miércoles, 9 de enero de 2013

En tensión

Ay, estoy muy tensa. ¿Ustedes lo notan? Válgame, estoy fatal.

Estoy cansada. Derrotada. Necesito dejar de sentir esa preocupación que tensa la espalda, contrae los omóplatos y se queda ahí, todo el rato. Siempre. 

Hago los estiramientos estos que mandan los fisios y, aún así, a veces estoy en una situación conceptualmente relajada y me doy cuenta de que estoy en tensión, que nunca descanso. Y me siento frustrada porque no soy capaz de relajar la espalda y disfrutar el momento. Así que, además de tensa y frustrada, me enfado.

Y vivo enfadada. Intento que se me note lo menos posible, controlar el mal humor, las salidas de tono, la bordería. Y casi siempre me sale bastante bien pero, claro, todo eso se va quedando, se va quedando... y las madalenas no dejan sitio nomás que ahí arriba, bajo el cuello, en la curva que construye los hombros. Y...

Y entonces, cuando llega la hora de acostarme y no sé cómo ponerme del dolor, recuerdo el casete aquel que me regaló una amiga loca de mi madre cuando era pequeña, que tenía poderes para matar a los mostruos que vivían en el armario y no me dejaban dormir. 

Recuerdo el sonido del mar y las gaviotas de fondo, que se convertían en susurros del viento entre las copas de los árboles, hasta que volvían a un mar más calmado y lejano. Recuerdo aquella voz mejicana masculina, grave, modulada, perfecta, que me guiaba lentamente desde los dedos de los pies hasta los pelos de la cabeza, en un recorrido que entonces no entendía, pero que me ayudaba a dormir, porque hacía que me olvidara de las terribles amenazas que se escondían por todas partes. 

Y entonces, mientras agradezco a la loca aquella que me regalara aquella tontería de grabación relajante, me duermo pensando en el sonido del mar.


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