miércoles, 9 de septiembre de 2015

La mujer redonda

Eres perfecta. Redonda, dijo él, bajito. 

Imaginó su sombra agachándose a besar su hombro y oyó cómo se alejaba despacio, para no tropezar en la oscuridad. 

Esperó inmóvil hasta oír cerrar la puerta, consciente de que él no se había tragado del todo que estaba dormida, consciente de que él tampoco quería despedirse del todo. 

Se desperezó y miró al techo. 

Miró más. 

Buscó una cara de esas hechas de sombras y manchas. La buscó con ganas, no creas, necesitaba encontrar asustarse por fantasmas para dejar de pensar en sus cosas.

Huy, calla, estoy siendo intensa.

Y se levantó. 

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Mientras se daba una ducha pensaba en lo que había pasado hacía sólo unas horas: él reconoció que su último ligue estaba embarazada. Que estaba a punto de parir, de hecho. Que estaba muy preocupado, que su vida era aún más mierdosa que antes, que la necesitaba más que nunca.

Que no había encontrado el momento adecuado para decírselo, decía. Que no tenía que cambiar nada entre ellos, decía.

Ella no decía nada. Hacía meses que lo sabía y tampoco había dicho nada. Ya nunca decía nada.

Estuvieron mirándose con los ojos muy abiertos un rato. Durante eso que en las novelas se dice "lo que parecieron ser horas", aunque todos sabemos que no. Bebieron mucha cerveza. Boquearon un poco. A veces para coger aire. A veces porque pensaron decir algo que nunca dijeron. A veces porque sí, para hacerse los interesantes. Un silencio largo da para mucha pose. 

No recordaba muy bien cómo acabaron un poco borrachos en la cama. Como siempre. Como si nada hubiera pasado.

Y luego cayeron rendidos y acompasaron su respiración para dormir el sueño de los justos. 

El sexo, la tristeza y el alcohol dan mucho sueño.

2 comentarios:

  1. Es una mezcla un tanto explosiva. Suele dar paso al silencio y al remordimiento.

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  2. Si no es por la tristeza, el día hubiera sido redondo; como la mujer.

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