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viernes, 16 de septiembre de 2016

Un día especial

Recibir buenos deseos, sonrisas, canciones.

Besar y ser besada.

Abrazar, apretando a la otra persona contra tu cuerpo porque la quieres, porque sabes que te quiere.

Saber que ese amigo con el que hablas por teléfono está sonriendo mientras te desea lo mejor, mientras desea que sigáis cumpliendo años juntos.

Soplar las velas, cortar la tarta, hacer el tonto para las fotos, llevar tiara, beber champán...

Aunque sea una banalidad infantil, me gusta el día de mi cumpleaños.

 

viernes, 29 de julio de 2016

Vacacionar

Abrir un ojo y sonreír. Y recordar que lo último que sentiste anoche fue una sonrisa en todo tu cuerpo.

Pensar en el fin del mundo, que igual es hoy como podría haber sido otro día, pero a ti te da lo mismo, porque toda tu atención está centrada en tus cosas, en todas esas cosas que no vas a hacer en los próximos días pero porque no vas a querer, no porque no vayas a poder. 

Tararear en la ducha las melodías de los anuncios de la radio, como nunca haces, sólo porque estás contenta y esperanzada. Oh, sí, es el día con más esperanza del año, el día más esperado. El día que ves pentagramas brillantes por todas partes invitándote a cantar. Cantar bajito, vale, que una no está pa trotes, pero cantar.

Vestirte con tu ropa favorita, recogerte el pelo para que te roce la nuca sólo de vez en cuando, ponerte una colonia diferente, unas gafas amarillas, echarte a la calle con paso enérgico y saludar muy fuerte para que todo el mundo note que eres feliz incluso antes de empezar poder serlo.

Despertarse pronto, muy pronto, como para alargar esa alegría tonta del día que empiezan las vacaciones y saber que tienes unos cuantos días por delante para disfrutar de lo que quieres hacer, es uno de los pequeños placeres de la vida.

viernes, 24 de junio de 2016

Flotar en el mar

Abro los ojos y veo el cielo. 

Diría que no hay nubes, al menos no veo ninguna desde aquí.

Desde aquí es desde donde estoy ahora, quizás dentro de unos minutos esté más allá, y allá sí haya nubes. Aquí no hay. No, espera, a ver... falsa alarma... creo...

Cierro los ojos. No me interesa saberlo.

El caso es que aquí el agua está un poco fría, pero sólo un poco, lo suficiente como para notar el contraste cuando las olas se mezclan con el calor del sol.

Con los ojos cerrados me concentro en el sonido del mar. No hay otro sonido igual. O es porque permite que se escuche latir el corazón como en ningún otro sitio. A veces pienso que sólo en el mar puede una estar segura de que está viva de verdad. Luego pienso en lo del bistec y se me pasa. 

No tengo claro por qué he empezado a pensar en comida mientras floto como un peso muerto. ¿Tengo hambre? No puede ser, nunca tengo hambre en el mar. Bueno, nunca no es exacto. No como en el mar porque se moja todo y es un asco. ¿Por qué estoy pensando en comer? ¿He comido gambas o algo marino últimamente? Tendré antojo de sepia, vete a saber. O igual es porque podría ser yo la comida de... ¿seré yo el pez pequeño de algún pez más grande? 

Abro los ojos y veo el cielo.

Sigue siendo azul y aquí tampoco hay nubes.

Noto el agua fría en la nuca, jugando con el pelo. Sonrío.

Cojo aire y echo la cabeza hacia atrás, luchando por un momento contra el agua y la sal para sumergir la cabeza y escuchar el mar en todo su esplendor. 

Al volver a la superficie abro los ojos de nuevo y confirmo que aún no hay nubes. 

Y me escucho sonreír.

Flotar en el mar y escucharse es uno de los pequeños placeres de la vida.

viernes, 27 de mayo de 2016

Ver dormir

Ver a las personas dormir plácidamente en el tren o el autobús, despertando milagrosamente justo antes de su parada. 

Repasar tranquilamente el rostro relajado, la frente despejada, la boca entreabierta, los ojos cerrados... sabiendo que quizás ahí adentro hay una historia épica que merece ser contada pero nunca lo será. 

Observar la placidez de una cara desconocida dormida, vencida al sueño, ajena a lo que pasa a su alrededor, expuesta, vulnerable. 

Aventurar el cabeceo con cada parada, cada movimiento brusco, cada ruido inesperado, y admirarse cada vez que el instinto recoloca el cuerpo y sigue su camino en brazos de Morfeo.

Sonreír cuando esa persona despierta, aún torpe, amenas consciente de que ya no está dormida y tiene que seguir su camino, con una ligera mueca de disgusto porque, eh, acaba de despertar.

Imaginar la razón de ese sueño inmisericorde, que vence sin importar dónde ni cómo, sin vergüenza, aguantando las ganas de preguntar, sin más, por qué. 

¿Se habrá quedado despierto estudiando porque tiene un examen? ¿Tendrá un bebé que no le deja dormir y aprovecha para dormir cuando puede? ¿Habrá soñado? ¿Qué habrá soñado? ¿Habrá pasado la noche de fiesta? ¿Estará preocupado por el dinero, estará enfermo, será insomne...? 

Ver dormir a un desconocido e imaginar que pasa dentro de su cabeza es un de los pequeños placeres de la vida.