martes, 13 de septiembre de 2016

La puerta cósmica

¿Sabes cuando se va la luz en tu casa, y primero te esperas a ver si ha sido un microcorte y vuelve pronto, pero no? 

¿Sabes eso de que pasa un rato, y más rato, y la luz no vuelve, y entonces te resignas y vas a buscar una vela de esas de olor que tienes de decoración, y la enciendes y la dejas encima de la mesa, porque esto tiene pinta de durar?

¿Sabes esto que te mueves a oscuras por la casa, iluminada un poquito por la vela en medio del comedor, esto que vas como el holandés errante, como un poco bloqueada, porque sin luz no puedes hacer nada pero es demasiado pronto para acostarte?

¿Sabes cuando vas de vez en cuando a abrir la puerta para asegurarte que no es solo en tu casa, e intentas encender la luz del rellano, pero también está a oscuras, y tú ahí, sin luz, ni nada? 

¿Sabes ese alivio fugaz, cuando piensas que menos mal, que no eres tú sola la que estás a oscuras, como si eso solucionara algo, y cierras la puerta y vuelves a la oscuridad de tu hogar, a deambular por la casa sin saber qué hacer?

¿Y sabes eso que cuando, una de esas veces que abres la puerta para comprobar (de nuevo) lo del rellano, te ciega la luz de la escalera, y te alejas un poco y miras, extasiada, como si la puerta de tu casa estuviera cósmicamente preparada para iluminar de nuevo tu hogar?

Pues tengo la sensación de que he estado mucho tiempo a oscuras, conformándome con la iluminación de una vela decorativa y que, de repente, se ha abierto una puerta cósmica que me ha traído toda la luz del sol infinito. O algo así.

Y me he dejado la puerta abierta, por si acaso.

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