jueves, 18 de abril de 2013

El increíble Spiderman

Cuando era pequeña apareció un día en el trastero del chalet familiar una caja de tebeos raros. No salían Zipi y Zape, ni las Hermanas Gilda, ni los Golfos Apandadores, ni Candy, ni los Jóvenes Castores, ni Esther, ni nadie que yo conociera. Eran raros:



Abrí uno y me senté en el trastero. Salía un fotógrafo que de repente vestía de negro y andaba tirando lianas por los sitios que tenía una tía Mae y una novia pelirroja con rebequita. Lo leí del tirón.

Se llamaba Peter Parker pero era más gracioso que Clark Kent, que ya entonces me parecía un moñas. Guapísimo, pero un moñas.  

Era el increíble Spiderman.

Increíble.

Entonces no lo sabía pero aquellos tebeos fueron los culpables de lo de los superhéroes. Qué chulo. Personajes con poderes alucinantes que libraban batallas a muerte contra el mal, que viajaban al espacio embutidos en leggins con los calzoncillos por fuera, que volaban, convocaban tormentas, se hacían transparentes, leían mentes, cambiaban de forma, dominaban los elementos, llevaban melenones ideales, les brillaban los músculos hasta con ropa encima... Yo quería ser así. Yo quería ser todos. Quería volar, como Superman. Quería controlar la lluvia, como Ororo. Quería mover cosas con la mente, como Jane Grey. Quería ser invisible, como Susan Storm. Quería ser fuego como Johnny y hielo como el otro. Quería tener la mala leche de Wolverine. Quería leer la mente como Charles Xavier. Lo quería todo.

Pero, sobre todo, quería a Peter Parker. 

Me enamoré de él igual que me había enamorado del Juanito de Esther o del Archibald de Candy: con arrebolamiento preadolescente, fantasías nocturnas y declaraciones de amor secretas.

Me enamoré apasionadamente de aquel muchacho con mala suerte, torpe a veces, socarrón, que a veces olvidaba rellenar lo de las redes y caía al vacío, supongo que porque, en el fondo, me parecía muy humano. Y, oye, luego es que lo de los leggins... Yo amaba a Peter Parker. Y a Spiderman a veces.

Sabía que era una tontería, que sólo era un personaje, americano, además, que estaba lejísimos pero... AMOR.

Claro que nada es para siempre y ese amor se diluyó tranquilamente hasta dejar paso a ese cariñito tonto que se siente por las cosas que te transportan a la infancia, cuando todavía eras feliz y disfrutabas de todo siempre como la primera vez. Peter Parker se retiró cortesmente y Heathcliff ocupó su puesto con la fuerza de un ciclón.

Pero eso... eso es otra historia.

7 comentarios:

  1. Coincido contigo, Clark Kent y por extensión Superman, son unos moñas. Spiderman es más cercano y además, soy de la opinión de que hay un Peter Parker dentro de todos nosotros.
    Quizás no tengas todos los poderes del mundo, pero si que eres la chica fantástica :)
    Besos guapa!

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    1. Sin poderes es todo una mierda. Supongo, vaya, porque, como todo el mundo sabe, yo sí tengo.

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  2. Yo pensaba que tenía el poder de que me enseñaran las tetas, hasta que me crucé con mi némesis tetil... :D

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  3. No. A ver, que sí, que tú te enamoraste y el amor no entiende de razones. Pero Spiderman?? Jo.

    A mí me puede la pura lujuria, pero soy muy de los chulitos: Ironman y Antorcha Humana, por ese orden.

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  4. Pues yo soy de Clark Kent. Aquí la moñoña. Ya podéis apedrearme xD

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  5. Jo, podría haber escrito yo este post palabra por palabra. Menos en lo de la caja llena de tebeos (porque en mi caso yo se los chorraba a mi hermano 15 años mayor), y en Heathcliff ;-)

    ¿No te lo pasaste bomba en las pelis de Raimi?

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