martes, 21 de octubre de 2014

De terapia

Tengo una pesadilla recurrente. Recurrente tipo casi todos los días tengo la sensación de que sueño con eso.

Intentando descifrar el significado de este sueño he leído un porrón de artículos de pseudociencia y de interpretación de los sueños en la Internet porque, sinceramente, me preocupa un poco. Me despierto muy angustiada, con una cosa en movimiento en mi estómago que no, no son gases ni ganas de hacer caca. Y las malas lenguas que me despiertan con un golpecito para ver si me callo si estoy bien dicen que a veces me revuelvo quejosa. Porque tengo la pesadilla, joder.

La cuestión es que todos los pseudoartículos coinciden en el significado. Tiendo a pensar que es porque se han copiado unos de otros claro, pero todos coinciden. Y no es agradable porque no es algo que me guste saber. Bueno, sí, quiero saberlo, pero no me gusta soñarlo. Y estoy preocupada porque creo que va a peor.

El caso es que, inmersa en un momento familiar y personal algo complicado, preocupada por la pesadilla recurrente que me da miedo tener, y con un nivel de decepción vital propio de esta la mediana edad, he decidido empezar de nuevo una terapia. Soy muy fan de ir a terapia y tengo grandes esperanzas puestas en este proceso, que tantas veces me ha ayudado a salir de la mierda.

Para los que no lo sepan, una terapia es un sitio donde va una a decir sus cosas y le obligan a reflexionar sobre esas cosas para encontrar el punto en el que se encontrará mejor. A mí me ha funcionado. Así que después de varias experiencias con gran éxito de público y crítica basadas en el autoconocimiento y esas mierdas pero en otros momentos de la vida, he puesto glandes esperanzas en este nuevo proceso.

He elegido cuidadosamente a una terapeuta que está especializada en otra cosa pero me da un buen rollo de morir, porque se echó unas risas grandes cuando le dije "Espero que en este ocasión sea una terapia mesudalapollista, que me da que es lo que necesito aprender ahora mismo porque, oye, para reflexionar sobre cosas ya tengo un blocks y tengo amigos".

Que no es que esté diciendo que escribir en un blocks sea equiparable a ir a terapia, PERO.

Espero que ella lo haya entendido así o estoy jodida.

jueves, 16 de octubre de 2014

Autofotos

Ha sido leer este artículo y venirme a la cabeza varias amigas y un amigo que tengo silenciadas en Facebook y que sé, porque ellos me lo han dicho, que su vida sexual está entre muerta y en coma terminal.

Curiosamente, este titular de mierda  ha reforzado un pensamiento que tenía sobre esto hace tiempo, nada científico y basado, simplemente, en la observación de mi entorno: para mí, este rollo de las autofotos compulsivas es una llamada de atención, un "mírame, estoy aquí, te muestro lo que más me gusta de mí, para que veas que soy follable". No sé dónde poner el límite entre "son muchas" o "son demasiadas"; no sé si hay un "demasiadas"; tampoco sé si lo tenía en la cabeza de manera inconsciente por la situación conocida de esas personas concretas o es que es así, que realmente significa eso, que están faltos de sexo y lo dicen, y lo piden, aunque no lo sepan.

No me parece mal, OJOCUIDAO, querer más y mejor sexo es estupendo, pero me da qué pensar porque no hay casi nada más triste que una retahíla de autofotos poniendo morritos, con una ristra de comentarios de Guaaaapaaaaaa, con un millón de Me gusta del marido y de otras amigas con otro millón de selfies.

martes, 14 de octubre de 2014

Dramas familares

Los peores dramas son los familiares, sobre todo si implican a personas a las que quieres. 

Y son los peores porque a veces hay que tomar una decisión que hiere a todo el mundo, pero que resulta ser la menos mala. Es dura, triste, difícil y, a menudo, irreversible, porque ya se sabe con los rencores y esas mierdas, pero es la menos mala.

Porque las otras, las alternativas a la menos mala, son rociar con napalm la casa, pegarle fuego con todos dentro, cambiarse de nombre, tintarse el pelo en un váter de carretera, ponerse una bandana roja y huir a Tombuctú. Y, al parecer, Tombuctú (o Timbuktu) está a tomar por culo y debe hacer un calor del cáguense en dos tiempos.



Joder, qué asco infinito da a veces lo de la familia y esas mierdas, con lo del drama total, ¿no?

miércoles, 8 de octubre de 2014

Espiando

Con el paso del tiempo, el gigatrón de razones que tenía para no querer ser descubierta por las personas de mi vida carnal se han quedado en dos, como los mandamientos:

  • Si se abriera el blog, o la cuenta de Tuiter, a mi entorno, siento que perdería un espacio para desahogarme, para contar cosas de las que no hablo de normal, por las razones que sea y blablabla. 
  • Me da vergüenza el nick.
La primera supongo que es fácilmente comprensible. No pasa nada, pero no me apetece, me gusta tener este pedacito de yo para mí, para nosotros.

La segunda quizás no lo es tanto. Pero es. Y las veces que alguien de mi via carnal ha descubierto el álter ego de Gordipé me he bloqueado y no he sabido qué hacer. Bueno, sí, me ha dado el catacróquer, lo he borrado todo, he hecho la clocreta, el moonwalker, el pino puente y lo que se me ha ocurrido hasta que me he tranquilizado, he apagado el móvil un ratito y he vuelto a lo mío.

En todas estas ocasiones, mi vida ha pasado ante mis ojos como un carrusel de Benny Hill, y me imaginaba desnuda ante el mundo, que se carcajeaba de mí, se sorprendía de mis cosas y me señalaba, acusador, todo a la vez, sin orden ni concierto. Como si fuera culpable de algo, como si tuviera que esconderme, como si estuviera haciendo algo malo.

Hace relativamente poco tiempo que me he dado cuenta de que no pasa nada. Gordipé soy yo y yo soy Gordipé. Sigo prefiriendo que no se escampe la cosa, y aún me avergüenzo no sé muy bien de qué, pero ya me he acostumbrado a que me llamen Gordipé y me gusta. Me da vergüenza que me lo diga según quién, pero me gusta. 

Y creo que aún me da vergüenza porque sigo sintiéndome desnuda y vulnerable, como si alguien que no tiene permiso me estuviera espiando por una rendija, porque igual Gordipé es más yo que yo misma. No sé, es raro. 

En todo esto pensaba cuando, por casualidad (o valiéndome de mis dotes de deducción, observación e hijaputez) he sido yo la que espiaba por una rendija, al descubrir a alguien. Alguien que supongo que querría permanecer en el economato, por cómo se comporta, por las cosas que dice, por cómo las dice, por su historia, que igual se sentiría avergonzada si se sintiera descubierta. O descubierta por mí, concletamente.

Tentada he estado de trollear un poco, sintiéndome superior y segura, confiando en mi muralla, mi escudo y mi armadura. Pero no lo he hecho. Y no porque no me apeteciera, ni porque piense que es injusto que haga que se sienta como yo no quiero volver a sentirme. No, no hay bondad en la contención. No lo he hecho porque si uno juega con fuego siempre acaba quemándose. Y yo ya tengo más quemaduras de tercer grado de las que puedo gestionar.

Aún así, aún habiendo resistido la tentación, me sigo sintiendo un poquito superior, como si pudiera mirar desde arriba y controlarlo todo, sólo porque sé quién es. Yo sé quién es y ella no. 

Joder, qué simpleza, ¿no?

lunes, 6 de octubre de 2014

El Bien. Y el Mal.

No soy especialmente lista, pero tengo la sensación de que los conceptos del bien y el mal son individuales, personales e intransferibles. Lo que a uno le parece bien, a otro le parece una aberración, y viceversa.

A menudo, más allá de la grandilocuencia parafilosófica del Bien y el Mal, la diferencia en la percepción tiene que ver con la costumbre y el impacto personal. Algo que se ha hecho siempre, que es una tradición, que reconozco como aceptable porque mi entorno lo acepta, aplaude y perpetúa, no puede estar mal. Y algo puede que esté menos mal si no me afecta en absoluto y que, a medida que se me va a acercando, va pareciéndose peligrosamente al mal... y así, ya me comprenden.

Con esta concepción de lo que está bien y lo que está mal, definida por lo que llamamos pomposamente "nuestra cultura" pero en realidad es "a lo que estamos acostumbrados", y delimitada por en qué medida me afecta directamente, tamizamos y procesamos lo que pasa en el mundo. Así nos va.

Y la cuestión es que esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo, es que no puede ser de otra manera, porque no podemos ser otras personas, somos nosotros. Cada uno es un yo, con su propio concepto del Bien y el Mal. Y, no nos engañemos, tratamos de imponerlos siempre que podemos, porque es lo bueno o lo malo, claro.

Lo raro es que no nos hayamos cargado ya la especie humana.