domingo, 11 de agosto de 2019

Adiós, Simón

Simón ha muerto.

Podríamos decir que ha muerto en mis brazos pero, no, ha muerto en su sofá, atendido por los sanitarios, aunque la mía ha sido la última cara amiga que ha visto antes de irse porque le dio tiempo de llamarme cuando le dio el yuyu.

Tenía una pinta horrible desde hace meses. Le veía pasear sus menos de 40 kilos por el barrio y pensaba "este señor se ha muerto pero no lo sabe".

Llamaba a su puerta todos los días y, si no estaba, le dejaba notitas en el buzón, para asegurarme de que estaba bien. Y él llamaba a mi puerta cuando volvía y me sonreía, con esa cara horrorosa y la boca sin dientes, y me decía que aún estaba dando guerra.

Siempre me decía que estaba mejor, que los médicos le decían que todo iba bien, que el cáncer estaba controlado y que sólo tenía que coger peso.

Yo le animaba y le llevaba tapers de comida de mi madre, mientras pensaba, todo el rato "o este señor no entiende al médico o la recuperación es más rara de lo que debería". Y el me lo agradecía mucho y me decía "Mari Gordi, qué bien me tratas porque sí".

Nunca me devolvió un táper ni yo se lo pedí, lo que casi provoca un conflicto internacional con mi madre, que acabó poniendo la comida en tarros de cristal que no esperaba ver de vuelta.

Hoy han venido unos parientes a vaciar su casa y han encontrado el congelador lleno de tarros congelados con la fecha escrita en la tapa. Me han preguntado si sabía de dónde los sacaba, porque él no cocinaba y les he dicho que se los traíamos nosotros.

Ah, entonces tu cumpleaños debe ser el que está apuntado en el calendario.

El mío y el de mi sobrino, los dos únicos cumpleaños apuntados en su calendario... Por eso se acordaba todos los años de felicitarme y de robar flores del jardín del instituto.

A veces no somos conscientes de que lo que para nosotros son cosas pequeñas pueden ser muy importantes para los demás.

martes, 9 de julio de 2019

Las adicciones

Tiendo a pensar que soy empática y que, quizás por el TOC este que tengo de analizar las cosas desde muchos puntos de vista, intento ponerme siempre en los zapatos de los demás, aunque sea para llevarme las menos sorpresas posibles.

Sin embargo, por mucho que lo intente, me resulta muy difícil ponerme en la piel de alguien que tiene una adicción y es incapaz de reconocerlo y que, por tanto, no se siente responsable del dolor y los problemas que causa en los demás.

Lo que me fascina del asunto no es tanto la incapacidad de aceptar la realidad, qué va, es el esfuerzo sobrehumano que hacen estas personas para demostrar a los demás, A TODOS LOS DEMÁS, que están equivocados.

A veces ese esfuerzo es recompensado y a mí, al menos, me hace dudar. ¿Seré yo la que estoy loca y veo una cara desencajada por el alcohol y las drogas donde sólo hay cansancio? ¿Soy yo la que confunde ese hablar arrastrado con la mala cobertura? ¿Me preocupo más de lo que corresponde?

Otras, por el contrario, el esfuerzo no me convence en absoluto, la ira, rabia y la desesperación se me apoderan y me llevan a decir cosas que no sé debería decir, porque soy incapaz de adivinar el impacto que pueden tener. Y entonces me siento culpable. ¿He sido demasiado dura y va a desaparecer por mi culpa? ¿Me he pasado? ¿Y si cumple su amenaza y se estrella contra un muro o se mete algo de más y se muere?

Al final, todo se reduce a que, aunque me siento impotente porque sé que no puedo hacer nada, también me siento responsable de las consecuencias de lo que digo y hago, de si lo digo y hago en el momento adecuado, y también de lo que no digo o no hago.

Tener una adicción debe ser muy jodido pero, ah, amigo, no te quiero ni contar la vida de las familias de la persona adicta, que no se lo pasan bien ni ese ratito.



domingo, 7 de julio de 2019

El armario

Cuando éramos pequeños dormíamos todos juntos.

Nos llevábamos pocos años y supongo que mis padres pensaron que era más cómodo tenernos a todos en el mismo sitio por las noches.

Gracias a esta decisión tuvimos una habitación muy espaciosa para jugar, con una mesa y sillas pequeñitas, y estanterías para dejar los juguetes y los cuentos. Mi madre sólo nos puso una norma: que cuando saliéramos no hubiera juguetes en el suelo. Todo lo demás estaba permitido: teníamos una portería y una canasta, colgamos dibujos en las paredes, jugamos con muñecos de plastilina en los muebles, pegamos pegatinas en las puertas y paredes...

Era un sitio estupendo, sólo para nosotros.

Hasta que descubrí que podía ser algo más.

En esa habitación hay un armario muy grande, igual de hondo que el ascensor que pasa justo al lado.

Un día se me ocurrió sentarme allí dentro para leer, escapando del partidito que mis hermanos jugaban en la habitación, y se convirtió en mi sitio favorito del mundo. En mi refugio.

Cuando terminaba los deberes cogía mi sillita, el libro que estuviera leyendo, entraba en el armario, encendía la bombilla estirando de la cadenita y me sentaba hasta que mi madre venía a buscarme.

Mis hermanos me encerraron varias veces para asustarme, sin entender que era todo lo contrario, allí me sentía segura. ¿Cómo iba a tener miedo si tenía un libro, luz, y el sutil olor de los perfumes de los abrigos y chaquetas de mis padres?

Me gustaba aquel armario.

Un día mis padres decidieron que ya éramos mayores para compartir habitación y todo acabó.

A veces echo de menos tener un sitio en el que sentirme segura sólo con una luz, un libro y un olor.

domingo, 9 de junio de 2019

La duda

Conoces a una persona.

Chateas unos días.

Hay buen rollo, os escribís poco al principio, quizás no queréis parecer ansiosos. O estáis ocupados. O no queréis molestar, vete a saber.

Un día alguien decide compartir su teléfono y pasáis al whatsapp.

Sin saber muy bien cómo, en unos días os estáis enviado tonterías que os hacen gracia, a cualquier hora.

El buen rollo sigue.

Un día alguien propone tomar una cerveza y quedáis, a ver qué pasa.

Hay MUY buen rollo.

Como habéis charlao de lo divino y lo humano al principio se crea esa atmósfera irreal en la que aprendéis a reconocer los movimientos de esa persona a la que sólo habéis leído u oído.

Es muy poco rato, pero es un rato raro, fruto de esa falsa confianza que se crea cuando charlas con alguien a quien, en realidad, no conoces.

Esa cerveza se alarga. Habláis durante horas, os emborracháis un poco, os reís mucho, cada vez os tocáis más como sin querer, como si fuerais adolescentes que no saben si darse la mano, hasta que alguien dice “¿Vamos a mi casa?”

Y vais.

Y HAY MUY BUEN ROLLO.

Si hasta desayunáis juntos.

“Quiero volver a verte”.

“Yo también”.

Charláis mientras el taxi te lleva a tu casa.

Ha sido una buena cita , piensas, y has dicho en serio que tú también quieres volver a verle.

Nunca más responde a tus mensajes.

Y dudas entre si desaparecer sin decir nada o no.

lunes, 20 de mayo de 2019

La terapia

Aunque hay muchas razones por las que ya no escribo en el blog pueden resumirse en dos, como los mandamientos: no tengo tiempo y hago terapia.

Lo del tiempo, mezclado con otras muchas razones de carácter logístico y procedimental y mierdas de esas, es fácilmente comprensible.

Lo de la terapia es más complicao.

Es injusto decir que he utilizado el blog como una especie de terapia pero me da igual: he utilizado el blog como una especie de terapia. Sin querer, sin saberlo, igual malamente, aunque yo creo que no, pero sí. Y como ahora ya no lo necesito tanto, porque puedo descargarme en otra persona que, además, tiene la misión explícita de que yo me descargue, pues se ha quedado medio abandonao.

Es curioso porque ahora escribo más que nunca, pero ya no me apetece que se publique, igual que no me gustaría que rodaran por ahí transcripciones de mis sesiones de terapia.

Así que, según parece, he cambiado el blog temporalmente por una lóquer. Todo eso que antes contaba aquí ahora se lo cuento a una señora que pregunta, repregunta, cuestiona todas mis afirmaciones y mis convencimientos.

Me desmonta, me deja sin repuesta, desarma mis argumentos y, si pudiera, a veces la abofetearía. pero en plan HOSTIA DE IDA Y VUELTA CON LA MANO ABIERTA.

Luego no sé lo que pasa en mi cabeza, porque va sola y no la controlo, pero dejo de tener ganas de ahostiarla y me siento mejor. que no publico, pero me siento mejor.

Si no os sentís bien, si creéis que hay algo que no funciona, o que podría mejorar o lo que sea, pedir ayuda profesional. Se te quitan las ganas de empalar en un plis plas.