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martes, 23 de mayo de 2017

El mes

Mi abuela era una señora a la antigua, de esas que iban a cobrar la paga en metálico, hacía montoncitos para los gastos e iba gestionando el resto.

Como muchas señoras de pueblo de su generación, no se creía mucho lo de invertir y lo de la bolsa. Era muy de tocar el dinero para asegurarse de que lo tenía y no estaba muy por la labor de meterlo bajo el colchón, que se hacían pelusas, así que compraba oro.

Yo creo que aquí tuvo que ver, aparte de lo de las pelusas, que una amiga suya de cuando era pequeña vendía joyas, pero a la antigua. Era una señora sonriente y divertida, que iba por las casas con su muestrario de joyas. El día que iba a cobrar el mes, abría el muestrario lustroso delante de las tres o cuatro vecinas de confianza y cobraba y vendía a plazos. Luego pasaba todos los meses a cobrar, se tomaba un café, charraban un rato, y hasta el mes siguiente.

Y así compró mi abuela las joyas de la boda de mi madre y mi tía, los aderezos de nacimiento de sus nietas, pulseras, collares, pendientes, gemelos... y todo iba muy bien. Estaban todas muy contentas y llenas de oro.

Un día, la vendedora de joyas apareció con su hija. Se iba a jubilar y dejaba a su hija en herencia su negocio. Y, a partir de entonces, esa otra señora sonriente y divertida pasó a cobrar el mes. Llegaba, abría el muestrario de joyas, cobraba y vendía, se tomaba un café, charraban un rato, y hasta el mes siguiente.

Pasado un tiempo, esta señora dijo que se retiraba, cobró lo que se le debía por el barrio y desapareció.

Y empezaron los rumores. Todo el mundo hablaba fatal de ella en el barrio, aunque nadie decía por qué. Ahora sé que era por vergüenza.

En esto estamos que la entonces novia de mi hermano empezó a trabajar en una tienda de esas de compra-venta de oro y, por estas cosas de la curiosidad humana, se llevó una cruz de oro blanco que mi abuela le regaló. Mi abuela ya se había muerto, le daba tristor llevarla y quería guardarla.

Presunto oro blanco. Era chapa de algo.

La familia se lo tomó muy a mal, claro, y empezaron a llevar las sortijas y pulseras a valorar.

Todo lo que la hija de la vendedora de joyas había vendido a mi abuela a precio de oro era falso.

Poco pudimos hacer, más que intentar poner una denuncia que, claro, nunca prosperó. Mi abuela había muerto, no había recibos, ni señora, ni nada.

Yo deseé la peor muerte entre terribles dolores a esta persona y a su estirpe, cada vez más sangrienta y de sufrir, a medida que iba enterándome de la estela de mierda que dejó en el barrio.

¿Cómo se puede ser tan ruin y tan hija de la gran puta?

Un día, mi tía dejó muy claro lo que todos pensábamos: ojalá tenga que gastárselo todo en médicos y medicinas, y se muera pobre y sola como una rata.

Y ahí se quedó la cosa.

Hasta hoy.

Hoy nos hemos enterado de que esta grandísima perra del mal ha tenido que gastárselo todo en médicos y medicinas y que, aún así, se ha muerto, y en una casa de alquiler porque la suya se la quitó el banco.

Y, mira, sin pensar siquiera en los millones de cosas que podrían explicar por qué se dedicó a timar a jubilados que aún confiaban en lo del oro, me he alegrado.

Porque la justicia universal, a veces, funciona.

lunes, 8 de mayo de 2017

Del trabajo

Una de las cosas que me rondan por el celebro últimamente es en qué quiero trabajar. 

El trabajo que tengo ahora es de tránsito, claramente, y tengo que empezar a plantearme hacia dónde quiero dirigirme para ir preparando el camino.

Y no tengo ni idea.

No es la primera vez que me pasa, tengo esta misma sensación desde hace más que quince años. La novedad es que nunca he tenido esta edad, claro, y tengo esta sensación de prisa, de necesidad de no equivocarme, por si no tengo muchas oportunidades más de cambiar.

Porque, amiguis, el pasar del tiempo es especialmente jodido cuando una quiere cambiar de trabajo. Yo lo aprendí ya hace casi 10 años, cuando ya empezaron a decirme en las entrevistas de trabajo que era demasiado mayor para que una empresa se planteara contratarme.

Aunque desde esos comentarios tan de subhumanos he cambiado voluntariamente de trabajo dos veces, están siempre latentes, muy por encima de "eres demasiado mayor para jugar a la croqueta con tu hermano de 40 años". Saltan al primer plano en cuanto empiezo a pensar en qué va a ser de mi vida laboral cuando deje de trabajar donde estoy ahora. 

Y la cuestión en qué quiero trabajar deja paso a a ver en qué voy a poder trabajar.

Y sigo sin tener ni idea.

A mi edad, y sigo sin tener ni idea.

Y me da un miedo que te cagas. 



lunes, 10 de abril de 2017

Sin gafas

Me gusta quitarme las gafas cuando ando de noche por la ciudad. Parece que es Navidad durante todo el año.

Las luces, esas que no sé muy bien de dónde vienen, son más brillantes. Y las sombras, esas que no tengo muy claro qué son, también.

Jingumae

Sin gafas todo es nuevo. Desdibujado y borroso, pero nuevo.

The city Green girl walking
Y da un poco de miedo. Es difícil calcular las distancias, es difícil adivinar una sonrisa o una cara amenazante. Es un miedo hasta excitante. ¿Conozco a esa persona que parece que se acerca? ¿Será ese mi autobús? ¿Está abierta la persiana de la tienda que llevo buscando una hora? Todo es una sorpresa.

Andar de noche sin gafas es como jugar por primera vez al Call of duty. Pasan cosas a tu alrededor y no tienes claro qué es nada. Estás alerta, en tensión, pero segura, porque sólo es un juego, y puedes parar, volver a ponerte las gafas, y seguir andando.

The nigut 168 lights
Me gusta quitarme las gafas por la noche, verlo todo brillante, tener miedo un rato y volver a ponerme las gafas para sentirme segura de nuevo.

Todas las imágenes, y hay más, son de aquí.

lunes, 20 de marzo de 2017

Solos

Cuando un señor me entra en cualquier de las redes sociales de quedar, lo primero que pregunto es si tiene pareja. Algunos contestan que sí, sin problemas. Otros que no, y luego que sí., o que es complicado. 

Muchos se sorprenden por la pregunta, e incluso intentan convencerme de que no es importante, que no va a suponer ningún problema. 

Bueno, no sé, igual no supone ningún problema para ellos, pero tengo la suficiente experiencia en el tema como para saber que para mí acabará siéndolo y que, a veces, para sus parejas también. Que no es que me importen parejas de otros a quienes no conozco, es que siempre, siempre, acaba golpeándome la mierda.

Sin embargo, no son estos los que más me sorprenden. No sé si lo entiendo como toca, pero no me sorprende que personas con pareja busquen líos alternativos para espolvorearse. Novedad, aburrimiento, lujuria pura y dura... que somos humanos, que un espolvoreamiento sorpresivo le mola casi a cualquiera. Hasta puedo llegar a comprender que alguien emparejado se enrede que otra persona y no sepa o no quiera acabar con ninguna de las dos, o que le satisfaga más mantener a las dos.

Los que más me sorprenden son los que acaban reconociendo que están buscando hablar, comunicarse con otras personas, desconectar. Algunos incluso reconocen que no tienen especial interés en quedar, follar o lo que sea, simplemente quieren hablar con otra persona porque se sienten solos. Tócate los cojones, mariloli.

No soy tan ingenua como para pensar que uno no puede sentirse solo cuando está acompañado. Hay millones de razones por las que alguien puede necesitar comunicarse con otra persona y no con su pareja. 

Lo que no consigo entender es por qué, cuando a uno le pasa eso, no llama a un amigo o amiga, o se relaciona con su entorno, se desahoga, desconecta, y se dedica a contar su vida a una desconocida en una red social para ligar. No entiendo que sea un comportamiento estructural.

Porque para llegar a eso, a buscar desconocidas a las que contar tu vida, pasando de tu pareja, hay que dedicar un tiempo. Hay que crear un perfil y seleccionar fotos que, por lo que sea, te llaman la atención. Hay que tener ganas de ignorar a tu pareja, aunque sea un rato, y dedicar ese tiempo a intentar crear cierta complicidad con una desconocida. Hay que querer contar tu vida a una cualquiera para, sospecho, no estar con tu pareja, ni hablar con tus amigos. ¿Cómo es posible que alguien se encuentre tan solo y sólo se le ocurra meterse en una red de ligar?

No lo entiendo.

Hablamos de evolución y, mira, tirando a poco, eh, tirando a poco.


lunes, 13 de marzo de 2017

Que igual...

Igual soy idiota pero me tranquiliza mucho cuando leo algo escrito por otra persona que me ayuda a explicar cómo me siento. Que es curioso que para opinar no me haga falta nadie más, y para explicar cómo me siento sí, pero es lo que hay.

Cuando otra persona escribe lo que yo tengo en la cabeza pero no sé explicar, o igual ni siquiera he identificado hasta que lo leo me siento menos sola, menos loca, menos diferente. Y es fenomenal.

Porque hay otras personas que se sienten así, exactamente como yo, y que han sido capaces de escribirlo tan bien, tan sencillamente, pero tan bien, que hace que me sienta aliviada. Reconfortada. Acompañada. No sé, pon todas las adas que quieras. 

Supongo que eso fue una de las claves del éxito de los blogs o, al menos, fue una de las cosas que hizo que yo me enganchara a los blogs: ahí afuera había personas que hacían que no me sintiera un bicho raro, que también se preguntaban cosas que yo nunca había escuchado en voz alta a mi alrededor, que describían cosas parecidas a las mías, que yo nunca había hablado con nadie. 

Ya no es lo mismo, lo sé. Los blogses personales parecen estar heridos de muerte, y los sentimientos de otras personas queda diluida homeopáticamente entre la maraña de contenidos insulsos y virales, pero la internec es muy grande y aún, de vez en cuando, aparecen cosas de esas escritas por otra persona que me ayudan a entender o a explicar. Y siguen haciendo que me sienta mejor. 

Ahora que lo pienso, no me he planteado si soy la única que se siente así de acompañada con esta tontería, sospecho que porque sé que no, que seguro que hay muchas personas a las que nos pasa. Qué fuerte, ¿no?

Me da igual. Me pone contenta. No estoy loca. No me pasa sólo a mí. No son imaginaciones mías. No soy la única.

No pasa nada, no soy yo y lo estoy haciendo bien.

lunes, 6 de marzo de 2017

Lo de la mente

Me fascina lo de la mente.

Quicir, me fascina como funciona lo de pensar, cómo somos cada uno, qué nos hace ser como somos, por qué reaccionamos de una manera determinada ante las cosas que nos pasan, por qué decimos las cosas que decimos, por qué hay cosas que nos gustan o nos disgustan instintivamente, por qué... me fascina todo. Porque no entiendo nada.

Y, sobre todo, me alucinan los cambios en nosotros mismos, cómo nos afectan las cosas, por qué respondemos ahora una cosa y luego pensamos que responderíamos otra si pudiéramos volver atrás, por qué ahora hacemos cosas que hace un tiempo no nos las hubiéramos planteado. ¿Qué nos ha pasado en este tiempo que nos ha hecho cambiar? ¿Qué nos han dicho? ¿Qué hemos dicho? ¿Dónde estará el interruptor? 

Yo me irrito a menudo porque, como no entiendo nada, y no he encontrado mi interruptor de cambiar cosas, tengo la sensación de que soy la misma adolescente que recuerdo, que no avanzo, que no evoluciono en la vida, y que nunca dejaré de ser una crieja.

Luego se me pasa un poco, porque pienso en cosas que están pasando, cosas que están cambiando porque yo he querido que cambiaran y me doy cuenta de que igual tengo esa sensación rara porque sigo siendo yo la que está aquí dentro (porque no puedo ser otro, eso ya lo sabemos), no porque no haya cambiado nada. Igual sí he encontrado el interruptor y no me he dado cuenta.

Y me fascina, me fascina ver que a veces no me doy cuenta del cambio porque son muchas cosas, a veces muy sutiles, que van conformando una nueva yo a poquitos, pero que sigo siendo yo. Una yo que hace cosas que no hubiera hecho hace un tiempo, antes de un cambio del que no he sido tan consciente como me gustaría.

¿No es maravilloso seguir sorprendiéndose a una misma?

jueves, 2 de marzo de 2017

El [otro] cuestionario de Proust

Yo iba a hacer algo presuntamente chulo con el cuestionario de Proust, para ver si era verdad que se llegaba a conocer en profundidad a una persona cuando va y recuerdo vagamente que ya lo había hecho.

En estas estaba, con el yo que sé de si lo había hecho o lo había soñao, cuando me paro a pensar en las cosas que hacen que yo piense que conozco bien a alguien. Que, soy consciente, es bastante difícil.

No pienso en su color favorito, ni en su autor más preferido, su héroe admirado o en qué país le gustaría vivir. Son cuestiones menores que se pueden saber de cualquiera pegando la oreja a sus conversaciones en el bus, que me lo ha dicho una amiga. Esas cosas dan más o menos igual.

Para mí lo importante, lo que hace que piense en si conozco o no a alguien, lo que hace que quiera a una persona cerca o en otro hemisferio, es si confío en ella, si pondría la mano en el fuego afirmando que no me haría daño voluntariamente, sólo para joderme la vida.

Porque una se puede equivocar con el pintor favorito, que no pasa nada si guardas el ticket, pero si tienes dudas sobre si alguien sería capaz de dañarte a propósito... la duda es un universo negro entre dos personas que impide conocer ni un poquito al otro. Esa duda es un universo de putadas voladoras, nunca estarás seguro de si alguna te va a dar de lleno, nunca podrás confiar en el otro, nunca sabrás de qué es capaz.

Y es que los universos son muy grandes.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Culpar

Es muy fácil culpar a los padres de las taritas. Es muy fácil mirar hacia atrás, recordar lo peor de nuestra infancia y darnos cuenta de que todo, TODO, empezó allí. Y que, en ese allí, estaban los paaapas, responsables de nuestro bienestar, nuestra educación, jardineros de lo que íbamos a ser después. De lo que somos ahora.

Es muy fácil echar la culpa de nuestras mierdas de mayor a aquello que pasamos de pequeños.  

No soy psiquiatra ni psicóloga ni nada, no voy a ponerlo en duda, claro. Es más, a medida que profundizo en cosas de terapia y mierdas de esas se reafirma esta sensación tan fuerte de que sí, de que todo empezó allí.

Sin embargo, me resisto a culpar

Porque pienso que ellos (casi todos, vaya, que excepciones hay pa tó) lo hicieron lo mejor que pudieron y supieron. Que muchos no supieron adaptarse a la ruptura que supuso la adolescencia de nuestra generación, tan diferente, tan lejana, tan ajena a la suya.

Me pregunto a menudo que les pasó a ellos, cómo vivieron su infancia, para que hicieran que la mía, que las nuestras, fuera como fue. Que no fue terrible todo el tiempo, pero sí fue difícil. Una batalla constante. Una guerra sin cuartel. Un reto constante a la autoridad paterna, que se rebelaba a aceptar que una mocosa le llevara la contraria. Que todavía se rebela, y aún sigue sin entender por qué.

Me lo pregunto y me da miedo responderme, porque estoy aprendiendo que la arqueología emocional me supera. Si ya es difícil lidiar con mis miedos, mis traumas, mis tropezones, mis fracasos, me siento incapaz de enfrentarme a los de aquellos que estuvieron allí cuando se estaban gestando y no supieron cómo enseñarme(nos) a ser de otra manera.

Y también tengo la esperanza de que para nosotros, para nuestra generación, criar y educar a los niños es una experiencia muy diferente. Somos conscientes de que hay muchas opciones y que podemos elegir, que no tenemos que repetir con los niños, inexorablamente, el modelo educativo que siguieron con nosotros.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La amiga Rita

Se muere Rita Barberá y lo primero que me viene a la cabeza es mi abuela.

Hubiera querido que la lleváramos al cementerio, incluso aunque no supiera dónde estaba enterrada. Cualquier cementerio le venía bien. Hubiera rezado, con lágrimas en los ojos, por el alma de aquella a la que consideraba una gran persona. Una amiga, casi.

En casa de mi abuela había más fotos de Rita que de sus nietos. Sólo tenía dos fotos de cada uno de nosotros, porque no quería que pensáramos que tenía un favorito (y lo tenía, y todos lo sabíamos, y nos parecía bien), pero tenía una docena de fotos de Rita, con Rita.

La entonces alcaldesa invencible iba cada año al centro de mayores de barrio en el que mi abuela hacía manualidades con otras personas mayores. Se sentaba con ellos, se reía con ellos, les contaba historias y alababa sus trabajos. Hasta parecía que les recordaba de un año para otro. Los abuelos estaban encantados. Rita era su amiga y se lo podían contar a todo aquel que quisiera escucharles.

Le decían guapa, le regalaban sus servilletas pintadas o sus cajitas decoradas, y ella se reía, encantada, a carcajadas, con esa risa que parecía de verdad y se contagiaba. Una casi se la creía. Una casi se imaginaba aquellas salitas de abuelo con fotos de la amiga Rita encima de telecinco.

En los últimos meses he visto a una Rita muy alejada de aquella que conocí en sus mejores momentos. Y he pensado en mi abuela todas las veces. En las fotos, en aquella risa, en Valencia, en cómo cautivaba a la gente que tenía que votar, en su despotismo, su mala educación, su soberbia, en los taitantos años que hemos sufrido todos a esa mujer imparable...

Abuela, si me oyes, Rita no era tu amiga. No te merecía. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Un sueño

Hoy he soñado contigo.

Yo estaba arriba de una escalera de piedra muy alta, de piedra blanca, como si fuera la escalera de la Facultad o algo así. Estaba con una amiga, charlando tranquilamente mientras quitábamos las pasas de las ensaladas del túper. Desde nuestros dos o tres pisos de altura, la calle era un paisaje en movimiento que apenas nos interesaba.

De repente notaba que alguien me miraba fijamente. Una figura en el edificio de enfrente se había quedado como petrificada, en el instante mismo de salir, y abría y cerraba la puerta mientras me miraba fijamente, como para llamar mi atención.

Eras tú. Llevabas camisa blanca y esas gafas raras que te has puesto y con las que no te he visto nunca, y tu mochila oscura de venir a pasar la noche a la espalda, sí, esa con la que te he visto muchas veces.

Una sonrisa infinita ha aparecido en tu cara al darte cuenta de que te miraba y, cuando has conseguido reaccionar, has hecho el gesto ese así con la mano para que me acercara.

Pero te acercabas tú. Y la luz era cada vez más brillante.

La magia de los sueños ha hecho que, de repente, camináramos uno hacia el otro junto al murete de la escalera.

Tú has sonreído aún más, has abierto los brazos, con ese gesto de ven a mis brazos, cari universal, yo te he dicho hola y he seguido mi camino.

No sé si ha pasado algo después, no lo recuerdo.

Al despertar me he dado cuenta de que hacía días que no pensaba en ti, que hacía aún más días que no hablaba de ti en voz alta y supongo que he fruncido el ceño, medio sorprendida, medio disgustada, porque nunca sueño contigo, y ahora, pues no es plan.

Pero hoy he soñado contigo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El terremoto

Hoy, mientras caminaba por un pasillo lleno de jóvenes, me han temblado las piernas y he notado cómo se me nublaba un poco la vista. Eh, que me caigo redonda, cagondiós, he pensado.

Mi vida ha pasado por mi mente como en un TL de Instagram. Brevemente, porque todo el mundo ha empezado a vocear y me han sacado del enmimismamiento.

- ¡Tía, tía! ¿Lo has notado? ¿Tía, has notado el terremoto, tía?
- ¡Jo, tía, sí!
- ¡Tía, cómo va a ser un terremoto en Valencia!
- ¡Tía, puede haber terremotos en todas partes, que todas partes son la Tierra, tía!

En un pis pas los jóvenes ya estaban dando saltitos y moviendo mucho las manitas en grupitos de siete u ocho personas en medio del pasillo que, como todo el mundo que sabe que cuando hay un terremoto hay que guarecerse bajo los dinteles de la puerta, es justo lo que no hay que hacer.

Debo haberme quedado ahí plantada con cara de susto porque se me ha acercado una de las jóvenas y me ha preguntado ¡Gordi, tía! ¿Estás bien, tía? ¿has notado el terremoto, tía, tía?

Supongo que he sonreído y asentido, igual a la vez, que soy mujer y capaz de hacer dos cosas a la trump, pero no recuerdo qué he hecho exactamente.

Y no me acuerdo porque tenía la mente concentrada en lo que me ha parecido más gracioso del asunto: mientras la juventú estaba emocionada por si era un terremoto, yo sólo sentía un alivio inconmensurable por haberme equivocado en mi primer pronóstico:

- ¡Joder! ¿Me va a dar un chungo de tensión y voy a diñarla justo AQUÍ Y AHORA?

Esto va a ser la tercera edad en todo su esplendor, ya lo digo.



NOTA: No ha sido un terremoto. Unas obras justo al lado. Me han estado temblando las piernas toda la tarde por una puta obra.

jueves, 27 de octubre de 2016

La tranquilidad

La tranquilidad no inspira.

La tranquilidad es la Parca de la inspiración, la némesis del impulso desenfrenado de escribir, la archienemiga del blog personal.

La tranquilidad es esa amiga con la que hablas por teléfono durante horas mientras haces las tareas del hogar sin prisa. Es esa serie de los años noventa que ves descuidadamente a la hora de cenar, como si no le prestaras atención, pero sólo porque la conoces de memoria y sabes cuándo tienes que reír. Porque vas a reír otra vez, sí, con los mismos chistes, pero tranquila.

La tranquilidad es ir a los sitios andando, durante horas, con esa sensación de no tener prisa, mirando los escaparates como si te interesaran o a lo mejor porque nunca te habías parado a mirar de verdad. Es saber que la sensación de tener todo el tiempo del mundo por delante es falsa y que te dé igual.

La tranquilidad es hacer cosas sin importancia al ritmo de la música, descalza, sin importar cuándo se terminan, o si se terminan, siquiera.

La tranquilidad es abrir una página en blanco y sonreír cuando la cierras igual de virgen, y que no te importe porque sabes que puedes volver siempre que quieras.

La tranquilidad no inspira.

martes, 18 de octubre de 2016

Justicia

Este texto circula por Tuiter. 

Al leerlo no he podido evitar pensar en algo a lo que doy vueltas a menudo: la ley de la justicia universal y lo del merecer

Más allá de que el texto sea, realmente, de algún eterno olvidado de OT1, que da igual, es fácil ponerse en esa piel. A mí, al menos, me resulta fácil. ¿Por qué él, y no yo? Si empezamos en igualdad de condiciones... ¿O por qué él, quince años después, está podrido de éxito, de dinero, experiencias... y yo no? Y, lo que es más importante, ¿quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?

Pues no sé, chico. La vida.

Al final, resulta que hay personas que gustan más y personas que gustan menos. Algunos tienen un talento excepcional y se encuentran por el camino con quién puede, sabe y quiere explotarlo, otros no se encuentran con nadie, o se encuentran con personas que no saben qué hacer con ese talento o, simplemente, creen que son super talentosos pero no, son reguleros y no llegan a ningún sitio. Da igual si creen que merecían más y que han sido tratados injustamente, da igual que se quejen amargamente, que dejen de ajuntar al mundo. La cantidad de cosas que merecemos de verdad es muy limitadita y el éxito no creo que sea una de ellas.

No es una cuestión de justicia. La justicia no es eso. La justicia es el principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece (RAE dixit). Y a uno no le corresponden las mismas oportunidades de ser una estrella que a los demás. A uno no le pertenecen, per se, las mismas oportunidades que a los demás, sobre todo cuando quien da esas oportunidades es una empresa privada que vela por sus propios intereses.

La justicia no tiene nada que ver con conseguir lo que uno quiere, llamemos a las cosas por su nombre. Que uno se esfuerce mucho y no consiga sus objetivos no es justo o injusto. Es frustrante, pero no injusto. Como tampoco lo es que otro que no pegue ni chapa o se esfuerce mucho menos dé en el calvo y tenga éxito en lo que se proponga. Eso es cuestión de suerte pero ¿justo? ¿Injusto? Ni de lejos.

Al final, si quieres algo, haces todo lo que crees que tienes que hacer y no lo consigues, haz otras cosas. Puede que tampoco lo consigas, nadie te garantiza nada, pero es que, cari, la cosa de la justicia es así, equívoca.

Que se confunde mucho lo de la justicia con las merinas y, mira, nos equivocamos, eh, nos equivocamos. 

jueves, 6 de octubre de 2016

La gente

El otro día me preguntaron en la entrevista para el trabajo cómo se me daba tratar con la gente. Me explicaron que en el trabajo tendría que hablar y relacionarme con muchas personas, que era muy importante que fuera capaz de escuchar, tener empatía e intentar responder y solucionar las cuestiones que me planteaban.

No recuerdo qué dije exactamente pero, conociéndome, estoy prácticamente segura de que sonreí (quizás con cierta condescendencia), bajé la mirada con falsa modestia, y respondí que estaba acostumbrada a tratar con todo tipo de personas y a intentar solucionar sus dudas o problemas, que sabía escuchar y que era empática. Que era perfecta para tratar con la gente.

También dije que soy una mujer simpática que no tiene ningún problema de relación con otras personas, estoy segura de haber dicho eso.

Tres días después, (TRES DÍAS) la señora que vende sus hortalizas en la planta baja de al lado de donde trabajo me ha regalado dos tomates; la dueña del bar en el que me he tomado los tres primeros cafés de la mañana ya me ha puesto la medida exacta de leche, una de las chicas que trabaja en el mismo espacio me ha dado una copia de la llave de su armarito para dejar mi neceser, y el del bar de los jubilados me ha dado su teléfono para que le encargue lo que quiero de almorzar antes de que se acabe.

Definitivamente, soy una mujer simpática que no tiene ningún problema de relación con otras personas. 

Creo que voy a presentarme a alcaldesa del país.

lunes, 3 de octubre de 2016

Estoy orgullosa de ti

Querida Gordi:

Han sido dos semanas muy duras, pero te has portao como una campeona. Has tomado una decisión valiente (una más, estás que te sales, chata) sin tener miedo y sin rencor y, lo que es más importante, sin dudar de que habías tomado la decisión correcta, pase lo que pase.

Eres consciente de que puedes equivocarte, pero el miedo a cagarla no ha podido contigo esta vez, y por eso estoy tan orgullosa de ti. Y porque tampoco has dejado que sean otros lo que te calienten la cabeza con el "¡loca, que eres demasiado mayor, que la cosa está muy mal, que puedes cagarla a lo grande!".

Sé que a veces te asalta el pensamiento de que has sido irreflexiva pero, créeme, no es tan terrible que te hayas dejado llevar por tu instinto, ese que dices que no tienes. No es tan terrible que tus ganas de cambiar hayan vencido, por fin, a tu zona de confort. Has escuchado las llamadas de auxilio de tus vísceras y eso no puede ser malo. Nunca. Deberías hacerlo más, ya que estamos #justsaying

Sé que estás un poco nerviosa. No te preocupes: pasa cuando uno consigue lo que ha querido durante mucho tiempo. Igual no son ni nervios, sino una sensación rara de incredulidad, de no estar convencida del todo de que lo has conseguido, y que era tan fácil como decir sí. 

Vas a estar bien. No sólo porque, porfin, vas a cambiar de trabajo (¡sí, a tu edad! ¿no es maravilloso?), de rutinas, de ambiente, de obligaciones o de responsabilidades. No, no va a ser sólo por eso. Vas a estar bien porque estás cambiando, y porque estás consiguiendo que tu mundo cambie contigo.

Estoy orgullosa de ti, sí, de las dos.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Madurar

Tengo que tomar una decisión importante y estoy hecha un lío. Tengo ganas, pero estoy hecha un lío.

Y es que cuando tengo que tomar una decisión tiendo a comparar con experiencias similares, y a sentirme presionada por el resultado de esas decisiones: si antes fue mal, ¿qué impide que vuelva a ir mal otra vez? Y así todo el rato.

Y me paralizo y me cuesta la vida y sufro y todo.

Podría pensar en lo que ha ido bien, claro, pero me parece que no está en mi naturaleza. O no estaba. Porque últimamente he aprendido que la naturaleza no es inmutable, evoluciona, y he empezado a pensar en ¿y por qué no va a ir a mejor?


Sí. 

Espera, que también me está dando por pensar ¿y si, a pesar de que todo puede empeorar, resulta que no, y mejora?

Nonono, ESPERA: y si resulta que todo empeora, ¿QUÉ, EH QUÉ?

Y es que estoy harta de sentirme paralizada y arrastrada por las decisiones de los demás.

Y en eso estoy.

Que creo que he tomado ya una decisión importante y va y no me importa gran cosa cagarla a lo grande.

Que igual madurar era esto...

lunes, 5 de septiembre de 2016

París

Llegué a París una tarde de agosto.

Llegué sola. No quise desaprovechar un viaje que había planeado contigo sólo porque tú ya no querías estar.

Había llovido por la mañana y todo tenía aún un aspecto gris y brillante, aunque había vuelto el sol.

Me hizo gracia darme cuenta de que estaba escuchando música italiana mientras caminaba hacia la habitación en le quartier latin. Mina, italiano, París... Qué sofisticada y cosmopolita me sentí...

Supongo que sonreía mientras tarareaba parole, parole, parole y esquivaba los pocos charcos que aún quedaban entre los adoquines. Canturreaba muy concentrada, como si no hubiera nada más importante que evitar que los zuecos blancos se mancharan con el agua sucia del suelo de París.

Canturreaba y sonreía, supongo, porque veía otras caras con sonrisas, y es que se pega mucho, lo de sonreír.

Miré mis zapatos, para comprobar que aún no se habían manchado, y me acordé de ti. Te recordé riñéndome por ponerme unos zuecos justo un día de lluvia, por sentirte atrapado por unos simples zapatos. "No entiendo por qué alguien se compraría unos zapatos así. No entiendo que te compres unos zapatos que no puedes llevar cuando llueve", me habías dicho, enfurruñado. Ñiñiñiñiñi, me sonó a mí. Como si en Valencia lloviera tanto. Como si viniera tanto a Paris...

Sonó un trueno y miré al cielo. Un acto reflejo y tonto, más dirigido a contener las lágrimas que a comprobar si llovía.

Porque acordarme de ti aún me hacía llorar.

Mantuve la cabeza así, disimulando, como mirando al cielo preocupada por la lluvia, hasta que pensé que se me había pasado. Y empezó a llover de nuevo.

Mientras abría el paraguas empezó a sonar Citta Vuota en mis auriculares, volví a preocuparme por los zapatos, me sentí sofisticada y cosmopolita otra vez y me olvidé de ti.

- Qué rabia, pensé fugazmente. Siempre que vengo a París, llueve.

Me quité los zuecos, me arremangué los pantalones y crucé la calle descalza bajo la lluvia.

Tantos años después, aún puedo notar los adoquines parisinos mojados bajo mis pies.

 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Llámame loca

Querido hombre:

Hola, follaoret:

Te has ido tan de repente que no me ha dado tiempo de responder a una pregunta que te hacías al principio, cuando aún estábamos sentados y vestidos en una terraza cualquiera. Voy a aventurarme a responderte ahora.

Llámame loca, pero tengo la sensación de que no tienes suerte con las mujeres con las que quedas en Tinder para follar por esa manía tuya de pensar que los condones no molan. Llámame loca, pero igual las mujeres con las que quedas saben que no hay garantía de salubridad aunque seas un tipo arreglado, limpio, guapo, simpático y educado. Llámame loca, pero puede, sólo puede, que tu insatisfacción con las mujeres con las que quedas se deba a que ellas valoran más su integridad que tu espectacular miembro viril. Llámame loca, pero igual no todas las mujeres se mueren por ser perforadas sin protección. Llámame loca, pero si tu anticondonismo es tan fuerte, y te encuentras a menudo con reticencias, a lo mejor deberías tener un plan B y aprender a disfrutar con otras cosas, por si se repite esto de encontrarte con una estrecha loca de las gomas, que es que a veces las mujeres tenemos unas cosas...

Llámame loca porque mis ganas de follar no han podido con mis ganas de que no me pegue algo cualquier descerebrado que va espolvoreándose por ahí a lo loco.

Llámame loca otra vez, y vete cuanto antes.

lunes, 22 de agosto de 2016

Tres semanas

Tres semanas. 

Tres semanas de vacaciones de casi todo: del trabajo, de los amigos, de las compras, de las redes sociales (casi), de las noticias, del despertador, del blog... 

Tres semanas de llevar bikini el 80% del tiempo, de estar a remojo, de jugar con niños, de llevar el pelo mojado recogido en una coleta, de oler a aceite reparador de los estragos del sol, de pasear perros ajenos como si fueran propios, de jugar al parchís, de dejarme llevar por el sueño en cualquier momento, de trasnochar porque sí.

Tres semanas de playa, de piscina, de pokémones, de horchata con fartons, de sandía, de colacaos fríos, de paellas maternas, de ventilador, de agua fría y sopa de sobre. 

Tres semanas de cargar felizmente con una muda, un abanico, el bikini, las gafas de bucear y las gafas de sol, sin saber dónde voy a acabar el día.

Tres semanas de pensar en el ahora nomás, de pensar fugazmente en que no tengo que pensar en nada, ni hacer nada que no quiera hacer. 

Tres semanas felices.

Dame tres semanas de vacaciones cada 21 días y moveré el mundo.

Hola.


viernes, 29 de julio de 2016

Vacacionar

Abrir un ojo y sonreír. Y recordar que lo último que sentiste anoche fue una sonrisa en todo tu cuerpo.

Pensar en el fin del mundo, que igual es hoy como podría haber sido otro día, pero a ti te da lo mismo, porque toda tu atención está centrada en tus cosas, en todas esas cosas que no vas a hacer en los próximos días pero porque no vas a querer, no porque no vayas a poder. 

Tararear en la ducha las melodías de los anuncios de la radio, como nunca haces, sólo porque estás contenta y esperanzada. Oh, sí, es el día con más esperanza del año, el día más esperado. El día que ves pentagramas brillantes por todas partes invitándote a cantar. Cantar bajito, vale, que una no está pa trotes, pero cantar.

Vestirte con tu ropa favorita, recogerte el pelo para que te roce la nuca sólo de vez en cuando, ponerte una colonia diferente, unas gafas amarillas, echarte a la calle con paso enérgico y saludar muy fuerte para que todo el mundo note que eres feliz incluso antes de empezar poder serlo.

Despertarse pronto, muy pronto, como para alargar esa alegría tonta del día que empiezan las vacaciones y saber que tienes unos cuantos días por delante para disfrutar de lo que quieres hacer, es uno de los pequeños placeres de la vida.