hacer para que me tapara las carnes. Supongo que de manera inconsciente, para no provocar malestares, ahí andaba yo con pareos, vestiditos playeros y falditas sobre el bikini mojado. Como si no se notara que estoy gorda.

Al principio sólo me ponía bikini si iba a la playa sola, sin que nadie me conociera. Luego empecé a plantármelo también en la piscina de la urbanización. Y, poco a poco, sin darme cuenta, dejé de pensar en el bañador, dejé de llevarlo por si acaso, de comprar, siquiera. Abrir la puerta al bikini fue como abrir la puerta al #melasudismo contenido: era como si, a medida que me iba a costumbrando a la poca tela del bikini el encorsetamiento del bañador se me hiciera bola.

Y el #melasudismo apareció en todo su esplendor en forma de excusa práctica. 

Un día, mientras estábamos en la piscina, mi sobrino me pidió ir un ratito a la playa, a escasos cinco minutos. En contra  de mis principios, mi vergüenza, mi pudor, en contra de mi todo, salimos de la piscina y, tal cual íbamos, con bikini, gafas de bucear y chanclas, nos fuimos a la playa.

Y no pasó nada, claro, Sólo era una mujer de mediana edad más en bikini con un niño de la mano, por el paseo de la playa. Como tantas otras. Y así ha sido desde entonces.

Este fin de semana hicimos ese mismo camino y pasamos por casa de unos amigos, para que los niños jugaran un rato. En el complejo de enfrente.

Durante los diez escasos minutos de conversación con la madre de una de ellos tuve que escuchar:
- ¿Has venido así?
- Tápate con la toalla, no vayas a enfriarte.
- ¿Vas a irte así?
- Tápate, que vas a enfriarte.
- ¿No has traído nada más?
- ¿No te pones la toalla?
- Calla, que te saco un pareo y luego me lo traes.

A su lado, las caras de desaprobación de mis padres me parecieron una tontería indigna de mencionarse.

viernes, 24 de junio de 2016

Flotar en el mar

Abro los ojos y veo el cielo. 

Diría que no hay nubes, al menos no veo ninguna desde aquí.

Desde aquí es desde donde estoy ahora, quizás dentro de unos minutos esté más allá, y allá sí haya nubes. Aquí no hay. No, espera, a ver... falsa alarma... creo...

Cierro los ojos. No me interesa saberlo.

El caso es que aquí el agua está un poco fría, pero sólo un poco, lo suficiente como para notar el contraste cuando las olas se mezclan con el calor del sol.

Con los ojos cerrados me concentro en el sonido del mar. No hay otro sonido igual. O es porque permite que se escuche latir el corazón como en ningún otro sitio. A veces pienso que sólo en el mar puede una estar segura de que está viva de verdad. Luego pienso en lo del bistec y se me pasa. 

No tengo claro por qué he empezado a pensar en comida mientras floto como un peso muerto. ¿Tengo hambre? No puede ser, nunca tengo hambre en el mar. Bueno, nunca no es exacto. No como en el mar porque se moja todo y es un asco. ¿Por qué estoy pensando en comer? ¿He comido gambas o algo marino últimamente? Tendré antojo de sepia, vete a saber. O igual es porque podría ser yo la comida de... ¿seré yo el pez pequeño de algún pez más grande? 

Abro los ojos y veo el cielo.

Sigue siendo azul y aquí tampoco hay nubes.

Noto el agua fría en la nuca, jugando con el pelo. Sonrío.

Cojo aire y echo la cabeza hacia atrás, luchando por un momento contra el agua y la sal para sumergir la cabeza y escuchar el mar en todo su esplendor. 

Al volver a la superficie abro los ojos de nuevo y confirmo que aún no hay nubes. 

Y me escucho sonreír.

Flotar en el mar y escucharse es uno de los pequeños placeres de la vida.

martes, 31 de mayo de 2016

Cosas urgentes

Hace unos días, casi una semana, llevaba unos zapatos cerrados con medias. A medida que iba pasando el día subía la temperatura. Y los pies se me recocían.

A mediodía estaba desesperada. Como cuando te tira algo de la sisa. Incómoda. Muy incómoda.

Se acercaba la hora de comer, pensaba en el porrón de horas que me faltaba para llegar a casa y quitarme las medias y los zapatos e iba enfermando. Literal: me puse enferma. Y empezó a instalarse en mi cabeza un monotema: tengo salir a comprar unos zapatos de urgencia.

La antigua Gordi, la inmadura, caprichosa y despilfarradora Gordi, ni siquiera tenía que pensar en argumentos a favor de la idea. Estaban ahí, ya pensados, utilizados mil veces:
- Si son de urgencia, serán superbaratos y súperponedores, los amortizaré rápidamente.
- No tengo por qué aguantar este sufrimiento.
- LOS NECESITO.

En estas estaba cuando apareció la nueva Gordi, la inmadura, caprichosa, otrora despilfarradora y ahora reflexiva y canina Gordi, con una bolsa de argumentos también pensados, pero apenas desgastados:
- Ya tienes unos 100 pares de zapatos. No te engañes, aún tardarás mil años en amortizarlos todos. 
- Tampoco estás sufriendo tanto, puedes esperar, no seas exagerada.
- No, NO LOS NECESITAS.
- No te lo puedes permitir ahora.
- NO ES URGENTE.

No conseguía concentrarme con las dos versiones gordíferas vociferando en mi cabeza así que me lancé a buscar un paracetamol en la cajonera, porque ya veía venir la jaqueca por sotavento. 

Encontré algo mejor, al menos a primera vista: unas chanclas.

La sempiterna y precavida Gordi hizo su aparición en todo su esplendor, desplegando su poder como un manto de terciopelo rojo y armiño: en algún momento pasado pensó que estaría bien tener unas chanclas, supongo que por si se avenía una pedicura (también de urgencia, CLARO) y allí las dejó, envueltitas en la bolsa de tela blanca, esperando.

[Antigua Gordi ya no tenía argumentos y desapareció. Nueva Gordi resopló, ufana, sabedora de que había ganado la batalla sin luchar, siguiera, apuntando la victoria con una muesca más en el cinturón. Que, a ver, se puso tonta sin razón, porque las chanclas estaban ahí desde el año pasado pero, qué quieren está con la cosa del refuerzo que no caga. Precavida Gordi se fue a dar una vuelta, a ver qué guardaba para otro día.]

No pude reprimir una sonrisota de satisfacción mientras me quitaba las medias y los zapatos. Ni cuando me fui a la cocina a por agua, triunfante, victoriosa, totally goddess

Al volver me quité las sandalias, las guardé cuidadosamente y volví a calzarme las medias y los zapatos. No sé andar con chanclas con cierta dignidad.

Aguanté estoicamente el sufrimiento hasta llegar a casa y al día siguiente me puse calzado abierto.

Sé que hay una metáfora de la vida por aquí, en algún sitio, pero no acabo de verla…

viernes, 27 de mayo de 2016

Ver dormir

Ver a las personas dormir plácidamente en el tren o el autobús, despertando milagrosamente justo antes de su parada. 

Repasar tranquilamente el rostro relajado, la frente despejada, la boca entreabierta, los ojos cerrados... sabiendo que quizás ahí adentro hay una historia épica que merece ser contada pero nunca lo será. 

Observar la placidez de una cara desconocida dormida, vencida al sueño, ajena a lo que pasa a su alrededor, expuesta, vulnerable. 

Aventurar el cabeceo con cada parada, cada movimiento brusco, cada ruido inesperado, y admirarse cada vez que el instinto recoloca el cuerpo y sigue su camino en brazos de Morfeo.

Sonreír cuando esa persona despierta, aún torpe, amenas consciente de que ya no está dormida y tiene que seguir su camino, con una ligera mueca de disgusto porque, eh, acaba de despertar.

Imaginar la razón de ese sueño inmisericorde, que vence sin importar dónde ni cómo, sin vergüenza, aguantando las ganas de preguntar, sin más, por qué. 

¿Se habrá quedado despierto estudiando porque tiene un examen? ¿Tendrá un bebé que no le deja dormir y aprovecha para dormir cuando puede? ¿Habrá soñado? ¿Qué habrá soñado? ¿Habrá pasado la noche de fiesta? ¿Estará preocupado por el dinero, estará enfermo, será insomne...? 

Ver dormir a un desconocido e imaginar que pasa dentro de su cabeza es un de los pequeños placeres de la vida.

lunes, 9 de mayo de 2016

Merecedores

Es curiosa la percepción que cada uno tiene de lo que se merece.

Hay personas que piensan que como han hecho lo que tenían que hacer, como han seguido todos los pasitos para llegar a un sitio, merecen la recompensa, o, lo que es lo mismo, lo que querían conseguir cuando empezaron el camino. Como yo quiero A y para conseguirlo tengo que hacer B, cuando hago B merezco A.

Luego están los que piensan que merecen una recompensa, una cosa buena, o muy buena, o superbuenísima, porque sufren.Y sufren. Y sufren. Por mil cosas. Sufren y están cansados de sufrir y como creen que ya han sufrido bastante, pues dame lo mío y que sea bueno. Como sufro A, B y C, merezco D.

También están los que se esfuerzan hasta el límite mismo de sus posibles, los que ponen toda la carne en el asador para conseguir su objetivo, los que anteponen eso a cualquier otro deseo y, cuando creen que ya no pueden hacer más, exigen lo suyo porque se lo merecen. Como he dejado por el camino A, B y C, merezco D.

Y, bueno, no olvidemos a los sacrificados. A los que creen que hacen cosas por los demás, o para sí mismos, y que una especie de boomerang cósmico reconocerá su bondad y le soltará entre las manos, caída del cielo entre cantos de ángeles y nubes de algodón, una lámpara maravillosa con genio campeón que satisfará todos sus deseos, porque se lo merecen. Como he hecho A, y quiero B, dame B, que me lo merezco.

Y resulta que no hay nada seguro, amiguis, la ley de la compensación universal no existe.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Se puede

Estoy cambiando. A la carrera.

No es una crisis de la mediana edad. No es un futurible. No es un deseo y ya está, como que me toque la lotería, qué va.

Estoy cambiando y no es ninguna tontería, eh, que la cosa tiene su aquel. Es un querer que no sé hacia dónde va, sólo sé dónde no quiero volver a estar. Es como si hubiera quitado un atasco en algún sitio que ha dejado sitio, mucho sitio, para que todo se reordene, y para que me quede sitio para maniobrar, tranquilamente.

Que sí, que se puede, oiga. Contrariamente a lo que se dice por ahí, las personas podemos cambiar. Sobre todo si ponemos empeño y consciencia. Y voluntad. Y disciplina.Y una resistencia al fracaso y a la frustración tirando a grandotas. El proceso en sí no es supermolón ni supersatisfactorio ni mierdas de eso pero se puede. Una se muerde la lengua, cuenta hasta diez, respira hondo y se puede.

No tengo muy claro cuál va a ser el resultado, pero estoy viendo el proceso y a veces da miedo. Porque se puede cambiar, sí, por mucho que se diga que la gente no cambia. La gente, no sé, es demasiado vago, las personas, sí.

A veces me pregunto si los demás se dan cuenta del cambio, y casi siempre me respondo que no. Tengo la peregrina idea de que cuando vemos [somos vistos] de una manera durante un tiempo, es muy difícil que los demás se den cuenta de los cambios, a menos que los señalemos. Y eso no tiene gracia, claro. Señalarlos, digo.

El caso es que me da igual. Mi cambio es mío y melofo como quiero.

Y, es curioso, cuando veo como desde fuera cómo reacciono, apenas me reconozco. Soy yo, es mi cara, mi pelazo, pero es otra yo, no sé si me entienden.

Ahora la intriga es si el cambio va a hacer que alguna persona que me quiere deje de hacerlo y cómo voy a gestionar eso. Peliagudo, ¿no?

jueves, 10 de marzo de 2016

Localismos

Anda el otrora muso del valencianitismo Francisco ofuscado con el nuevo gobierno de coalición del PSOE-PSPV/Compromís/nosequé dePodemos, insultando no sólo a la vicepresidenta, sino a todos lo que hemos votado a Compromís, porque no le gusta que piense en alemán y no sé qué chorradas más. Se conoce que se le ha soltao el culo con lo de ¡qué vienen los rojos!, y pasa el día insultando democráticamente, como dios manda. Todo con mucho respeto y eso.

Y a mí me parece muy bien, porque queda todo muy claro cuando una persona como él, una persona tan medida, con una argumentación tan rica, esgrime su lógica aplastante contra quienes no han votado lo que él quería y nos llame ignorantes, ilusos, gentes de poca cultura. Me parece bien que esta persona vaya dando lecciones de cómo debe sentirse uno que quiere más, o menos, a la tierra que le vio nacer. Él sabe de lo que habla porque grabó el himno de la ciudad y eso es de querer mucho y con mucha emoción. 

Que yo me pregunto, especialmente estos días pre-falleros, si es que no andará mosqueao con esto de que el nuevo gobierno se haya quitado de encima un poquito de caspa y, juraría que sin querer, en lugar de poner setenta veces al día el Valencia de Francisco anda poniendo música en valenciano (¡EN VALENCIANO, EN VALENCIA, EN FALLAS, EL ACABÓSE!), con los consiguientes muchos menos euros por derechos que cobrará este señor de la SGAE.

Supongo que a los forasteros de tierras valensianas esta mierda de polémica se la trae al pairo. Incluso puede que contribuya a que la imagen de los valencianos, signifique lo que signifique eso, más allá de la cosa administrativa, se hunda cada vez más en la miseria, y que siga dándoles igual, lógicamente. También me parece bien, queda en anécdota de conspiranoico y, mira, es un tema.

Y aquí andamos con estas cositas, mientras el grupo popular del Ayuntamiento de la ciudad (menos uno) ha sido llamado a declarar ante un juez por blanqueo de capitales, mientras se va confirmando que había una trama criminal para financiar el Partido Popular, mientras van saliendo los miles de millones de euros que han desaparecido de las empresas públicas, controladas por el Partido Popular, mientras...

Bueno, aquí andamos entretenidos con las tonterías de Francisco porque lo demás da mucho miedo.