lunes, 6 de marzo de 2017

Lo de la mente

Me fascina lo de la mente.

Quicir, me fascina como funciona lo de pensar, cómo somos cada uno, qué nos hace ser como somos, por qué reaccionamos de una manera determinada ante las cosas que nos pasan, por qué decimos las cosas que decimos, por qué hay cosas que nos gustan o nos disgustan instintivamente, por qué... me fascina todo. Porque no entiendo nada.

Y, sobre todo, me alucinan los cambios en nosotros mismos, cómo nos afectan las cosas, por qué respondemos ahora una cosa y luego pensamos que responderíamos otra si pudiéramos volver atrás, por qué ahora hacemos cosas que hace un tiempo no nos las hubiéramos planteado. ¿Qué nos ha pasado en este tiempo que nos ha hecho cambiar? ¿Qué nos han dicho? ¿Qué hemos dicho? ¿Dónde estará el interruptor? 

Yo me irrito a menudo porque, como no entiendo nada, y no he encontrado mi interruptor de cambiar cosas, tengo la sensación de que soy la misma adolescente que recuerdo, que no avanzo, que no evoluciono en la vida, y que nunca dejaré de ser una crieja.

Luego se me pasa un poco, porque pienso en cosas que están pasando, cosas que están cambiando porque yo he querido que cambiaran y me doy cuenta de que igual tengo esa sensación rara porque sigo siendo yo la que está aquí dentro (porque no puedo ser otro, eso ya lo sabemos), no porque no haya cambiado nada. Igual sí he encontrado el interruptor y no me he dado cuenta.

Y me fascina, me fascina ver que a veces no me doy cuenta del cambio porque son muchas cosas, a veces muy sutiles, que van conformando una nueva yo a poquitos, pero que sigo siendo yo. Una yo que hace cosas que no hubiera hecho hace un tiempo, antes de un cambio del que no he sido tan consciente como me gustaría.

¿No es maravilloso seguir sorprendiéndose a una misma?

1 comentario:

  1. A todo eso se le llama evolución. No nos damos cuenta porque vivimos dentro de nosotros mismos el día a día y sólo la gente que nos ve de cuando en cuando puede llegar a apreciar notoriamente esos cambios que, para los demás y nosotros mismos son casi inapreciables...
    Besos.

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