sábado, 14 de diciembre de 2019

Flores

- ¿A dónde vas con ese ramo?
- A mi casa. Van a ser las últimas flores que tenga de mi madre.

Y así fue cómo robé flores de la tumba de mi madre.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La vida sigue

Hoy es el día de los muertos y yo ya sé que será un día más cuando mi madre se muera, estoy segura de que me acordaré de ella todos los días mientras sea capaz de recordar.

Mientras, la vida sigue. En un limbo, pero sigue.

Con el teléfono activo todo el día porsiaca, sigue siendo necesario poner lavadoras, comprar pasta de dientes o papel higiénico, llamar al fontanero porque no funciona la cisterna y estar al tanto de que todos podamos descansar, comer y llorar a gusto.

Porque la vida sigue.

Aunque sea realmente difícil llevar con elegancia y savoir faire la muerte de alguien a quien quieres así, sin reservas, sin peros, sobre todo cuando se acerca y se aleja por días. Ansia, pa que nos vamos a engañar.

Y provoca un montón de sentimientos que parecerían imposibles de tener a la vez: por un lado, me quedaría sentada junto a su cama, cogiéndole la mano y hablándole de tonterías y haciéndola reír el resto de mi vida,  porque aún no se ha muerto y ya la echo de menos y no soy capaz de pensar en qué voy a ser sin ella. Por otro, la miro y veo a una mujer que fue fuerte y se ha apagado, que sufre, que ya no tiene ni fuerzas ni ganas de vivir más que a ratitos, y siento que lo justo para ella sería morir en paz, tranquila, sin sufrir, porque se lo merece.

Yo no sé qué hacer con todos esos sentimientos, ella lo sabe, me acaricia la mano y me dice que no pasa nada, que no llore tanto, que me tranquilice, que es ley de vida. Que soy la más fuerte y tendré que estar pendiente de mis hermanos y mi padre, porque van a necesitarme, aunque no sepas hacer arroz al horno, me dice. Y sonríe.

Luego me dice que ella está bien, que la extrema unción es para los vivos, no para los muertos, que le gustaría ver terminar Downtow Abbey y que lo que sí le jodería bastante es morirse haciendo caca.

Y nos reímos juntas, porque es lo que nos queda.






miércoles, 9 de octubre de 2019

Hace 10 años mi madre cantaba. Personas desconocidas se acercaban a felicitarla cuando acababan las actuaciones y se hacía fotos con ella, porque era fantástica. Ahora apenas puede hablar.

Hace 5 años jugaba en el suelo con mis sobrinos y se inventaba la vida de los playmóbiles en el circo. Ahora, ir al baño es como correr cinco maratones seguidas.

Hace 1 año fuimos al primer cumpleaños de su primer sobrino-nieto, lo cogió en brazos y sopló la vela con él. Ahora a veces no se acuerda de su nombre y creo que tampoco sabe quién es.

Hace 6 meses hacía la cama a poquitos, hacía arroz al horno cuando yo iba a comer y arreglaba los bajos de los pantalones de mis hermanos, porque no quería sentirse inútil. Ahora ya no puede peinarse sola.

Hoy mi madre me ha dicho que no quiere vivir así, que quiere morirse, descansar, y yo sólo he podido cogerle la mano y decirle que la quiero.

Hoy vengo a llorar más que nunca, porque no he sido capaz de decirle que la entiendo.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Las gafas

Cuando hice la comunión mis padres hicieron las tres cosas que marca el protocolo: me cortaron el pelo, me apuntaron a los Scouts y me llevaron al oculista porque me acercaba mucho a ver la tele.

Y me pusieron gafas.

Con los años descubrimos que no iba a ser un camino fácil: cada vez que iba me había subido la graduación.

Mis amigas se fueron operando para dejar de ser cuatro ojos y yo, la verdad, nunca tuve la tentación de ir voluntariamente a un quirófano, ya había pasado por uno por obligación y no estaba por la labor de volver a pasar para deshacerme de algo que me gustaba: las gafas.

Al hacerme mayor la cosa seguía creciendo, con dioptrías de todo subiendo al marcador de manera desigual y a lo loco, como en un partido de fútbol americano, convirtiendo las lentillas y las gafas en una parte de mí, porque veo menos que un gato de escayola.

Mientras, mis amigas me daban la brasa sideral con las ventajas de operarse para no tener que depender de una prótesis. Que es más cómodo para nadar, decían, no entiendo por qué no te operas.

Me gustan mis gafas, decía yo, estoy bien con ellas.

Y se reían y me decían que estaba loca por permitir ser dependiente de una prótesis que podría haberme ahorrado.

Con la llegada de la vista cansada, mi única adaptación ha sido la de muchas personas: llevar unas gafas de cerca o quitarme las de lejos, un gesto rápido que me resulta natural. Estoy acostumbrada a depender de ellas y no pasa nada.

Mis amigas ya no se ríen y me piden las gafas para mirar el móvil, porque a ellas se les han olvidado.

La vida tiene unas cosas...

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Cosas que nunca vas a saber VI

Querido abogado de lo mercantil:

Me gustabas.

Me gustabas tanto que dejé que te comieras la ensalada que arrastré durante todo el día sin rechistar.

Tanto, que me emborraché contigo como ya no recordaba hacerlo.

Tanto, que he experimentado contigo lo de salir de todas mis zonas de confort y no me importa que no haya salido como esperaba.

Tanto, tanto, que rompí casi todas mis reglas no escritas para la primera cita, para lo que hay que hacer después de la primera cita y para lo que no hay que hacer no sé cuanto tiempo después de la primera cita.

Podría decirte que estoy segura de que nos llevaríamos bien si te echaras a la piscina y nos conociéramos algo mejor pero no me atrevo: he aprendido que me equivoco mucho cuando intento saber qué piensan o cómo son las personas.

No vamos a tener la oportunidad de saberlo pero no pasa nada, te deseo lo mejor y un poquito más de empuje para tomar esas decisiones que parece que te cuesta tanto tomar.

Es una pena, pero no puedo asegurarte que estaré ahí cuando te decidas. No porque tenga prisa, es porque ya no tengo paciencia para esperar sentada.