lunes, 7 de enero de 2013

Por fin

Han terminado las fiestas del horror. Por fin.
Sí, POR FIN.
Cuando una sufre tiene una familia disfuncional con problemas de relación, emocionales, sentimentales, drogas, alcoholes, pérdidas, enfermedades varias y esas cosas las fiestas navideñas son una bomba de relojería a punto de explotar cada cinco segundos: tenemos que pasar demasiado tiempo juntos. Es un estrés del copón. Una puta mierda vaya.

Fíjense si chez Gordi debe emanar mal rollo que no hemos tenido Reyes Magos. O igual es porque hemos sido más malos que la tiña, vete a saber.

La cuestión es que, a pesar de lo mucho que me gustan conceptualmente estas fiestas llegado este punto me alegro de que se acaben. Al menos el resto del año no vemos reflejada la mierda en la purpurina de los adornos navideños ni en el espumillón dorado. En Navidad parece que todo canta más, que es todo más mierder, si cabe.
Al final van a tener razón los Grinch del mundo y esto de los buenos sentimientos y las alegrías es una chorrada que no vale la pena celebrar. A lo mejor sería más sensato olvidarnos de todo, dejar de hacer de tripas corazón y ponernos mode Mister Scrooge on cada año, que parece que mola más. No sé...

Lo pienso cada año. Me lo repito en silencio cada año, cuando un día como hoy ayudo a mi madre a recoger los adornos que ponemos con ilusión unos días antes de Nochebuena: el año que viene no me pilla el buen rollo, ya verás, me invento un viaje de trabajo que va a impedirme estar aquí en Navidad, o algo, porque no quiero volver a pasar por esto. El año que viene, otra vez, no.

Pero luego, un día que como en casa de mis padres a pocos días de Nochebuena mi madre me pregunta si le ayudo a adornar la casa. Veo los adornos, miro a mi madre, sonriente porque sabe cuánto me gustan y me siento arrebatada por una ola de esperanza que me sube desde las rodillas hasta la mitad del pecho. No sé por qué, pienso que este año va a ser diferente, que alguno de nosotros ha cambiado, que todo va a ser normal, al menos.
Y no. Sigue siendo igual.
Año tras año. 
No sé cuándo dejaré de sentir esa esperanza, ni si algún día se acabará pero, de momento, tengo la sensación de que me pondré muy triste si pasa. A pesar de todo.

4 comentarios:

  1. El año que viene pencas otra vez, ya verás. Ojalá, añado, porque detrás de la esperanza solo queda un vacío negro y peludo.

    Pero cómo te entiendo.

    Besos.

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  2. Bueno, el año que vienes. Ya veremos....

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  3. Aunque esté muy usado: la esperanza es lo último que se pierde, o por lo menos lo último que se debería perder. Estas fiestas son lo que son, con lo bueno y con lo malo, pero son la inflexión y el punto de partida de muchas cosas nuevas casi siempre, y mejor iniciarlas con esperanza.

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  4. Oh, Gordi. Este post me ha "llegao".


    Pero por fin se acabaron, pero vuelven como los virus. Como las maldiciones. A mí no me hacen ninguna falta para estar y papear con los míos. Eso sí, los críos lo flipan; no hemos de privarlos.

    Qué felicidad cuando pasan.:)

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