sábado, 19 de abril de 2014

El campo

No soporto el campo. La mierda esa de la naturaleza, vaya. Está muy bien para la cosa de los documentales y eso pero para verlo por la tele. Yo no lo soporto. 

No puedo, de verdad. Nomás bajo del coche y piso la gravilla me siento vulnerable y en peligro. Nunca sabes qué vas a pisar. Nunca sabes qué puede aparecer de debajo de una piedra o una hoja. Casi nunca hay un camino por donde ir. Caen cosas de los árboles. Vuelan cosas por todas partes. No hay ninguna cosa de las importantes realmente en la vida. Y no se oye nada. 

No lo soporto. 

Y veo que lo demás lo disfrutan tanto que me da mucha envidia. No lo entiendo, no entiendo por qué alguien puede preferir estar sentado en una piedra, rodeado de cosas impredecibles pudiendo estar en la terracita de un bar tomando una cerveza tranquilamente con los colegas pero parece que está muy extendido eso de que a uno le guste el campo. Y no lo entiendo. Me da envidia y no lo entiendo, combo mortal.

A ver, es que no hay nada que se pueda hacer en el campo que no se pueda hacer en un sitio civilizado. Bueno, igual hay algo pero a mí no me interesa, eso seguro.

No lo soporto, ¿lo he dicho ya?

Es un problema, no se crean, sobre todo porque una tiene una panda de amigos agrestes que disfrutan como posesos (incomprensiblemente) montando picnics campestres. Yo intento escaquearme siempre que puedo pero acaban pillándome. Me engañan diciéndome que vamos a alguna movida del embutido, el vino o loquesea en algún pueblo remoto y pintoresco y ¡pumba! en cuanto me descuido nos hemos salido de la carretera y andamos hacia algún paraje incomparable lleno de árboles y bichos de verdad. Otras veces no me engañan pero me apetece tanto pasar el día con ellos que no puedo decir que no. Me obligan a la elegir porque saben que les quiero mucho pero lo paso fatal inside y...

... y, mira, yo así no puedo...

El caso es que llevo todo el día preparándome psicológicamente porque mañana vamos al campo. Y habrá queso y tortilla de patata y cebolla. Puede que hasta haya un río. Un TODO de peligros mortales: sitios donde ahogarse, despeñarse, morir de alguna picadura, abrasado por el sol o helado por el frío. 

UN PELIGRO TOTAL.

Si no vuelvo, sepan que a algunos les he querido.

viernes, 18 de abril de 2014

Simón

Comparto rellano con Simón.

Simón es un señor de edad indeterminada, con un número de dientes indeterminado, un concepto de la higiene ciertamente creativo y actividades indeterminadamente ilícitas y/o de supervivencia.

Simón estuvo en la cárcel en los ochenta por uso, abuso y distribución de sustancias de las que podíamos denominar, pero no fue por su culpa, no tuvo otra opción, era su destino, teniendo en cuenta la familia, el barrio, los amigos... 

No terminó la educación básica y nunca ha leído un libro, sospecho que porque apenas sabe leer, más allá de los titulares de la sección de deportes; le cuesta pillar a tiempo los rótulos que subtitulan las noticias de la tele. Sólo sabe escribir en mayúscula, y cuando deja recados en la escalera a los vecinos parece que esté echando unas broncas de aúpa.

Simón nunca ha tenido un "trabajo de verdad". Nunca ha cotizado. Siempre ha tenido que trapichear con unas cosas u otras pero ahora dice que ya no tiene por qué tener miedo de las visitas de la policía a los parques del barrio, porque no van a pillarle con nada chungo, que ya lo tiene bien. Yo sé que por sus manos pasan cosas ajenas (teléfonos móviles ajenos, relojes ajenos, carteras ajenas...) pero me hace gracia que conmigo vaya de legal.

Riega mis plantas a través de las rejas con una manguerita cuando ve que les falta agua, deja el dinero de la comunidad en mi buzón en sobrecitos que hace con papel de folletos, grapados cuidadosamente, me avisa de que hay una panda de chavales vigilando pisos, para ver dónde pueden pegar la patada y meterse a vivir, y llama a mi puerta despacito cuando no me ve en un par de días, para asegurarse de que estoy bien.


Una vez al mes recoge comida en el banco de alimentos, y la comparte con sus hermanas y sobrinos, que lo pasan tan mal como él. A final de mes, cuando la cosa empeora, barre y friga cuidadosamente las aceras y se ocupa de las terrazas de los bares del barrio, que le dan algo de comer y una cerveza de vez en cuando. Mi madre siempre me hace un tupper para él, para que coma de caliente y él le dice a todo el que quiera escucharle que mi madre hace las mejores lentejas del mundo.


Hace dos meses que no tiene luz y ha pasado frío al no poder encender la estufa pero como ha llegado la primavera ya no la necesita. Entre eso y que uno del barrio le ha regalado una bolsa de pilas para que pueda escuchar el transistor esta mañana estaba muy contento.

Me lo ha dicho cuando ha venido a darme los huevos kinder de las monas de pascua que le han regalado en el horno para mi sobrino, que sabe que le gustan mucho. Y porque hace dos horas que Radio Olé atrona mi casa.

El mundo es un infinito de grises que te ponen contenta por lo mismo que te entran las ganas de matar a trepidante ritmo de rumba.

jueves, 10 de abril de 2014

¿Qué necesitas?

Hola.

Llevo un rato escribiendo un correo. Un buen rato. 

Cuando he terminado lo he releído. Varias veces. Y me he dado cuenta de que en realidad no era un correo, era un post. Y tú no necesitas un post. No sé lo que necesitas, pero un post, seguro que no. 

A veces parece que necesitas una madre, una mujer que, además de mimarte, de cuidarte cuando estás malito, de alimentarte y acariciarte las heridas, te riña y te enseñe cosas de la vida que parece que has olvidado. Yo no quiero ser tu madre.

Otras veces parece que necesitas una esposa, alguien que creas que tiene que depender de ti, por quien tienes que tomar decisiones, alguien que te diga que eres importante y especial, que te exija y te dé. Yo no puedo ser una esposa.

Otras veces parece que necesitas una terapeuta, que te escuche sin importar qué vas a decir, con quien desahogarte, soltar toda la mierda que llevas dentro sin consecuencias, que te guíe y te ilumine por las noches. Yo no sé ser esa terapeuta.

Otras veces parece que necesitas un confesor que escuche tus pecados y te perdone, que te diga que todo va a salir bien porque así tiene que ser y porque te lo mereces, que ya has penado bastante y tus pecados no son tan gordos, que no puedes llevar sobre tus hombros el peso del mundo porque antes o después te aplastarán. Yo no tengo la cofia de confesor.

Yo sólo puedo decirte que te quiero y que seré tu amiga.


martes, 8 de abril de 2014

El tiempo

Hace unos días leí un post sobre las rutinas de los grandes creativos de la historia y, una vez más, me dio que pensar sobre cómo vivo y a qué dedico el tiempo.

Es una aproximación: hay semanas de más y semanas de más-más, pero es más o menos lo que hay. Visto así, grosso modo, es demoledor: el trabajo se come un 38% de las horas de mi vida, como poco. Considerablemente más de lo que dedico a cualquier otra chorrada vital como, por ejemplo, dormir, relacionarme con mi familia o con otras personas o automimarme.

Pensaba que dedicaba más tiempo a mi mismidad, a escribir, leer, ver, pasear, ir de compras, ir a la peluquería, a perder el tiempo... esas cosas que me ayudan a no volverme local pero parece que no.

Pero lo que me ha desarmado completamente ha sido el poco tiempo que dedico a la vida social. Me ha dado qué pensar en si me estaré convirtiendo en una loca de los gatos pero sin gatos, que es más triste aún.

Pienso en de dónde arañar para pasar más tiempo con otras personas. Lógicamente, no puede ser del trabajo o de lo de dormir, tiene que ser de otros sitios. ¿De la higiene personal? ¿Me ducho menos? ¿Menos rato? ¿Me dedico menos tiempo a mí misma y a las cosas que me satisface hacer? ¿Pongo menos lavadoras aún? ¿Cómo lo hace el resto del mundo para hacer muchas más cosas que yo con el mismo tiempo? Sé que no soy la única que se siente así pero, oyes, cada uno lleva lo suyo inside, you know.

No debería haber abierto esta caja de Pandora.

viernes, 4 de abril de 2014

Con una sonrisa

De mi madre he aprendido muchas, muchas cosas (y más que debería aprender, me iría mejor) pero la más importante es que con una sonrisa todo es más fácil.

No tiene nada que ver con buenrollismo porque sí, con optimismo impenitente o con ser absurdamente entusiástico, qué va. Es una cuestión práctica: de manera natural, el ser humano responde mejor cuando la situación es agradable, cuando se siente seguro, cuando sabe que se encuentra en un entorno de respeto y buena educación. Es absolutamente egoísta y manipulador: te trato bien porque quiero algo de ti, pero nadie sale herido y funciona.
 
Mi madre siempre ha dicho nena, con educación y una sonrisa se va a todas partes.

Mi madre es esa señora sonriente que te pregunta descarada si le dejas pasar en la cola del supermercado porque sólo lleva una cosa y tú llevas un carro y tú le dices que sí. Y con una sonrisa. Es esa señora que te pide por favor que le ayudes a subir una bolsa al autobús y tú no sólo le ayudas, sino que dejas que se siente. Y con una sonrisa.

Ayer me confié y se me fue el tiempo al cielo.

Tenía una fiesta por la noche y a las siete de la tarde estaba tomando una cerveza en el centro porque sí, y no me daba tiempo de ir y volver a casa a cambiarme y darme una manita de chapa y pintura. Y la necesitaba. Mucho.

Así que me armé de todas las sonrisas que me quedaban y conseguí que me peinaran en una peluquería del centro, que me maquillaran por la patilla en una tienda de colorinchis y que me trajeran un vestido del almacén de nosedónde, que me hacía mucha falta para la fiesta de la noche. Con todo mi morro. Sonriente.

Y es que con una sonrisa se va a todas partes.

Sonrían, coñe, que es gratis.