jueves, 24 de abril de 2014

Razones (y 2)

El caso es que la pregunta ¿Por qué los hombres no encuentran atractivas a las mujeres gordas? tiene una trampa que te mueres, claro. Igual que todas las cuestiones que implican una generalización.

Podríamos poner un millón de peros a la infografía:
- Hay hombres que sí encuentran atractivas a las gordas per se.
- Hay hombres para quienes el peso o el tamaño no condiciona que una mujer les parezca más o menos atractiva.
- Hay mujeres gordas atractivas y cardos borriqueros gigantes.
- ¿A partir de cuánto consideramos gorda de solemnidad a una mujer?
- ¡Todas son mentira cochina!
- Tiene toda la razón, alguien tenía que decirlo.
- Algunas son verdad pero es que lo dice de una manera tan ofensiva...
- ¡Aún se queda corto!

Y así, hasta el fin de los tiempos...

Es lo que tiene lo de generalizar, que podemos tener tanta razón o tan poca como quiera nuestro interlocutor, según lo implicado o señalado con el dedito que se sienta y lo bien (o mal) que lleve la circunstancia.

Pero no deberíamos olvidar una cosa: el mundo no es como debería ser, es como es, con sus simbolismos, sus estereotipos, sus prejuicios, sus preferencias y sus listas de la Internet. Y así son-somos los chorrocientos mil millones de personas. Es bonito pensar que algún día todo cambiará y cabalgaremos vestidos con largos peplum de seda sobre unicornios multicolores por un arco iris de gominola pero lo veo jodido. Sí, incluidas las gordas.

Así que se me ocurre que nos relajemos y llevemos nuestras cositas de la mejor manera posible. Sí, incluidas las gordas.

Recuérdenme este post cuando me queje de lo de la gordez, que ahora estoy muy zen pero igual me viene bien en algún momento.

miércoles, 23 de abril de 2014

Razones


Aquí se han olvidado de lo cara que es la ropa para gordas y cómo puede afectar a la economía familiar. Y lo de que salen fatal en las fotos. Y lo de que siempre las ponen delante en los coches, para que los demás vayan más cómodos detrás. Y de lo de los tobillos hinchados. Y lo de que roncan como cochinos jabalins.

Las gordas somos un mal negocio, amigos.

No entiendo por qué no han hecho una infografía con 50 razones. O 100, haberlas, haylas. Y por sitio para ponerlas alrededor de la gorda no será. 

Venga, seguro que, a poco que nos esforcemos, las encontramos.

Yo lo haría sola pero, la verdad, estoy muy perezosa y hago ruidos raros cuando me muevo. Y, claro, no es plan.

sábado, 19 de abril de 2014

El campo

No soporto el campo. La mierda esa de la naturaleza, vaya. Está muy bien para la cosa de los documentales y eso pero para verlo por la tele. Yo no lo soporto. 

No puedo, de verdad. Nomás bajo del coche y piso la gravilla me siento vulnerable y en peligro. Nunca sabes qué vas a pisar. Nunca sabes qué puede aparecer de debajo de una piedra o una hoja. Casi nunca hay un camino por donde ir. Caen cosas de los árboles. Vuelan cosas por todas partes. No hay ninguna cosa de las importantes realmente en la vida. Y no se oye nada. 

No lo soporto. 

Y veo que lo demás lo disfrutan tanto que me da mucha envidia. No lo entiendo, no entiendo por qué alguien puede preferir estar sentado en una piedra, rodeado de cosas impredecibles pudiendo estar en la terracita de un bar tomando una cerveza tranquilamente con los colegas pero parece que está muy extendido eso de que a uno le guste el campo. Y no lo entiendo. Me da envidia y no lo entiendo, combo mortal.

A ver, es que no hay nada que se pueda hacer en el campo que no se pueda hacer en un sitio civilizado. Bueno, igual hay algo pero a mí no me interesa, eso seguro.

No lo soporto, ¿lo he dicho ya?

Es un problema, no se crean, sobre todo porque una tiene una panda de amigos agrestes que disfrutan como posesos (incomprensiblemente) montando picnics campestres. Yo intento escaquearme siempre que puedo pero acaban pillándome. Me engañan diciéndome que vamos a alguna movida del embutido, el vino o loquesea en algún pueblo remoto y pintoresco y ¡pumba! en cuanto me descuido nos hemos salido de la carretera y andamos hacia algún paraje incomparable lleno de árboles y bichos de verdad. Otras veces no me engañan pero me apetece tanto pasar el día con ellos que no puedo decir que no. Me obligan a la elegir porque saben que les quiero mucho pero lo paso fatal inside y...

... y, mira, yo así no puedo...

El caso es que llevo todo el día preparándome psicológicamente porque mañana vamos al campo. Y habrá queso y tortilla de patata y cebolla. Puede que hasta haya un río. Un TODO de peligros mortales: sitios donde ahogarse, despeñarse, morir de alguna picadura, abrasado por el sol o helado por el frío. 

UN PELIGRO TOTAL.

Si no vuelvo, sepan que a algunos les he querido.

viernes, 18 de abril de 2014

Simón

Comparto rellano con Simón.

Simón es un señor de edad indeterminada, con un número de dientes indeterminado, un concepto de la higiene ciertamente creativo y actividades indeterminadamente ilícitas y/o de supervivencia.

Simón estuvo en la cárcel en los ochenta por uso, abuso y distribución de sustancias de las que podíamos denominar, pero no fue por su culpa, no tuvo otra opción, era su destino, teniendo en cuenta la familia, el barrio, los amigos... 

No terminó la educación básica y nunca ha leído un libro, sospecho que porque apenas sabe leer, más allá de los titulares de la sección de deportes; le cuesta pillar a tiempo los rótulos que subtitulan las noticias de la tele. Sólo sabe escribir en mayúscula, y cuando deja recados en la escalera a los vecinos parece que esté echando unas broncas de aúpa.

Simón nunca ha tenido un "trabajo de verdad". Nunca ha cotizado. Siempre ha tenido que trapichear con unas cosas u otras pero ahora dice que ya no tiene por qué tener miedo de las visitas de la policía a los parques del barrio, porque no van a pillarle con nada chungo, que ya lo tiene bien. Yo sé que por sus manos pasan cosas ajenas (teléfonos móviles ajenos, relojes ajenos, carteras ajenas...) pero me hace gracia que conmigo vaya de legal.

Riega mis plantas a través de las rejas con una manguerita cuando ve que les falta agua, deja el dinero de la comunidad en mi buzón en sobrecitos que hace con papel de folletos, grapados cuidadosamente, me avisa de que hay una panda de chavales vigilando pisos, para ver dónde pueden pegar la patada y meterse a vivir, y llama a mi puerta despacito cuando no me ve en un par de días, para asegurarse de que estoy bien.


Una vez al mes recoge comida en el banco de alimentos, y la comparte con sus hermanas y sobrinos, que lo pasan tan mal como él. A final de mes, cuando la cosa empeora, barre y friga cuidadosamente las aceras y se ocupa de las terrazas de los bares del barrio, que le dan algo de comer y una cerveza de vez en cuando. Mi madre siempre me hace un tupper para él, para que coma de caliente y él le dice a todo el que quiera escucharle que mi madre hace las mejores lentejas del mundo.


Hace dos meses que no tiene luz y ha pasado frío al no poder encender la estufa pero como ha llegado la primavera ya no la necesita. Entre eso y que uno del barrio le ha regalado una bolsa de pilas para que pueda escuchar el transistor esta mañana estaba muy contento.

Me lo ha dicho cuando ha venido a darme los huevos kinder de las monas de pascua que le han regalado en el horno para mi sobrino, que sabe que le gustan mucho. Y porque hace dos horas que Radio Olé atrona mi casa.

El mundo es un infinito de grises que te ponen contenta por lo mismo que te entran las ganas de matar a trepidante ritmo de rumba.

jueves, 10 de abril de 2014

¿Qué necesitas?

Hola.

Llevo un rato escribiendo un correo. Un buen rato. 

Cuando he terminado lo he releído. Varias veces. Y me he dado cuenta de que en realidad no era un correo, era un post. Y tú no necesitas un post. No sé lo que necesitas, pero un post, seguro que no. 

A veces parece que necesitas una madre, una mujer que, además de mimarte, de cuidarte cuando estás malito, de alimentarte y acariciarte las heridas, te riña y te enseñe cosas de la vida que parece que has olvidado. Yo no quiero ser tu madre.

Otras veces parece que necesitas una esposa, alguien que creas que tiene que depender de ti, por quien tienes que tomar decisiones, alguien que te diga que eres importante y especial, que te exija y te dé. Yo no puedo ser una esposa.

Otras veces parece que necesitas una terapeuta, que te escuche sin importar qué vas a decir, con quien desahogarte, soltar toda la mierda que llevas dentro sin consecuencias, que te guíe y te ilumine por las noches. Yo no sé ser esa terapeuta.

Otras veces parece que necesitas un confesor que escuche tus pecados y te perdone, que te diga que todo va a salir bien porque así tiene que ser y porque te lo mereces, que ya has penado bastante y tus pecados no son tan gordos, que no puedes llevar sobre tus hombros el peso del mundo porque antes o después te aplastarán. Yo no tengo la cofia de confesor.

Yo sólo puedo decirte que te quiero y que seré tu amiga.