lunes, 17 de noviembre de 2014

Proyecto Agatha Christie

Recapitulemos:
  • A duras penas me da para alimentar este blog.
  • El 1 de diciembre empieza la edición 2014 de lo de las cosas, las #14cosas, una iniciativa efervescente y bonita de verdat en la que podéis debéis participar. En este enlace tenéis las instrucciones y todo. Ya tenemos algunas colaboraciones de blogueros y tuiteros estupendérrimos y no vais a querer ser menos, ¿VERDAT?
  • Tengo otras cosas que hacer en la vida. Además, sí.
  • Ya no me sale leer.

Entonces, ¿por qué me meto, pues, en algo como Proyecto Agatha Christie, la señora que mataba a tó Cristo y que siempre saludaba? Pues porque sí. Podría decir que porque me da la gana, parafraseando al m*rd*s* de Alfonso Grau, pero queda feo.

Me meto porque quiero coger de nuevo el hábito de leer por el placer de leer. Lo tuve una vez, durante muchos años, lo perdí y quiero recuperarlo. Sé que debe estar en algún sitio, y quiero recuperarlo. Releer a Agatha Christie y echar unas risas con las amigas por el camino me parece una forma tan buena como cualquier otra de buscarlo.

Me meto porque recuerdo cuantísimo he disfrutado con la lectura. Cuánto he llorado. Cuánto he reído. Cuánto me ha hecho pensar.  Con Agatha Christie, también.

Me meto porque sé que cuando una se relaciona con personas inteligentes y de postín, como Anijol, Bichejo, Chamay y Pau lo peor que te puede pasar es que se te peguen cosas buenas. Y yo quiero que se me peguen cosas buenas todo el rato, HABER, que una es rubia, pero de bote..

Me meto porque soy egoísta y siempre quiero más y mejor. Y el Proyecto Agatha Christie va a ser más y mejor. Seguro.

Mrs. Christie, releyendo uno de sus libros para hacer la próxima reseña. 


Puedes seguirnos en el Tuiter de @ProyectoAgatha y en el blog Proyecto Agatha Christie.

¡No nos mires, únete!



miércoles, 12 de noviembre de 2014

Cabeza con cosas

Me duele la cabeza de pensar. Me duele mucho aquí, un poco más arriba de las sienes.

Creo que me duele porque la tengo llena de cosas que quiero hacer, que hago, que voy a hacer, que me gustaría hacer y sé que nunca haré, que no hago.

Hago y deshago sin parar, intentando no pensar en lo que tengo que hacer. Lo que no debo hacer. Lo que hago. Lo que haría. Lo que haré.

No paro de hacer cosas mientras me paro a pensar lo que estoy haciendo. 

Tengo la cabeza llena de cosas que se quedan aquí, quedadas, estancadas, atascadas entre otras cosas que quiero y no tengo, que tengo y no me hacen falta, que quiero y tendré, que hago y deshago.

Tengo la cabeza llena de restos de cosas a medio hacer, que se van haciendo solas, poquito a poco. Y de luchas de cosas que nunca serán y se resignan. Y de carreras de cosas que intentan ganar el premio de las cosas que se hacen. 

Me va a estallar la cabeza. Y encontrarán trozos de cosas y cosas a medio hacer entre los restos. 

Mientras, no sé qué hacer con tantas cosas.

martes, 11 de noviembre de 2014

De la pena y la vergüenza de una misma. Por las cosas

Me enfrento a lo del cambio de armario dos veces al año, ya lo he contado otras veces

Para que no me pasara lo de siempre, para no tener cosas rodando durante meses, este año ha sido algo diferente. Saqué toda la ropa, OJOCUIDAO, TODA LA ROPA, y la puse en el comedor. Improvisé unos colgadores con unas sillas y las escobas, plegué y ordené todos los jerseys, camisetas y rebequitas por temporada y colores. Saqué todas las cajas y las puse sobre la cama, para ir guardando lo del calorcito comme il faut.

Cuando lo vi todo junto me asusté. Ahí había miles de miles de euros en ropa. Seis pantalones negros (pitillos, mil rallas, de camal ancho, más gordos, más finos, más largos...), doce pantalones vaqueros. DOCE. de colores, formas y tallas diferentes, pero todos en uso. Pantalones de pana, leggins, cortos, piratas... Lo de los jarseis y rebequitas es otro tema del que mejor ni hablar. Y fulares... Y bolsos... Y, ya, los zapatos. Ni siquiera tengo espacio para tantos zapatos. No sé... ¿unos doscientos pares? Por ahí debe andar. ¿Por qué tengo tantos pares de zapatos? ¿PARA QUÉ?

Me acordé de una de las grandes reflexiones de mi hermano pequeño: Si sólo tienes un culo, ¿para qué quieres ochenta bragas?

Esto se puede aplicar a todo lo demás, claro.

Y todo lo demás es mucho.

Me senté entre toda esa ropa, con una mezcla de pena y vergüenza que pa qué.

Pena, porque igual yo soy una de esas que compran cosas porque son unas insatisfechas de la vida, que tienen la errónea sensación de que comprando se siente mejor por el rollo ese de la rollotonina que se dispara en el cerebro cuando se pasa la tarjeta. Que puede ser, eh.

Vergüenza, porque no necesito tanto, porque no puede ser que sea tan suelta, que me deje llevar sin control por las cosas bonitas. Que no soy una potentada, y no puede ser.

Intento sentirme un poco mejor diciéndome que no soy de esas que tienen ropa con la etiqueta, que acumulan deudas en las tarjetas, que viven por encima de su sueldo. No lo soy. No debo nada. A nadie. Me da para ahorrar un poquito. Ni siquiera tengo tarjeta de débito de esas que pagas a fin de mes. Ni del cortinglés. Ni nada.

También me digo que estoy en una especie de búsqueda del Santo Grial sin fin, a la espera de encontrar el color, la forma, el estilo que haga que me sienta atractiva y atrayente, que se me resiste. 

Y, luego, a veces, me digo que tengo tantas cosas porque no tiro, porque aprovecho al máximo la ropa que me gusta y, claro, se acumula. Cómo no se va a acumular, si estoy llevando algunos jerseis de cuando iba a la facultad y...

Y nada. Son eso, excusas. No necesito tantas cosas porque, sí, sólo tengo un culo para chorrocientos pantalones. 

Así que empiezo noviembre con el propósito de controlar mi tarjeta y mis impulsos. No me dejéis salir.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Atrapados

Soy tu refugio.

El cabo que agarras al vuelo cuando notas que estás a punto de caer.

Soy el único lugar del mundo en el que te sientes seguro.

Soy libertad.

Soy tu libertad, dices.

Y no te das cuenta de que estamos los dos presos entre mis piernas y no sabemos cómo salir.

No te das cuenta de nada.

martes, 4 de noviembre de 2014

El ingeniero

Mi primer contacto con la ingeniería fue a los once o doce años o así. 

Mis padres y los de Cristina, mi mejor amiga, llegaron a un acuerdo con una vecina algo mayor que nos echaba una mano con los deberes y se llevaba unas pelillas. Maika con ka, se llamaba.

Un día, Maika estaba la mar de contenta. Su novio, EL INGENIERO, había conocido a sus padres y todo había ido muy bien. Cristina y yo nos percatamos inmediatamente de las negritas Y LAS MAYÚSCULAS. “El ingeniero” debía ser alguien muy importante. 

- ¿Qué es un ingeniero?
- Uno que ha estudiado ingeniería (Maika, muy lista, pues no era). 
- ¿Y qué se estudia en ingeniería? 
- Pues… cosas… cosas de ciencias, números y eso (Maika era de letras).
- ¿Y qué hacen?
- Pueeeeees… cosas de ingenieros. 

Podría pasar un rato recordando la conversación, pero no. La cuestión es que después de mil preguntas y cero respuestas satisfactorias no nos enteramos de qué coño estudiaba o hacía un ingeniero, para qué valía ni nada. Así que lo buscamos en el diccionario, y vendría a poner algo así:
Ingeniería. 
1. f. Estudio y aplicación, por especialistas, de las diversas ramas de la tecnología.
2. f. Actividad profesional del ingeniero.
Ingeniero, ra. (De ingenio, máquina o artificio).
1. m. y f. Persona que profesa la ingeniería o alguna de sus ramas.
2. m. ant. Hombre que discurre con ingenio las trazas y modos de conseguir o ejecutar algo. 
No entendimos nada pero Maika estaba imposible así que nos hicimos las llonguis y convinimos que un ingeniero miraba a ver cómo se hacían las cosas.

Con el paso del tiempo seguía sin saber qué coño hacía un ingeniero. Oía qué hablaban de ellos en la Facultad (¡había mogollón de especialidades!) pero sabía sin saber exactamente qué hacían. Y a esas alturas me daba vergüenza preguntar, así que decidí que un ingeniero debía ser alguien que sabía o quería saber cómo se hacían las cosas (las cosas informáticas, las cosas de las carreteras, las cosas de los puentes…) y que lo realmente importante era que organizaban las mejores fiestas del Politécnico. 

Esa fue mi idea sobre los ingenieros durante años. MUCHOS AÑOS.

Y va y un día conozco a un ingeniero. Y yo, supercontenta, pensando todo el rato mientras él no paraba de hablar que, en algún momento, así como de risas le preguntaría algo tipo “¿ingeniero? Fíjate, que yo de jóvena no entendía qué era un ingeniero, ni nada, jijiji...”, pensando que sería como los abogados cuando les dices “¿procesal? Fíjate, que yo de jóvena no entendía qué era exactamente el procesal, ni nada, jijiji...” Siempre había funcionado.

Y sí. Funcionó. Va y el tío se lanza a contarme TODO, y se tira una hora soltándome la chapa sideral sobre algo que, al parecer, era algo que yo ya hacía desde hacía lustros, sin ser ingeniera ni nada de eso. Y venga a repetirlo TODO.

Y en eso que va y se da cuenta de que me está aburriendo de solemnidá, recoge su entusiasmo, se yergue y me suelta, estirado, levantando así un poco la nariz "... pero igual no lo entiendes del todo porque, claro, tú eres de letras".

De repente, tuve una revelación: se abrió ante mí una especie de nube de colores, apareció un arcoiris con unicornios rosas y sonó una especie de música celestial con ocarinas y eso, y un ángel bajó del cielo con una pancarta que ponía:

Gordipé, ahora ya sabes qué es un ingeniero:
 es un imbécil que cree que los de letras no entendéis nada.

Menos mal que desde que estoy en Tuiter y he conocido a Deyector, a Newland y a tantos otros (que no sé si quieren salir pero SON LEGIÓN, OJOCUIDAO) se me ha olvidado lo del ángel. 

MENOS MAL.





NOTA: Ningún ingeniero ha salido herido en la redacción de este post. I swear.