domingo, 9 de junio de 2019

La duda

Conoces a una persona.

Chateas unos días.

Hay buen rollo, os escribís poco al principio, quizás no queréis parecer ansiosos. O estáis ocupados. O no queréis molestar, vete a saber.

Un día alguien decide compartir su teléfono y pasáis al whatsapp.

Sin saber muy bien cómo, en unos días os estáis enviado tonterías que os hacen gracia, a cualquier hora.

El buen rollo sigue.

Un día alguien propone tomar una cerveza y quedáis, a ver qué pasa.

Hay MUY buen rollo.

Como habéis charlao de lo divino y lo humano al principio se crea esa atmósfera irreal en la que aprendéis a reconocer los movimientos de esa persona a la que sólo habéis leído u oído.

Es muy poco rato, pero es un rato raro, fruto de esa falsa confianza que se crea cuando charlas con alguien a quien, en realidad, no conoces.

Esa cerveza se alarga. Habláis durante horas, os emborracháis un poco, os reís mucho, cada vez os tocáis más como sin querer, como si fuerais adolescentes que no saben si darse la mano, hasta que alguien dice “¿Vamos a mi casa?”

Y vais.

Y HAY MUY BUEN ROLLO.

Si hasta desayunáis juntos.

“Quiero volver a verte”.

“Yo también”.

Charláis mientras el taxi te lleva a tu casa.

Ha sido una buena cita , piensas, y has dicho en serio que tú también quieres volver a verle.

Nunca más responde a tus mensajes.

Y dudas entre si desaparecer sin decir nada o no.

lunes, 20 de mayo de 2019

La terapia

Aunque hay muchas razones por las que ya no escribo en el blog pueden resumirse en dos, como los mandamientos: no tengo tiempo y hago terapia.

Lo del tiempo, mezclado con otras muchas razones de carácter logístico y procedimental y mierdas de esas, es fácilmente comprensible.

Lo de la terapia es más complicao.

Es injusto decir que he utilizado el blog como una especie de terapia pero me da igual: he utilizado el blog como una especie de terapia. Sin querer, sin saberlo, igual malamente, aunque yo creo que no, pero sí. Y como ahora ya no lo necesito tanto, porque puedo descargarme en otra persona que, además, tiene la misión explícita de que yo me descargue, pues se ha quedado medio abandonao.

Es curioso porque ahora escribo más que nunca, pero ya no me apetece que se publique, igual que no me gustaría que rodaran por ahí transcripciones de mis sesiones de terapia.

Así que, según parece, he cambiado el blog temporalmente por una lóquer. Todo eso que antes contaba aquí ahora se lo cuento a una señora que pregunta, repregunta, cuestiona todas mis afirmaciones y mis convencimientos.

Me desmonta, me deja sin repuesta, desarma mis argumentos y, si pudiera, a veces la abofetearía. pero en plan HOSTIA DE IDA Y VUELTA CON LA MANO ABIERTA.

Luego no sé lo que pasa en mi cabeza, porque va sola y no la controlo, pero dejo de tener ganas de ahostiarla y me siento mejor. que no publico, pero me siento mejor.

Si no os sentís bien, si creéis que hay algo que no funciona, o que podría mejorar o lo que sea, pedir ayuda profesional. Se te quitan las ganas de empalar en un plis plas.

jueves, 14 de marzo de 2019

Las plantas de mi madre

Mi madre me ha regalado una planta.

Otra.

Un día se encontró un tallo de algo en el ascensor y en lugar de tirarlo lo dejó encima de una maceta, a ver qué pasaba.

Y ha pasado que ha crecido una planta, algo parecido a una begonia.

- ¿La quieres?
- Claro, me la llevo.
- Mira que esta tiene pinta de no necesitar mucha agua, y tú las riegas mucho y por eso se te mueren y luego te da el disgusto.
- Que no, que la riego bien.

A cambio, le he llevado unas semillas que me llevé hace unos días de casa de una amiga. Seguro que ella consigue que brote una planta estupenda. Tiene como una especie de magia en las manos: revive cualquier trozo de vegetal que cae en sus manos.

Mientras la veía trajinar en el balcón, revisando el mini vergel que se ha montado, pienso en lo paradójico que me parece que ella se esté apagando casi a la misma velocidad con la que crecen sus plantas.

Y me pregunto si seré capaz de seguir cuidando de ellas cuando ya no esté.




domingo, 27 de enero de 2019

Calientapollas

Hace unos años conocí a un señor.

Las redes sociales aún no habían aparecido. Chateamos mucho, muchas veces. Empezamos a hablar por teléfono. Durante horas.

A mí me gustaba, y él decía que yo le gustaba a él. Pero nos decíamos muchas veces que todo sin presión, que éramos colegas, que ya veríamos qué pasaba cuando nos encontráramos.

Después de unas semanas de charlar sobre lo divino y lo humano decidimos conocernos.

Yo apostaba por una cerveza después de currar. Estaría pensando todo el día en el trabajo y no me pondría nerviosa por conocerle más que un rato porque, eh, seguro que me ponía nerviosa, a mí me gustaba bastante.

Además, quedar después del trabajo es una excusa estupenda para todo: para no tener la presión de arreglarse muchísimo, porque iba con lo que llevaba todo el día, para poder cortar rapidito si no me apetecía, porque es entre semana y lo de que se hace tarde y eso...

Pero resulta que él trabajaba mucho y tenía muchas extraescolares, así que acabamos quedando justo cuando yo no quería: un sábado por la noche para cenar.

Mi sentido arácnido me advirtió. No te gusta comer con personas a las que no conoces. No quieres tener la presión de tener que arreglarte un poco. No quieres no tener ninguna excusa para irte, porque el sábado por la noche es infinito.

No quieres que parezca una cita, joder.

Pero no le hice caso.

Ya entonces sabía por experiencia que hay personas (por no decir hombres y generalizar, porque no sé qué hacen las mujeres), que entienden que una cita ha de acabar en sexo. Y a mí, que me gusta mucho el sexo, me parece que puede acabar en sexo, pero no tiene que acabar en sexo. Y este matiz en importante.

Porque entonces, cuando terminamos de cenar y yo dije que me iba a mi casa porque, sinceramente, me quedé un poco chof y no había NADA de química, el señor que se había comportado como un ídem hasta ese momento sacó al troglodita que llevaba dentro para decirme que Eh, ¿para esto he perdido contigo un sábado por la noche, para cenar y punto? Pues vaya mierda de cita. Creía que eras un poco más abierta y resulta que eres una calientapollas.

Aquella noche me dejó tocada durante un tiempo, y trajo una regla a mi vida:

Nunca más voy a quedar un sábado por la noche para cenar como si fuera una cita, aunque lo sea.

Pues bien, ayer rompí esa regla.

Y en qué mala hora, amiguis porque, al parecer, volví a ser una calientapollas.

Pasan los años,nos hacemos mayores todos y hay personas que no aprenden nada.

lunes, 14 de enero de 2019

¿Gorda y orgullosa?

Tengo un issue con lo de #fatandproud.

Según la RAE:
orgullo  
Del cat. orgull, y este del franco *ŭrgōlī 'excelencia'; cf. a. al. ant. urguol 'insigne, excelente'.
1. m. Sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida. Sintió un gran orgullo al recibir el premio. El triunfo del equipo despertó el orgullo nacional.
2. m. Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que suele conllevar sentimiento de superioridad. A veces nos ciega el orgullo.
3. m. Amor propio, autoestima. Se sintió herido en su orgullo.
4. m. Persona o cosa que es motivo de orgullo (‖ sentimiento de satisfacción). Es el orgullo de sus padres.
Supongo que tiene que ver con mi propia concepción del orgullo, de qué me siento orgullosa.

Por ejemplo, para mí estar gorda no es satisfactorio, no es un mérito o capacidad, es más bien una carga con la que he aprendido a vivir, y que estoy aprendiendo a llevar. De esto sí me siento orgullosa, de estar aprendiendo a llevarlo pero, ¿de estar gorda? No. Y me cuesta mucho ponerme en la piel de alguien que lo esté. Me parece imposible. Inconcebible.

Tampoco es algo que ayude especialmente a mi autoestima, ni a la de nadie que conozca. ¿Habrá personas gordas que sí se quieran más si están más gordas? Es posible. ¿Conozco a alguna? No, es más, todo lo contrario.

Así que veo el hashtag y me da qué pensar que igual (igual, ojo, que igual no) le hemos dado tanto la vuelta a lo de querernos como somos que nos hemos pasao de rosca; que hemos pasado de "estar gorda es lo peor y ponte a régimen que no querrás ser como esa ballena" a "estoy gorda , sí y qué, es más estoy contentísima y orgullosísima de mí misma". 

Y no lo veo.

Porque, igual, (igual, ojo, que igual no), en lo de la autoestima y la autoaceptación cabe también el "pues me quiero así" y punto, que vale para cuando estás gorda, cuando estás menos gorda, cuando estás más gorda, cuando te baja la regla, cuando se te cae el pelo, cuando te salen estrías, cuando se te pone el culo de mármol por las sentadillas o cuando vas sin depilar, y todo tan contenta.